El conflicto cultural y la autoridad espiritual
¿Asistimos a la muerte de las ideas, al ocaso de su poder, o, por el contrario, a una incruenta, pero feroz, guerra cultural entre ideas opuestas?
Entre el barullo de las disputas sociales y políticas, se puede escuchar el combate entre ideas y creencias opuestas, basadas en concepciones de la realidad y del hombre antagónicas. Nuestra crisis, como todas, afecta a lo que cabría llamar el “poder espiritual”, que es el verdaderamente importante frente al superficial, aunque coactivo, poder político. Lo que se disputa es la autoridad espiritual. Y a lo que asistimos es, si no me equivoco, a la pretensión del poder político de ejercer esa autoridad espiritual, eliminando toda posible competencia. Pero ese es uno de los rasgos del poder con vocación totalitaria. En las democracias, el poder político se sustenta en la opinión pública, y ésta es formada a partir de la influencia que las minorías dotadas de poder espiritual logran ejercer sobre las mayorías sociales. Pero cuando el poder no se limita a sustentarse en la opinión pública sino que aspira adueñarse de ella y conformarla según sus intereses, se suplanta la autoridad de las minorías ejemplares y se desliza hacia el totalitarismo.
En realidad, dos son las principales concepciones que se sustentan la supremacía cultural en las sociedades occidentales. Una afirma la trascendencia; la otra la niega. Una sustenta una concepción personalista del hombre; la otra, la niega. Una pretende establecer una distinción nítida entre el bien y el mal; la otra, la niega a favor del relativismo. Una asume una idea espiritual del hombre y de su vida; la otra, la niega a favor de una visión materialista y terrenal.
El problema se plantea en el ámbito de la educación y la cultura. Los verdaderos maestros son suplantados por los falsos. En la segunda carta a Timoteo, escribe san Pablo estas palabras: “Vendrá un tiempo en que la gente se rodeará de maestros a la medida de sus deseos, apartando el oído de la verdad”. El paso del tiempo no ha hecho sino confirmar el pronóstico. La clave, entonces, consiste en reconocer la autoridad espiritual a los verdaderos maestros, y retirarla a los falsos.
Texto: Ortega y Gasset, Misión de la Universidad. Obras Completas, 4, pp. 352-353.