Así se hizo “19 días y 500 noches”, de Joaquín Sabina
Ya anuncié la semana pasada que, con motivo del lanzamiento de La orquesta de Titanic, su disco conjunto, iba a repasar mis discos preferidos de Serrat y Sabina. Hoy le toca al andaluz madrileño, que en 1999 se destapó con su disco más sólido, sobre todo en cuanto a sonido, con la imprescindible colaboración de Alejo Stivel.
En 1998, cuando Joaquín Sabina empieza a pensar en grabar 19 días y 500 noches, viene de una decepción, el disco Enemigos íntimos junto a Fito Páez, que si bien artísticamente es valioso, supone un enorme chasco por el agrio desencuentro público entre los dos, que da al traste con una apetecible gira conjunta. Sin embargo, su siguiente álbum también tendría un importante componente argentino, Alejo Stivel, ex Tequila y entonces sorprendente elección para Sabina (su mayor éxito hasta el momento había sido el debut de La Oreja de Van Gogh). “Yo pasaba veladas en su salón y lo veía cantar en un estado muy relajado, sin preocuparse de la técnica”, recuerda el bonaerense, aludiendo a la época de las noches eternas en Tirso de Molina, en la que el cantante confesó a El País ‘he puesto mi bar en casa’. “Me parecía que esa forma de cantar no tenía nada que ver con lo que plasmaba en los discos, que sonaban muy lavados”, continúa Stivel. “Yo le decía que porqué no grababa algo en plan crudo, como cantaba a las 4 de la mañana, pero no se lo planteaba en un tono de ‘dámelo a mí para hacerlo’. De hecho, yo no tenía ni un disco de Sabina en casa, sólo conocía lo que oía por la radio. Pero establecimos una buena complicidad y un día me dijo que le produjera el disco”.
A raíz de esa proposición se producía la salida de Pancho Varona y Antonio García de Diego, habituales productores y brazos musicales del jienense (que posteriormente volverían a sus puestos), y comenzaba un año muy largo para Sabina y Stivel, que tendría final feliz en el disco más redondo del cantautor.
“Curramos seis meses en su casa y otros seis o siete en el estudio”, recuerda el productor: “Fue muy largo. En ese tiempo yo me hago ocho discos. Las víctimas más notorias fueron mis amigos de M Clan. Yo tenía que grabar su Usar y tirar y al final se retrasó seis meses”… Tan largo se hizo que Stivel hubo de dar un ultimátum: “Una noche, en un restaurante argentino le saqué una servilleta y le dije, ‘Fírmame aquí que en una semana pierdes el poder sobre el disco, yo lo acabo y sale’. Lo firmó, lo tengo guardado”.
Alejo consiguió que Sabina “se olvidara de ser cantante y fuera un decidor, a la manera de un Tom Waits, un Gainsbourg o un Chevalier, tíos que no son cantantes clásicos, pero que saben decir las cosas”. Pero los capos de la discográfica no esperaban ese cambio, relata Stivel: “Al escuchar la primera canción se miraron, me miraron y dijeron ‘no canta’. Claro, tenía la voz mucho más gastada y rota, y yo le había hecho cantar cerca del micro, y no maquillé con ningún efecto esa lija. Pero al rato se acostumbraron y les encantó”.
En el tratamiento de la voz, en los arreglos, en los músicos escogidos, … la labor de Alejo Stivel fue importante para que 19 días y 500 noches llegara a buen puerto, pero eso no hubiera servido de nada sin canciones. Y Sabina las tenía en abundancia, llegándose a plantear hacer un disco doble. “Me siento en la racha más productiva de mi vida, trabajo hasta el mediodía”, dijo a El País poco después de la salida del disco. Su columna vertebral fue la canción que le dio título y le impulsó hasta vender más de 600.000 copias, una arrebatadora rumba del desamor: “Es casi un homenaje a Bambino [el rumbero], aunque el pobre murió cuando la estábamos grabando, no llegó a oírla”, contaba Sabina: “No quedó perfecta, me fallaron las gitanillas, pero veo que conmueve incluso a gente poco rumbera”.
Stivel, por su parte, aún se sorprende de que triunfara una canción con un largo estribillo que dura un minuto (“tiene mucho mérito”), y revela sorprendentes cambalaches de letra y música en algunos temas de 19 días y 500 noches: “La música de Cerrado por derribo, que es mía, tenía otra letra en origen, que finalmente saldría como Nos sobran los motivos, con muchas referencias argentinas”. Y hablando de Argentina hay que referirse a Dieguitos y Mafaldas, una despedida de Sabina a Paula, una ex suya bonaerense, que empieza como una milonga y termina siendo una salsa cubana, uno de los muchos “pastiches”, en definición del productor, de un disco muy variado, que contiene rancheras (Noches de boda, con introducción de Chavela Vargas), una dylaniana despedida de sus hijas (A mis 40 y 10), e incluso un largo rap humorístico (Como te digo una co, te digo la o), que en una edición ampliada del álbum que salió en 2011 se muestra aún más extensa (12 minutos).
La franqueza de las letras provocó alguna anécdota descacharrante, como la surgida por un verso de Una canción para la Magdalena, un himno a las prostitutas compuesto junto a Pablo Milanés, que durante una época fue vecino de Sabina. En ella, el de Úbeda canta: “y si la Magdalena pide un trago/ tú la invitas a cien que yo los pago”, lo que un fan bilbaíno se tomó muy en serio, y le mandó la factura de un burdel. Sabina accedió a pagársela, adjuntándole -eso sí- una cita de George Brassens: “La menor reincidencia rompería el encanto”.
(Parte de este texto se publicó en la revista Rolling Stone en 2009)

Darío Manrique Nacido en Burgos en 1977. Estudié periodismo en la Complutense de Madrid y he trabajado en la web loquesea.es y, durante cinco años, en la redacción de Rolling Stone.
No hay comentarios
Deja tu comentario
Puede seguir esta conversación suscribiéndose a la fuente de los comentarios de esta entrada.
¡Anímate a ser el primero en dejar un comentario!