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El conflicto cultural y la autoridad espiritual

4 noviembre 2009 - 13:17 - Autor:

¿Asistimos a la muerte de las ideas, al ocaso de su poder, o, por el contrario, a una incruenta, pero feroz, guerra cultural entre ideas opuestas?

Entre el barullo de las disputas sociales y políticas, se puede escuchar el combate entre ideas y creencias opuestas, basadas en concepciones de la realidad y del hombre antagónicas. Nuestra crisis, como todas, afecta a lo que cabría llamar el “poder espiritual”, que es el verdaderamente importante frente al superficial, aunque coactivo, poder político. Lo que se disputa es la autoridad espiritual. Y a lo que asistimos es, si no me equivoco, a la pretensión del poder político de ejercer esa autoridad espiritual, eliminando toda posible competencia. Pero ese es uno de los rasgos del poder con vocación totalitaria. En las democracias, el poder político se sustenta en la opinión pública, y ésta es formada a partir de la influencia que las minorías dotadas de poder espiritual logran ejercer sobre las mayorías sociales. Pero cuando el poder no se limita a sustentarse en la opinión pública sino que aspira  adueñarse de ella y conformarla según sus intereses, se suplanta la autoridad de las minorías ejemplares y se desliza hacia el totalitarismo.

En realidad, dos son las principales concepciones que se sustentan la supremacía cultural en las sociedades occidentales. Una afirma la trascendencia; la otra la niega. Una sustenta una concepción personalista del hombre; la otra, la niega. Una pretende establecer una distinción nítida entre el bien y el mal; la otra, la niega a favor del relativismo. Una asume una idea espiritual del hombre y de su vida; la otra, la niega a favor de una visión materialista y terrenal.

El problema se plantea en el ámbito de la educación y la cultura. Los verdaderos maestros son suplantados por los falsos. En la segunda carta a Timoteo, escribe san Pablo estas palabras: “Vendrá un tiempo en que la gente se rodeará de maestros a la medida de sus deseos, apartando el oído de la verdad”. El paso del tiempo no ha hecho sino confirmar el pronóstico. La clave, entonces, consiste en reconocer la autoridad espiritual a los verdaderos maestros, y retirarla a los falsos.

Texto: Ortega y Gasset, Misión de la Universidad.  Obras Completas, 4, pp. 352-353.

Ignacio Sánchez Cámara

Nacido en Madrid en 1954 (estoy, pues, más allá de la mitad del camino de la vida), me hicieron catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de La Coruña en 1996. Antes fui profesor en la Complutense y durante casi diez años de Filosofía de Bachillerato. He dado clases en otras Universidades y centros varios, en el Ejército como Alférez de Complemento, en la Fundación Ortega y Gasset, en una Academia (no, por cierto, la platónica, a pesar de mi edad), y si me descuido hasta en el Bernabéu. Vamos, que soy profesor. He escrito algunos libros y un puñado de artículos. El caso es que en 1986, empecé a colaborar, como crítico de libros, en el Suplemento Cultural de ABC, gracias a la Fundación Ortega, luego pasé también a la Sección de Opinión y terminé por ser columnista. He sido secretario de Redacción de Revista de Occidente y director del Centro de Estudios Orteguianos. Ahora colaboro como contertulio (Tertuliano no hay más que uno) en los programas “La Mañana” y “La Linterna” de la COPE y soy columnista en el diario “La Gaceta”. Perteneciendo al gremio orteguiano, no me quedaba otro remedio que acabar en la Prensa, sin abandonar la Universidad. Apenas existe hoy otra manera de influir en la opinión pública que a través de la Prensa, aunque raramente establezca ella la correcta jerarquía entre los asuntos humanos. Y dentro de la Prensa, cada día aspira más al protagonismo la que se publica en Internet. Los amigos del libro y de la pluma estilográfica nos vemos obligados a ser “intrusos” digitales, algo así como “okupas” en la Red. También puede haber un sitio en ella para la filosofía, para la reflexión serena y sosegada. No todo en la Red ha de ser superficialidad y prisa. Este blog, voluntario tributo a los tiempos, aspira a ensayar una especie de socratismo internáutico, a navegar por las aguas agitadas de nuestra época, entendiendo el diálogo como un camino hacia la verdad, y no como un medio para establecerla arbitrariamente. El sosiego y la mesura no son tibieza ni equidistancia. La verdad no está en el medio, sino en el extremo opuesto del error y la falsedad. “Pensándolo bien” sugiere tanto la corrección del pensamiento como la necesidad de evitar la precipitación. Este blog abarcará todo aquello que, pensándolo bien, merezca ser pensado. Estoy casado y tengo dos hijos. Esto es, ciertamente, lo más importante

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