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La demolición de la Transición

5 noviembre 2010 - 6:00 - Autor:

Con la política de Rodríguez Zapatero es posible jugar al juego de los errores: descubra quince o diez, o treinta errores en su política. No es difícil ganar. Lo que ya no es tan fácil es determinar cuál es el mayor de todos, el más grave, el de más funestas consecuencias. Uno de ellos, si no me equivoco, consiste en el proceso de demolición de la Transición que emprendió desde que llegó al poder. Es un error político de lesa patria. Y no porque la Transición haya de ser sacralizada ni esté exenta de errores. Pero en lo fundamental fue un gran acierto. La realidad de este proceso de demolición no es algo que pueda ser más o menos discutido, ni atribuido problemáticamente; es notorio y su autor lo confesó con claridad. Se trataba de superar la Transición y emprender una “segunda transición”. Pero si la primera entrañaba el tránsito de la dictadura a la democracia, cabe preguntarse adónde habría de conducir esta segunda. No parece que a la democracia. No se trató sólo de una declaración. El presidente se puso manos a la obra: legislaciones que dividían a la sociedad y alteraban sus principios morales; memoria histórica; modificación de la Constitución sin reformarla y sin el consenso de la Transición verdadera; transformación del modelo de Estado en dirección no ya federal sino confederal,…

Porque una cosa es reformar la Constitución e incluso transformarla radicalmente, pero siempre con un nivel de acuerdo semejante al que obtuvo la actual, y otra romper la concordia básica para imponer los dictados de media sociedad contra la otra media.

Ahora, lo que antes quedaba reducido a los extremismos exiguos de derecha e izquierda, es asumido por el Gobierno: que la Transición fue una claudicación vigilada, que no hubo libertad auténtica y que ahora hay que emprender la de verdad. Incluso parece que el consenso consiste en algo así, si se permite la expresión, como bajarse los pantalones. Y se olvida que no ha habido democracia en la historia sin concordia básica, y que nunca ha habido democracia en una situación de enfrentamiento civil. Por eso en ninguna guerra civil, la democracia combate en uno de sus frentes.

La democracia ateniense fue el resultado de un pacto y de un proceso gradual de extensión de la ciudadanía, no el fruto de una revolución. La República romana (por lo demás, un régimen mixto más que una democracia) sólo se consolidó mediante el pacto entre patricios y plebeyos. Lo mismo cabe decir de Inglaterra que instaura la democracia después de cincuenta años de guerras civiles y para evitarlas en el futuro. Se dirá que no fue así en Estados Unidos, pero en realidad el pacto estaba implícito en la fundación de la nación americana, que ha sido la única de la historia que fue democrática desde su Constitución.

No es probable que el presidente sepa mucho de eso, pues no parece poseer una vocación intelectual y lectora irrefrenable. Pero alguien debería acaso decírselo. Si hubiera “dos Españas”, como pretende el mito fabricado, no podría haber democracia sin la concordia entre ellas. En ese caso, la “tercera España” sería la que no es ni una ni otra, y la que siendo una de las dos, acepta convivir con la otra.

Todo esto es lo que irresponsablemente Zapatero ha puesto en peligro. No creo que tenga éxito, pero parte del mal ya está hecho. La crisis económica le ha “distraido” algo de la tarea, pero sigue adelante, no renuncia a ella. Este es, sin duda, uno de sus peores errores.

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Ignacio Sánchez Cámara

Nacido en Madrid en 1954 (estoy, pues, más allá de la mitad del camino de la vida), me hicieron catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de La Coruña en 1996. Antes fui profesor en la Complutense y durante casi diez años de Filosofía de Bachillerato. He dado clases en otras Universidades y centros varios, en el Ejército como Alférez de Complemento, en la Fundación Ortega y Gasset, en una Academia (no, por cierto, la platónica, a pesar de mi edad), y si me descuido hasta en el Bernabéu. Vamos, que soy profesor. He escrito algunos libros y un puñado de artículos. El caso es que en 1986, empecé a colaborar, como crítico de libros, en el Suplemento Cultural de ABC, gracias a la Fundación Ortega, luego pasé también a la Sección de Opinión y terminé por ser columnista. He sido secretario de Redacción de Revista de Occidente y director del Centro de Estudios Orteguianos. Ahora colaboro como contertulio (Tertuliano no hay más que uno) en los programas “La Mañana” y “La Linterna” de la COPE y soy columnista en el diario “La Gaceta”. Perteneciendo al gremio orteguiano, no me quedaba otro remedio que acabar en la Prensa, sin abandonar la Universidad. Apenas existe hoy otra manera de influir en la opinión pública que a través de la Prensa, aunque raramente establezca ella la correcta jerarquía entre los asuntos humanos. Y dentro de la Prensa, cada día aspira más al protagonismo la que se publica en Internet. Los amigos del libro y de la pluma estilográfica nos vemos obligados a ser “intrusos” digitales, algo así como “okupas” en la Red. También puede haber un sitio en ella para la filosofía, para la reflexión serena y sosegada. No todo en la Red ha de ser superficialidad y prisa. Este blog, voluntario tributo a los tiempos, aspira a ensayar una especie de socratismo internáutico, a navegar por las aguas agitadas de nuestra época, entendiendo el diálogo como un camino hacia la verdad, y no como un medio para establecerla arbitrariamente. El sosiego y la mesura no son tibieza ni equidistancia. La verdad no está en el medio, sino en el extremo opuesto del error y la falsedad. “Pensándolo bien” sugiere tanto la corrección del pensamiento como la necesidad de evitar la precipitación. Este blog abarcará todo aquello que, pensándolo bien, merezca ser pensado. Estoy casado y tengo dos hijos. Esto es, ciertamente, lo más importante

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