Fue el negocio del siglo, al estilo de los que decía que hacía mi bisabuela valenciana aunque, claro, estos no son modos para una familia que es propietaria, protectora, guardián y garante del mejor diario del mundo. Pero como verán ustedes, el buen periodismo es capaz de sobrevivir a los peores gerentes. A la redacción de lujo del New York Times le toca bailar desde hace años con una panda de indocumentados que dicen que dirigen el periódico.
No se asusten que hoy voy a ser más corto porque la cosa se explica muy rápido.
Mi amigo Vincent Giuliano trabajó hace años con “el José Mario Armero de Nueva York”, un abogado llamado Jerome Rubin que, como se verá, es un pájaro simpático pero de mucho cuidado. Yo le conocí organizando aquel Seminario en la Universidad de Harvard del que les hablé ayer. En aquella época dirigía el programa “TheFuture of the News” en el MIT Media Lab. “Jerry”, que así le llamamos los amigos, fue el fundador de Lexis-Nexis , una fascinante empresa de servicios de información y documentación online que nació antes de Internet y siempre ha ganado dinero, pero que muchísimo dinero para ser exactos.
El invento de Jerry empezó siendo como el “Aranzadi norteamericano” es decir, el LEXIS era y es el repertorio jurídico que usted encontrará en cualquier despacho de abogados de Estados Unidos.
Ustedes me preguntarán que cómo Jerry, Vincent y otros linces del oficio consiguieron la hazaña de convencer al casi millón de picapleitos, que entonces había en el país, para que dejaran los repertorios de papel y se pasaran a los ordenadores.
Se lo cuento. Jerry optó por invertir de cara al futuro. Se fue a ver a todos los decanos de Facultades de Derecho y les dijo: Miren ustedes, porque ustedes me caen muy bien les regalo unas computadoras cargadas con esta leche de LEXIS online. Gratis total… Y desde aquel momento cualquier nuevo leguleyo norteamericano salió a trabajar sabiendo utilizar sólo y exclusivanente el invento de Jerry.
A continuación, pasó lo que era de esperar. Se graduaban, les contrataban de pasantes y los cavernícolas abogados de entonces , en sus despachos con paredes forradas con los “Aranzadis ingleses” en tomos encuadernados en piel , les decían: “A ver, joven, búsqueme esto y esto. ¿Dónde? ¿Cómo que dónde? Aquí, en la biblioteca. Es que yo ahí no se buscar. ¡Pero qué me dice! Es que en la Universidad sólo nos enseñaron a buscar en LEXIS. ¿En qué? En LEXIS. Sí, sí señor, en LEXIS”.
Se suscribieron y pagaron y, colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Y así es como hoy no hay ninguna firma de abogados en Estados Unidos que no tenga su LEXIS.
Les cuento esto para que sean ustedes misericordiosos y comprensivos con los Sulzberger que un día recibieron la oferta de Jerry quien les dijo a los dueños del New York Times: Miren ustedes, como lo suyo y lo que cuenta son el papel y las noticias de hoy y de mañana, yo les compro las de ayer con los derechos exclusivos y por vida de esos archivos del diario que no sirven para nada con todas esas noticias viejas e inservibles que sólo interesan a las ratas de bibliotecas. Firmen aquí, y aquí está la pasta.
Así parece ser que fue. Un robo legal con el consentimiento de unos bobos que se quitaron de encima aquella lata de tener que fotografiar, catalogar y vender aquel incordio de los cartuchos del diario en microfilm.
Claro, al cabo de los años, y cuando Jerry ya estaba jubilado, los Sulzberger le llevaron a los tribunales y dijeron que no había derecho, que cómo podía ser que ellos, que eran los dueños del diario, no fueran los dueños de sus archivos, que aquello era un robo, que aquello era una vergüenza, y qué se yo que otras muchas sandeces por el estilo.
Al final, la cosa acabó con los Sulzberger recomprándole a LEXIS lo que era suyo y pagando por el rescate plusvalías muy similares a las que hacían feliz a la negocianta de mi bisabuela Pilar con su pragmático “compre a dos, venc a quatre i amb eixe dos per cent m’apanye”.
Hace años, un editor amigo mío me contó que había sido anfitrión en su casa de Arthur Sulzberger Jr. y su mujer. En la sobremesa, la esposa de mi amigo, que es una gran lectora de libros, acabó muy cabreada porque el dueño del New York Times, perdonándole la vida, se sacó del bolsillo el armatoste de un Kindke y le dijo: los libros impresos no tienen futuro, esto es el futuro. Siguieron hablando y el pirómano de Sulzberger dijo lo mismo de los diarios y de las revistas.
Mi amigo, editor de uno de los mejores y más rentables diarios de Europa, me confesó que se había llevado una muy mala impresión de este caballero. “Yo creo que se ha equivocado de negocio”.
Moraleja: ahora que los Sulzberger dicen que van a echar el cierre a los contenidos de su edición online, y hasta el gordo de Carlos Slim les anima a semejante despropósito, más les valdría a esta familia llamar a Jerry y preguntarle qué hacer.
Hablan también de que quieren hacer grandes negocios para forrarse con la tableta de Apple… pero yo creo que esta gente lo que necesita es mucha tila, hablar menos, ser prudentes, no decir tonterías, rodearse de gente lista, saber en qué negocio están, y no enredar ni enredarse más porque, como decía el maestro Eugenio d’Ors, los experimentos no se hacen con champagne.
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