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¿Son lo mismo los veranos sin ‘El Grand Prix’ de Ramón García?

14 agosto 2013 - 6:00 - Autor:

No ha pasado tanto tiempo, aunque ya parecen lejanas aquellas épocas en las que la televisión apostaba en sus veranos por espacios propios y pretendidamente estivales. Así se rompía con la monotonía de todo el curso catódico y se refrescaba a la audiencia.

Y, en esa memoria colectiva de formatos que abrían por vacaciones, hay uno que destaca sobre el resto: El Grand Prix del Verano de Ramón García, que se mantuvo diez años en TVE (1995-2005) y siempre, hasta el último programa, alcanzando unos colosales datos de share. De hecho, no se suprimió por una disminución de espectadores: a pesar de ser un producto rentable, la dirección del Ente, en la etapa de Carmen Caffarel, prescindió de este espacio, probablemente, por un prejuicio sobre el formato (se consideraba un tanto “cateto”).

Pero El Grand Prix daba en la diana de la esencia de la televisión pública que sabe aunar entretenimiento y participación popular, pues este concurso conseguía movilizar a los habitantes de decenas de pueblos, incentivados por la ilusión de participar en una competición televisiva y orgullosos de dar a conocer al resto de España su villa. Además, de paso, podían ganar un puñado de premios útiles para mejorar la calidad de vida de los vecinos (por ejemplo, bombillas para las farolas de la localidad).

Otro de los secretos del éxito de este programa de Europroducciones radicaba en que no tenía ningún complejo sobre sí mismo y estaba comandado por un presentador que ya no sólo contaba con un control absoluto del plató, sino que iba por delante a la hora de exprimir la materia prima del show. Y es que, injustamente etiquetado con el término de casposo, en realidad, Ramón García ha sido uno de los grandes maestros de ceremonias de nuestra reciente telehistoria. A la misma altura de Constantino Romero, Jordi Estadella o Joaquín Prat.

Cómplice, rápido de reflejos y algo travieso, Ramontxu supo conectar con varias generaciones de espectadores e ir al grano de las necesidades de un espectáculo de entretenimiento familiar puro y duro. Uno de esos pocos comunicadores tan completos que, sin que se notara y con una naturalidad campechana absoluta, lograba jugar con el equipo técnico y con los invitados famosos, con los discursos políticos de los alcaldes y con las caídas en cámara lenta de los participantes, con el ballet y con sus cambiantes copresentadoras.

Él era el alma de El Grand Prix, identificable para niños y mayores, el resto lo ponía la cercanía que desprendía el concurso por sí solo: haciendo una sana radiografía de un país plural que se atrevía a participar en un peculiar Humor Amarillo patrio. No obstante, El Grand Prix tenía una diferencia clave con Humor Amarillo: las calurosas gradas, llenas de público que vivía con emoción real las pruebas que se estaban produciendo en el plató más grande de los Estudios Buñuel.

El espacio transmitía tanta verdad, ingenuidad y pasión que varias generaciones de españoles crecimos con el formato al mismo tiempo que íbamos madurando. Sólo había un pero: el mareo que sufría la pobre vaquilla, con un nombre que siempre rimaba con algo. Eso sí, ¿quién no sonrió con algún traspiés en los “Troncos Locos” de un concursante? ¿Quién no comentó los tropezones de los bolos humanos? ¿Quién no se tapó los ojos al ver que iba a explotar al famoso de turno aquel globo sin fin de “La Patata Caliente”? ¿Quién no tarareó alguna vez la reconocible y rítmica sintonía? “En el campo y en la playa hace calor, y la gente se pasea en bañador…”.

Era la televisión a lo grande, la televisión que protagonizaba la gente normal, de la calle, la gente con ganas de divertirse. Más allá de cástings calculados al milímetro. Más allá de encierros o vídeos editados. Más allá de fomentar la competición o el sufrimiento por encima de todas las cosas. En El Grand Prix lo importante era jugar, jugar por los tuyos con una inocencia casi infantil.

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Borja Terán, editor


“Soy licenciado en periodismo y he trabajado como redactor, como ayudante de realización y también desarrollando contenidos en diferentes soportes (televisión, radio e Internet). Con la mirada siempre puesta en la creación, el estudio de los viejos y nuevos escenarios audiovisuales y el desarrollo de nuevos formatos para contar historias. Porque me temo que en mi partida de nacimiento ya constaba mi curiosidad infinita por los entresijos del mundo mediático.

Esa curiosidad es el cimiento de este blog dedicado a la televisión que nos toca vivir, sin dejar de recordar la del pasado y permitiéndonos soñar con la del futuro.”

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