El Papa en España
La visita de Benedicto XVI a España, si se considera que es la segunda y que el próximo año volverá a nuestra Nación, subraya, junto al afecto, la honda preocupación por nuestra situación espiritual. En esto, al menos, estamos de acuerdo unos y otros: España es para el Pontífice lugar clave donde se libra el combate sobre el laicismo.
La Providencia, para los creyentes, ha querido que se siente en la silla de san Pedro un filósofo, un intelectual, un pensador. Parece que sobran los motivos. Benedicto XVI, ya antes de ser Pontífice, había dedicado buena parte de su inmensa capacidad intelectual a establecer las relaciones, de colaboración y compatibilidad, entre la fe y la razón, y a promover el diálogo entre el cristianismoy la modernidad. También ha combatido el relativismo ético y ha fundamentado las relaciones entre libertad yverdad. La libertad no se fundamenta en la negación de la verdad. Si la Verdad nos hace libres, la negación de ella sólo puede hacernos esclavos.
El obtuso “progresismo” español ha renovado su oposición al Papa con motivo de esta visita. Nada nuevo bajo el sol. Lo curioso es esa mezcla de incapacidad para comprender y de habilidad para tergiversar. Pero lo que quizá ha suscitado más rechazo en ese sector tan poco dado al ejercicio de la inteligencia ha sido el diagnóstico, impecable y certero, de la situación de España y su comparación, que no identificación, con el anticlericalismo de los años treinta (que produjo, y esto no lo mencionó el Papa, la mayor persecución religiosa de la historia de España). En España, padecemos, desde el poder, una oleada laicista que atenta contra la libertad religiosa. El principio constitucional de la aconfesionalidad del Estado no conduce a una especie de laicismo militante o ateísmo de Estado. Por lo demás, no parece coherente el escándalo provocado por la mención a la República por parte de quienes han hecho de ella su modelo político y social.
En realidad, la propia reacción es ya una prueba de nuestra anomalía. Nada parecido sucede con las visitas a otros países. Por ejemplo, al Reino Unido, país de minoría católica, a diferencia del nuestro, y en el que el Papa abordó cuestiones difíciles, como la conversión de Newman o el caso de Tomás Moro. Por no hablar de los debates intelectuales con personas de izquierda en Alemania o Italia. Pero son otras izquierdas.
Pensándolo bien, no creo que el Papa haya desaprovechado una oportunidad para acercar posiciones entre el Estado y la Iglesia, sino que la aprovechado para ejercer su autoridad espiritual y comunicar un diagnóstico certero del avance de la secularización y del laicismo militante en España. Por todo ello, sólo merece gratitud.
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