El fracaso de Obama
Los electores de Estados Unidos han sido claros y contundentes. Al menos, la mayoría de ellos. Se renovaba toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. La derrota demócrata es incuestionable. Como lo es la victoria republicana. Los más perspicaces analistas ya lo habían predicho. Obama generó unas expactativas enormes, que ha defraudado. Eras un sueño, pero ficticio, falso. El liderazgo del presidente ha resultado ser “mediático”, aparente, basado en la fraseología. Un liderazgo de cartón piedra. Es un extraordinario orador, pero un mal gobernante. El país votó con una deuda insoportable, un 10 por ciento de paro (que aunque aquí sería casi una bendición, allí es intolerable) y la sensación de que Obama no ha resuelto ninguno de los asuntos pendientes más graves. Y lo peor de todo es que ha invadido a muchos ciudadanos una sensación de decadencia nacional.
Quizá aquí se encuentre la clave. Pero tampoco conviene prescindir de la relevancia de los aspectos ideológicos. Parte del incontestable fracaso de Obama se debe a que,en buena medida, a que no ha respetado algunos de los principios básicos de la tradición americana, asentados en las ideas de los “padres fundadores”. En cierto modo, no es tanto que sea una América peor o menos próspera, como que es menos América. Siempre ha tendido a reforzar las competencias de la Adminisdtrasción Federal, lo que en cierto modo viene a ser lo mismo que a incrementar el poder del Estado. Más Estado y menos sociedad, no es algo que satisfaga a muchos americanos. Sí quizá a algunos de los más influyentes y a ciertos “campus”. Pero hay más América de lo que pretenden los intelectuales de izquierda. También cabe destacar que el radicalismo del “Tea Party”, que, según muchos, se ha adueñado del Partido Republicano no ha tenido el efecto electoral disuasorio que pretendían. Era quizá más un deseo que un pronóstico. Los errores de Obama son de dos tipos. Uno, la incapacidad para resolver algunos problemas fundamentales, tanto domésticos como exteriores. Otro, la asunción de principios ideológicos que, aunque cuenten con gran aceptación, son, sin embargo rechazados por la mayoría de la nación. El ideal de más libertad y menos Estado puede parecer a nuestro progresista doméstico (e incluso al americano) un horror que presagia el fascismo, pero les sigue pareciendo atractivo a la única nación que fue democrática desde sus orígenes.
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