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El fracaso de Obama

3 noviembre 2010 - 12:54 - Autor:

Los electores de Estados Unidos han sido claros y contundentes. Al menos, la mayoría de ellos. Se renovaba toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. La derrota demócrata es incuestionable. Como lo es la victoria republicana. Los más perspicaces analistas ya lo habían predicho. Obama generó unas expactativas enormes, que ha defraudado. Eras un sueño, pero ficticio, falso. El liderazgo del presidente ha resultado ser “mediático”, aparente, basado en la fraseología. Un liderazgo de cartón piedra. Es un extraordinario orador, pero un mal gobernante. El país votó con una deuda insoportable, un 10 por ciento de paro (que aunque aquí sería casi una bendición, allí es intolerable) y la sensación de que Obama no ha resuelto ninguno de los asuntos pendientes más graves. Y lo peor de todo es que ha invadido a muchos ciudadanos una sensación de decadencia nacional.

Quizá aquí se encuentre la clave. Pero tampoco conviene prescindir de la relevancia de los aspectos ideológicos. Parte del incontestable fracaso de Obama se debe a que,en buena medida, a que no ha respetado algunos de los principios básicos de la tradición americana, asentados en las ideas de los “padres fundadores”. En cierto modo, no es tanto que sea una América peor o menos próspera, como que es menos América. Siempre ha tendido a reforzar las competencias de la Adminisdtrasción Federal, lo que en cierto modo viene a ser lo mismo que a incrementar el poder del Estado. Más Estado y menos sociedad, no es algo que satisfaga a muchos americanos. Sí quizá a algunos de los más influyentes y a ciertos “campus”. Pero hay más América de lo que pretenden los intelectuales de izquierda. También cabe destacar que el radicalismo del “Tea Party”, que, según muchos, se ha adueñado del Partido Republicano no ha tenido el efecto electoral disuasorio que pretendían. Era quizá más un deseo que un pronóstico. Los errores de Obama son de dos tipos. Uno, la incapacidad para resolver algunos problemas fundamentales, tanto domésticos como exteriores. Otro, la asunción de principios ideológicos que, aunque cuenten con gran aceptación, son, sin embargo rechazados por la mayoría de la nación. El ideal de más libertad y menos Estado puede parecer a nuestro progresista doméstico (e incluso al americano) un horror que presagia el fascismo, pero les sigue pareciendo atractivo a la única nación que fue democrática desde sus orígenes.

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Ignacio Sánchez Cámara

Nacido en Madrid en 1954 (estoy, pues, más allá de la mitad del camino de la vida), me hicieron catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de La Coruña en 1996. Antes fui profesor en la Complutense y durante casi diez años de Filosofía de Bachillerato. He dado clases en otras Universidades y centros varios, en el Ejército como Alférez de Complemento, en la Fundación Ortega y Gasset, en una Academia (no, por cierto, la platónica, a pesar de mi edad), y si me descuido hasta en el Bernabéu. Vamos, que soy profesor. He escrito algunos libros y un puñado de artículos. El caso es que en 1986, empecé a colaborar, como crítico de libros, en el Suplemento Cultural de ABC, gracias a la Fundación Ortega, luego pasé también a la Sección de Opinión y terminé por ser columnista. He sido secretario de Redacción de Revista de Occidente y director del Centro de Estudios Orteguianos. Ahora colaboro como contertulio (Tertuliano no hay más que uno) en los programas “La Mañana” y “La Linterna” de la COPE y soy columnista en el diario “La Gaceta”. Perteneciendo al gremio orteguiano, no me quedaba otro remedio que acabar en la Prensa, sin abandonar la Universidad. Apenas existe hoy otra manera de influir en la opinión pública que a través de la Prensa, aunque raramente establezca ella la correcta jerarquía entre los asuntos humanos. Y dentro de la Prensa, cada día aspira más al protagonismo la que se publica en Internet. Los amigos del libro y de la pluma estilográfica nos vemos obligados a ser “intrusos” digitales, algo así como “okupas” en la Red. También puede haber un sitio en ella para la filosofía, para la reflexión serena y sosegada. No todo en la Red ha de ser superficialidad y prisa. Este blog, voluntario tributo a los tiempos, aspira a ensayar una especie de socratismo internáutico, a navegar por las aguas agitadas de nuestra época, entendiendo el diálogo como un camino hacia la verdad, y no como un medio para establecerla arbitrariamente. El sosiego y la mesura no son tibieza ni equidistancia. La verdad no está en el medio, sino en el extremo opuesto del error y la falsedad. “Pensándolo bien” sugiere tanto la corrección del pensamiento como la necesidad de evitar la precipitación. Este blog abarcará todo aquello que, pensándolo bien, merezca ser pensado. Estoy casado y tengo dos hijos. Esto es, ciertamente, lo más importante

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