Técnicas del alma
Hace unos días se celebró en la sede de la Fundación Ortega Marañón de Madrid un Congreso internacional con motivo del 75 aniversario de la publicación del ensayo Meditación de la técnica de Ortega y Gasset. En él presenté una ponencia con el título “Razón vital de la técnica”. En el citado ensayo, el filósofo español estudia dos aspectos: las condiciones de posibilidad de la técnica, es decir, por qué la hay y qué es y representa; y la caracterización de la técnica contemporánea. Pero, como casi siempre sucede en su obra, nos ofrece además algunas ideas para el esclarecimiento de la estructura de la vida humana. Así, plantea la cuestión de la función de la actividad técnica en la vida humana. Existe una diferencia radical entre el hombre y el animal. El hombre posee una tarea extranatural y, por ello, no es un ser natural. El hombre es, ante todo, algo que aún no es: vocación, proyecto. Y la circunstancia es un conjunto de facilidades y dificultades que tiene ante sí para realizar esa vocación. Cuando siente una necesidad, no se limita a adaptarse a la naturaleza, sino que prduce un conjunto de acciones encaminadas a la tran sformación de ella para adecuarla a la satisfacción de sus necesidades. Eso es la técnica; una especie de sobrenaturaleza. Pero la mayor parte de estas necesidades son superfluas. Por eso la técnica consiste en la producción de lo superfluo. Pero esto significa que la técnica es una actividad instrumental y, por ello, secundartia. No puede aspirar a proporcionar los fines de la vida. Es medio y no fin.
Y esto nos lleva a lo fundamental: la crisis de los deseos: “Acaso la enfermedad básica de nuestro tiempo sea una crisis de los deseos, y por eso toda la fabulosa potencialidad de nuestra técnica parece como si no nos sirviera de nada”. Tal vez parezca que se trata de lo contrario, de que en nuestra época padecemos una hipertrofia de los deseos, hasta el punto de que cualquier neecsidad sentida por un individuo o grupo deba convertirse en un derecho. Y ciertamente deseamos cosas, pero casi siempre son instrumentales, medios y no fines. Carecemos quizá de objetivos y metas. A eso se refiere Ortega. Hasta el punto de que la idea de proyecto o vocación parece extraña, incluso ridícula, a muchos contemporáneos. No es posible vivir de fe en la técnica. Cuando la técnica se convierte en fin, se pierde el sentido de la vida como misión y proyecto. El técnico no puede suministrar los fines de la vida.
Afirma Ortega: “…el hombre actual no sabe qué ser, le falta imaginación para inventar el argumento de su propia vida.
¿Por qué? ¡Ah!, eso no pertenece a este ensayo. Sólo nos preguntaremos: ¿Qué en el hombre, o qué clase de hombres son los especialistas del programa vital? ¿El poeta, el filósofo, el fundador de religión, el político, el descubridor de valores? No lo decidamos; baste con advertir que el técnico los supone y que esto explica una diferencia de rango que siempre ha habido y contra la cual es en vano protestar”.
La técnica nunca nos puede dar la meta de la vida. Y el ensayo, comparando Euramérica y Asia, termina con estas palabras, en absoluto enigmáticxas:
“Pero la vida humana no es sólo lucha con la materia, sino también lucha del hombre con su alma. ¿Qué cuadro puede oponer Euramérica a ése como repertorio de técnicas del alma? ¿No ha sido, en ese orden, muy superior el Asia profunda? Desde hace años sueño con un posible curso en que se muestren frente a frente las técnicas de Occidente y las técnicas del Asia”.
Acaso lo que necesitemos sean nuevas técnicas del alma.
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