La humanidad del embrión humano
Seguimos a vueltas con el aborto. Y seguiremos. Sobre la vida no cabe transacción ni componenda. Casi siempre las malas causas son apoyadas con pésimos argumentos. La lógica es implacable. Dentro de la deplorable situación que padecemos en esta cuestión (y en otras), a veces podemos contar algo positivo. Es poco, muy poco, pero es algo. Hace un poco más de dos semanas, la Asamblea parlamentaria del Consejo de Europa votaba el Informe McCaffert, que pretendía imponer la obligación de médicos y hospitales de practicar abortos y eutanasias, cuando la ley lo establezca, sin posibilidad de acogerse al derecho a la objeción de conciencia. El Consejo de Europa ha rechazado esta pretensión y ha reconocido la objeción de conciencia para los profesionales y centros sanitarios. La verdad es que decidir otra cosa habría sido tanto como negar el ejercicio de un derecho fundamental reconocido por las Constituciones.
Pero por aquí, quiero decir por España, la cosa sigue a la deriva; peor aún, con paso firme en la dirección más equivocada. El próximo 23 de octubre, si nada ni nadie lo remedia, Sevilla se convertirá en una especie de “capital de la muerte”. Más exactamente, del negocio de la muerte. Con el apoyo de la Junta de Andalucía y del Ayuntamiento de la ciudad, se celebrará un Congreso Internacional en apoyo y propaganda del aborto libre, que contará con la presencia de los principales magnates del negocio. Pues el aborto es además la muerte de un ser humano, un inmenso negocio. La respuesta ciudadana a través de organizaciones cívicas está siendo ejemplar. Quieren convertir Sevilla en ese día en la “capital de la vida”. Pero no conviene engañarse. La cosa va muy mal. Si el Tribunal Constitucional (o un cambio político) no lo remedian, el aborto seguirá siendo lo que ya es hoy: un derecho. Bueno, en realidad, para quienes no creemos en la omnipotencia de las mayorías ni en la arbitrariedad de los Gobiernos, nunca será un derecho. No existe un derecho a matar. Aunque lo establezca la ley. Pues hay leyes democráticas injustas. A menos que uno, con lenguaje y actitud de esclavo, confiera a la mayoría el derecho de hacerlo todo, incluida la determinación de la frontera entre el bien y el mal.
Al menos, no deja de ser un tibio consuelo el hecho de que el aborto haya promovido y defendido entre nosotros por personas de la talla intelectual de la ministra de Igualdad. Renuente a toda enmienda posible, en contestación a una pregunta parlamentaria, volvió a exhibir lo mejor de su doctrina, no por ya conocida menos asombrosa. Así, insistió en que elaborto no supone “eliminar una vida”. Y sostiene, con el Gobierno detrás, suponemos que incluido Gabilondo, que “sobre el concepto de ser humano no hay una opinión unánime”. La verdad es que esto último parece irrebatible, pues, aunque toda la humanidad pensara una cosa, si Aído sostuviera la contraria, ya no habría unanimidad. Para que desaparezca la unanimidad, basta uno solo. El argumento, valga la exageración, tal como aparece en las transcripciones periodísticas, reza así: “Abortar no supone acabar con una vida humana porque sobre el concepto de ser humano no existe una opinión unánime, una evidencia científica, ya que por vida humana nos referimos a un concepto complejo basado en ideas o creencias filosóficas, morales, sociales y, en definitiva, sometida a opiniones o preferencias personales”. Pero, de repente, a las catorce semanas o a las doce o a las veinte (cuando quiera el legislador), por arte de magia filosófica, el ser humano deja de ser un concepto discutible. Esperamos una mente clara que nos ilumine sobre lo que sucede en ese mágico momento que convierte a un embrión en ser humano. En realidad, toda esta palabrería no hace sino reiterar lo mejor de la doctrina Aído, a saber, que elembrión es un ser vivo, pero no un ser humano. Perplejidad abismática. Entonces, existen seres vivos que no pertenecen a ninguna especie. Porque si perteneciera a la especie humana sería un ser vivo humano. ¿A qué especie pertenece el embrión que vive en el seno de una mujer humana, si no es un ser humano? ¿Cómo puede una mujer de la especie humana tener en su seno un ser vivo no humano?
El argumento no puede ser más ridículo, pero asunto no puede ser más serio. Al fin y al cabo, la cosa no es nueva. Cuando se quiere eliminar a un ser humano, suele comenzarse por la negación de su condición humana. Tranquiliza mucho pensar que la víctima no es humana. Y es entonces cuando lo obvio y evidente resulta revolucionario. El debate sobre el aborto se aclara con sólo un poquito de lógica, incluso con una tautología: si el embrión es un ser vivo y es humano, será un ser vivo humano. Así que acabamos reivindicando la humanidad del embrión humano.