Fue el primer doctor en Ciencias de la Computación por la Universidad de Harvard, y aunque su abuelo fundó en Michigan un diaro para emigrantes italianos, a Vicent Giuliano le dió por las matemáticas y muy pronto decidió que lo suyo era adentrase en el tugurio digital que hoy nos devora. Ofició de Decano en la Facultad de Computación de la Universidad del Estado de Nueva York en Buffalo, pero acabó de Vicepresidente de “Electronic Publishig” del Grupo Times Mirror, un conglomerado que facturaba 3.700 millones de dólares al año, y que era dueño de Los Angeles Times. Luego, entre 1971 y 1983 fué uno de los consultores seniors más prestigiosos de Arthur D. Little.

Cuando yo le conocí en 1984 en la Universidad de Harvard, Vincent estaba que fumaba e pipa.
O al menos esa fue la conclusión provisional a la que yo llegué en aquella primavera-verano cuando yo trabajaba como Senior Research Felow (que era un pomposo título para no pagarte ni un clavel) en el Program on Information Resources Policy, un “think tank” que se había inventado en 1973 el hiperactivo Antonhy Oettinger, hoy un pacífico octogenario pero que entonces era un tipo de los que hay que dar de comer aparte.
El Programa era una institución conocida como “El Think Tank de la Universidad de Harvard sobre la Era de Información” y buena parte del secreto estaba en dos ingredientes: primero, la cuadrilla que Oettinger había conseguido congregar en aquel edificio; y segundo, el método de trabajo que consistía en lidiar fundamentalmente con lo que aquella fuerza de la naturaleza llamaba “asuntos altamente controvertidos de largo recorrido”.
El procedimiento era muy sencillo: nosotros los fellows y otros cuasi-esclavos del mundo académico y profesional, teníamos que concentrarnos en alguna de esas patatas calientes y redactar un paper que, en primera estancia, Tony ponía a parir.
Ser llamado a su despacho, que estaba junto a la puerta de entrada, para que nadie se pudiera escabullir, era como subir al patíbulo porque uno entraba seguro de que al final su paper sería guillotinado con centenares, así centenares, de correcciones, preguntas y observaciones. Algo que sólo William Shaw, el mítico director de The New Yorker, debía ser capaz de superar en número y calidad.
Cuando a uno, y a su maltrecho paper, le habían pasado por la piedra, empezaba la segunda vuelta de manivela, que consistía en recobrar la compostura, hacer de tripas corazón y, como si no hubiera pasado nada, resucitar al muerto.
Pero la cosa no acababa aquí, de ninguna manera. Re-pensado, re-planteado y re-escrito el papelín, Tony sacaba entonces de su agenda los nombres de varios caimanes y otras gentes de mal vivir del gobierno, las universidades o las empresas del sector y ordenaba a su secretaria que la cosa, es decir el papelín, con el temible membrete de Harvard llegara cuanto antes a estas malas bestias a las que se les pedía una ”review”.
Contestaban casi todos y, gracias a que Tony ya se había encargado de pasarles la garlopa a nuestros borradores, las “reviews” solían ser muy elogiosas y estimulantes.
Para concluir estos Autos Sacramentales, que en unos 20 años produjeron más de 500 libros, documentos y papers de singular calibre, Tony nos convocaba a todos los fellows, se traía a un peso pesado según fuera el “asunto altamente controvertido y de largo recorrido” que tuviéramos entre manos, y entonces teníamos una encerrona de tres a cuatro horas de la que hasta el peor paper salía niquelado.
En una de esas reuniones había conocido yo a Leo Bogart en 1978, y como consecuencia del paper que yo tenía entre manos en 1984 me encontré con Vicent Giuliano por primera vez.
Almorzamos en el Faculty Club de Harvard y los camareros acabaron echándonos del comedor porque la conversación con Vicent se hacía interminable, así que terminamos en la biblioteca del Club donde estuvimos hasta poco antes de cenar.
Vincent era otro Roger Fidler pero con un tremendo background de consultor. Estaba que echaba chispas porque la entonces Asociación Norteamericana de Editores de Diarios (ANPA) había encargado a Arthur D. Little un estudio sobre el futuro de los diarios, y como los antiguos colegas de Vincent contemplaban escenarios más bien pesimistas, el viejo establishment periodístico norteamericano, tras un primer y tumultuoso “progress report” decidió cancelar la consultoría, alegando que el trabajo era muy malo. Vamos, que no era lo que aquellos dinosaurios esperaban oír.
Sabido es que, como en las encuestas serias, cuando los resultados no le gustan al cliente, la salida es siempre del género “están verdes”, nos han defraudado, esto está mal planteado…
Desde entonces mi amistad con Vincent se cimentó en grandes discusiones donde solíamos coincidir casi al 100% y en una relación que acabó desembocando en su inestimable colaboración en muchos proyectos de INNOVATION.
Vincent fue uno de los ponentes del seminario que con el Programa de Tony y el Media Lab de Nicholas Negroponte organizamos en Harvard en septiembre de aquel mismo año bajo el título de What’s Next: The New Media Landscape, y que se llenó hasta la bandera.
Asistieron casi un centenar de editores de Europa y América, y en esos días muchísimos de ellos nos oyeron hablar a Tony, Vincent, Ben Compaine, Jerry Rubin, Paco Gómez Antón y al que suscribe de aquel Internet que entonces no era nada, y allí, claro, volvió a salir el dichoso “diario de hule” que yo creía entonces, y sigo creyendo ahora, es uno de los formatos del futuro para empresas periodísticas que debían trasformarse en “turbinas informativas”.
Como consecuencia de aquel seminario en Harvard, Vincent, Paco Gómez Antón, Carlos Soria y un servidor nos dedicamos a hacer largas tournés por muchas de las empresas que habían estado en Harvard. En España hasta llegamos a organizar un doblete que tuvo lugar en los salones del Gran Casino de Madrid.
Tantas fueron las visitas, reuniones y presentaciones que dividíamos a nuestros clientes entre los que habían estado y los que no habían estado en Harvard.
El show consistía siempre en lo mismo: empezaba yo lanzando rayos y centellas y cuando los directivos de turno empezaban a marearse y entrar en pánico y conmoción, entonces llegaban Paco y Carlos que bajaban todo a tierra y sosegaban al personal, pero al final concluía Vincent que volvía a la pirotecnia incendiaria, y aquello acababa como las mascletás valencianas.
Todo este terrorismo, que ahora seguimos haciendo con igual maldad en los “One Day with INNOVATION”, era recibido primero con un cierto escepticismo pero muy pronto nos dimos cuenta de que la llama del futuro multimedia y digital había prendido en casi todos ellos. Tanto y tan pronto que unos meses después nos volvían a llamar pero entonces la pregunta ya no era si “eso que dicen ustedes” iba o no a pasar, sino “cómo demonios” nos pueden ayudar a no perder el último tren a Sebastopol.
Por eso, cuando ahora la llegada en carne mortal de la Tableta de Apple suscita emociones encontradas, me he acordado del viejo Vincent porque como hace casi 16 años, la cuestión sigue siendo no si habrá o no tableta sino, de nuevo, “cómo demonios” debemos subirnos al último tren-bala.
El lunes supimos que en eso cifan muchas de sus esperanzas los hombres y mujeres de The New York Times. Pero, como les contaré mañana, Vicent Giuliano fue uno de los que en los años 80 le jugó una mala pasada al clan de los Sulzberger.
POSTDATA: Ayer le pregunté a Vincent Giuliano qué pensaba de la tableta de Apple y ahora cuando estoy revisando este post me llegan sus comentarios. Los colgaré en un futuro post, pero les adelanto que Vincent es optimista. Siempre lo fue y siempre nos enseñó a serlo.
MAÑANA, DIA-8: DE CÓMO LOS SULZBERGER DECIDIERON VENDER LOS ARCHIVOS DEL NEW YOK TIMES POR VIDA Y POR CUATRO DUROS, Y CÓMO LUEGO TUVIERON QUE RECOMPRARLOS A PRECIO DE ORO.
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