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Guerra limpia

20 noviembre 2010 - 6:00 - Autor:

¿Es lícito combatir el terrorismo con sus propias armas? La pregunta tiene dos aspectos, el jurídico y el moral. El jurídico, con la legislación española actual no ofrece dudas. Y la posibilidad de una legislación que autorizara la “guerra sucia” parece muy improbable. La cuestión, pues, es relativa a la ética política. La solución de los debates morales depende de la posición ética que se adopte. Desde una ética de la convicción basada en principios inconmovibles, independientemente de las consecuencias, o desde una afirmación de la existencia de acciones intrínsecamente buenas o malas, la cosa ofrece pocas dudas. La ilicitud moral de la llamada “guerra sucia” sería, en este sentido patente, si se parte del principio de la ilicitud de atentar contra la vida de una persona. Esa es mi posición, derivada del precepto “no matarás”. Nunca, y con independencia de los efectos o consecuencias.

Existen, ciertamente, otras posiciones morales. Para una ética en la que lo decisivo sean las consecuencias de las acciones, habría que atender a éstas. Sería una cuestión de ponderación de las consecuencias, o, si se prefiere, de eficacia. En este sentido, el argumento principal sería, más o menos, éste. Aceptando el planteamiento de los propios terroristas, se trata de una guerra, y en toda guerra la victoria sólo se logra causando más bajas o deteriorando la moral del enemigo. Entonces, sólo utilizando las mismas armas u otras más fuertes, sería posible derrotarlo. La lógica de la “guerra sucia” vendría exigida por la “lógica” terrorista. Así, el “terrorismo de Estado” sería lícito si fuera la única forma de derrotar a los terroristas. O incluso, si fuera idóneo para hacerlo. Para el consecuencialismo, el fin justifica los medios. El fin de salvar vidas y acabar con el terror, justificaría el asesinato de los terroristas. Planteada así la cuestión, el debate se centaría en la idoneidad o no del método. Es evidente que incluso desde una perspectiva consecuencialista, la cosa dista de estar clara. Para empezar, asumir esta posición entrañaría otorgar al terrorismo una especie de legitimidad, al menos la del combatiente bélico. Además, habría que ponderar los efectos desfavorables desde el punto de vista estratégico e  incluso desde el de cierta propaganda del terror.

Aunque se trata de un caso muy distinto, cabe plantear el clásico problema del tiranicidio. En contra de cierta opinión, más o menos extendida, la doctrina clásica no lo justificó. Fue una posición muy minoritaria. Los dos casos que yo conozco son Juan de Salisbury y, entre nosotros, el padre Mariana. Consiste, como el término sugiere, en la licitud del asesinato del tirano por parte de cualquier ciudadano. Incluso sus defensores exigían que no se utilizaran procedimientos alevosos, como la traición o el envenenamiento. Desde luego, santo Tomás de Aquino no justificó el tiranicidio. Sí justificaba, en casos de tiranía insoportable, el levantamiento popular contra la tiranía, y si en esa lucha (una especie de guerra civil) se producía la muerte del tirano, estaba justificada. Tampoco parece que la ética de la responsabilidad de Max Weber, propia del ámbito político, constituya una defensa del maquiavelismo o una justificación de la necesidad de mancharse las manos en la acción política.

A la vista de lo anterior, y pensándolo bien, no creo que ni la “guerra sucia” ni el tiranicidio estén justificados moralmente. Ni siquiera, creo que estén justificados en una moral que atienda sólo a los efectos y resultados. Al final, ningún mal produce un bien. A la moral sólo se le sirve moralmente; y a la democracia, democráticamente. La guerra contra el terrorismo ha de ser una guerra limpia.

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Ignacio Sánchez Cámara

Nacido en Madrid en 1954 (estoy, pues, más allá de la mitad del camino de la vida), me hicieron catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de La Coruña en 1996. Antes fui profesor en la Complutense y durante casi diez años de Filosofía de Bachillerato. He dado clases en otras Universidades y centros varios, en el Ejército como Alférez de Complemento, en la Fundación Ortega y Gasset, en una Academia (no, por cierto, la platónica, a pesar de mi edad), y si me descuido hasta en el Bernabéu. Vamos, que soy profesor. He escrito algunos libros y un puñado de artículos. El caso es que en 1986, empecé a colaborar, como crítico de libros, en el Suplemento Cultural de ABC, gracias a la Fundación Ortega, luego pasé también a la Sección de Opinión y terminé por ser columnista. He sido secretario de Redacción de Revista de Occidente y director del Centro de Estudios Orteguianos. Ahora colaboro como contertulio (Tertuliano no hay más que uno) en los programas “La Mañana” y “La Linterna” de la COPE y soy columnista en el diario “La Gaceta”. Perteneciendo al gremio orteguiano, no me quedaba otro remedio que acabar en la Prensa, sin abandonar la Universidad. Apenas existe hoy otra manera de influir en la opinión pública que a través de la Prensa, aunque raramente establezca ella la correcta jerarquía entre los asuntos humanos. Y dentro de la Prensa, cada día aspira más al protagonismo la que se publica en Internet. Los amigos del libro y de la pluma estilográfica nos vemos obligados a ser “intrusos” digitales, algo así como “okupas” en la Red. También puede haber un sitio en ella para la filosofía, para la reflexión serena y sosegada. No todo en la Red ha de ser superficialidad y prisa. Este blog, voluntario tributo a los tiempos, aspira a ensayar una especie de socratismo internáutico, a navegar por las aguas agitadas de nuestra época, entendiendo el diálogo como un camino hacia la verdad, y no como un medio para establecerla arbitrariamente. El sosiego y la mesura no son tibieza ni equidistancia. La verdad no está en el medio, sino en el extremo opuesto del error y la falsedad. “Pensándolo bien” sugiere tanto la corrección del pensamiento como la necesidad de evitar la precipitación. Este blog abarcará todo aquello que, pensándolo bien, merezca ser pensado. Estoy casado y tengo dos hijos. Esto es, ciertamente, lo más importante

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