Guerra limpia
¿Es lícito combatir el terrorismo con sus propias armas? La pregunta tiene dos aspectos, el jurídico y el moral. El jurídico, con la legislación española actual no ofrece dudas. Y la posibilidad de una legislación que autorizara la “guerra sucia” parece muy improbable. La cuestión, pues, es relativa a la ética política. La solución de los debates morales depende de la posición ética que se adopte. Desde una ética de la convicción basada en principios inconmovibles, independientemente de las consecuencias, o desde una afirmación de la existencia de acciones intrínsecamente buenas o malas, la cosa ofrece pocas dudas. La ilicitud moral de la llamada “guerra sucia” sería, en este sentido patente, si se parte del principio de la ilicitud de atentar contra la vida de una persona. Esa es mi posición, derivada del precepto “no matarás”. Nunca, y con independencia de los efectos o consecuencias.
Existen, ciertamente, otras posiciones morales. Para una ética en la que lo decisivo sean las consecuencias de las acciones, habría que atender a éstas. Sería una cuestión de ponderación de las consecuencias, o, si se prefiere, de eficacia. En este sentido, el argumento principal sería, más o menos, éste. Aceptando el planteamiento de los propios terroristas, se trata de una guerra, y en toda guerra la victoria sólo se logra causando más bajas o deteriorando la moral del enemigo. Entonces, sólo utilizando las mismas armas u otras más fuertes, sería posible derrotarlo. La lógica de la “guerra sucia” vendría exigida por la “lógica” terrorista. Así, el “terrorismo de Estado” sería lícito si fuera la única forma de derrotar a los terroristas. O incluso, si fuera idóneo para hacerlo. Para el consecuencialismo, el fin justifica los medios. El fin de salvar vidas y acabar con el terror, justificaría el asesinato de los terroristas. Planteada así la cuestión, el debate se centaría en la idoneidad o no del método. Es evidente que incluso desde una perspectiva consecuencialista, la cosa dista de estar clara. Para empezar, asumir esta posición entrañaría otorgar al terrorismo una especie de legitimidad, al menos la del combatiente bélico. Además, habría que ponderar los efectos desfavorables desde el punto de vista estratégico e incluso desde el de cierta propaganda del terror.
Aunque se trata de un caso muy distinto, cabe plantear el clásico problema del tiranicidio. En contra de cierta opinión, más o menos extendida, la doctrina clásica no lo justificó. Fue una posición muy minoritaria. Los dos casos que yo conozco son Juan de Salisbury y, entre nosotros, el padre Mariana. Consiste, como el término sugiere, en la licitud del asesinato del tirano por parte de cualquier ciudadano. Incluso sus defensores exigían que no se utilizaran procedimientos alevosos, como la traición o el envenenamiento. Desde luego, santo Tomás de Aquino no justificó el tiranicidio. Sí justificaba, en casos de tiranía insoportable, el levantamiento popular contra la tiranía, y si en esa lucha (una especie de guerra civil) se producía la muerte del tirano, estaba justificada. Tampoco parece que la ética de la responsabilidad de Max Weber, propia del ámbito político, constituya una defensa del maquiavelismo o una justificación de la necesidad de mancharse las manos en la acción política.
A la vista de lo anterior, y pensándolo bien, no creo que ni la “guerra sucia” ni el tiranicidio estén justificados moralmente. Ni siquiera, creo que estén justificados en una moral que atienda sólo a los efectos y resultados. Al final, ningún mal produce un bien. A la moral sólo se le sirve moralmente; y a la democracia, democráticamente. La guerra contra el terrorismo ha de ser una guerra limpia.
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