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‘OT, el reencuentro’: los 5 elementos que han propiciado una emocionante catarsis colectiva

31 Octubre 2016 - 1:00 - Autor:

OT, el reencuentro es ya un fenómeno televisivo. Un estatus que ha logrado porque estos tres programas especiales no se han quedado en la fácil vertiente nostálgica, sino que se han convertido en una experiencia colectiva más enriquecedora y compleja de lo que nos esperábamos, con mimbres de terapia psicológica y sociológica. Los documentales ha reunido cinco factores que han traspasado televisores y que se deben analizar en profundidad.

1. Triunfitos abiertos en canal

Los dieciséis han participado en el programa con todas las consecuencias. Han compartido y abierto su vida sin apenas filtros, contando su percepción del éxito quince años después, pero también describiendo sus daños colaterales y sus sinsabores, haciendo confesiones incluso incómodas y dolorosas. Han entendido que este reencuentro sólo tenía sentido abordarlo desde una total honestidad y una sinceridad extrema. Quizá la excepción ha sido un acorazado David Bisbal, que en su entrevista personal no ha contado nada realmente emocional o con chicha. Y mención aparte merece también Juan Camus con su discurso sobre la humildad después de la que ha liado en los últimos meses con su participación en este reencuentro y en el concierto.

2. El identificable fracaso

El fracaso y las quiebras de expectativas han sido dos de los grandes temas de estos documentales. Muchos de los triunfitos han contado el modo en el que vivieron el bajón de popularidad tras haber llenado estadios. Y, aunque los demás no seamos ex concursantes de un reality exitoso, sabemos de lo que hablan. Porque todos nos hemos enfrentado a fracasos y decepciones, a todos nos han vendido motos y nos han hecho creer en algún momento que podíamos comernos el mundo. Y luego no ha sido así.

No es raro, por eso, que David Bisbal, que sí ha logrado una carrera de proyección mundial, haya sido el más criticado por una razón o por otra en este reencuentro. Su posición actual le aleja de una audiencia que se identifica más con la fragilidad aparente del resto. Estamos en una sociedad en la que el éxito o incluso el fracaso están sobrevalorados. Y OT, el reencuentro ha resultado una terapia colectiva capaz de relativizar tanto los éxitos como los fracasos. Porque todos nos comemos el mundo algún rato y luego el mundo se nos cae a pedazos. Porque muy pocas veces el futuro es como esperamos que sea. Porque triunfar en cualquier ámbito es complicado para todos y depende de demasiadas variantes. Y de esto han hablado mucho y muy bien estos documentales.

3. La autocrítica del formato desde el propio formato

Los chicos de Operación Triunfo rompieron las audiencias televisivas y fueron un filón para la industria discográfica. No había que dejar escapar la gallina de los huevos de oro que había creado el prime time catódico. Vorazmente, sin piedad, sin remilgos. Lo importante era exprimir a aquellos dieciséis concursantes hasta la última gota. Y cuando dejaron de generar beneficios, a muchos se les abandonó, como juguetes rotos. En OT, el reencuentro, los propios triunfitos nos han contado su vivencia de este ascenso y caída sin pelos en la lengua. Y estos documentales no han vetado sus críticas y reproches. No ha habido tabúes ni temas intratables, aunque las críticas hayan salpicado incluso a la productora del programa, Gestmusic.

Los documentales, como buenos documentales, escarban en la realidad, pese a quien pese, guste o no guste lo que dicen. Y este reencuentro no habría funcionado tan bien si hubiéramos percibido que nos estaban sesgando las entrevistas o escondiendo asuntos delicados (¡hasta Chenoa ha hablado de su chándal gris!). Por eso es más valioso lo que hemos visto: porque esta serie de programas contiene análisis y reflexión sobre un fenómeno insólito en nuestro país y porque critica desde la propia televisión la falta de escrúpulos que muchas veces tiene la pequeña pantalla en busca de exprimir y estirar el éxito.

4. Realización con amplitud de miras

Los tres especiales se han planificado con un formato definido y bien organizado. Primero el choque musical con la directora de casting, Noemí Galera, después el viaje a los recuerdos con Ángel Llácer y, para acabar la jornada de “convivencias”, el chimpún con la carismática Nina, la que más cerca estuvo de los concursantes. Todo enriquecido y dinamizado por las entrevistas personales y una realización moderna, cálida, elegante y sin prisas. En una televisión que va a toda velocidad, OT, el reencuentro recuerda la importancia de dejar respirar los planos, de contar una historia también a través de las miradas, los silencios, la gestualidad y las conversaciones que se quedan en segundo plano, creyendo en la curiosidad del espectador, al que no se le escapa una sin necesidad de remarcarlo todo con fanfarrias, soniquetes, cebos y rótulos como acostumbra la tele de 2016. Nos hemos sentido como si hubiéramos estado allí con ellos, en esa bonita casa de campo, en ese día de verano.

5. La apabullante verdad

Cuesta mucho encontrar verdad de la buena en la televisión de hoy, y Operación Triunfo, el reencuentro ha transmitido verdad en su máxima expresión. Podía haber resultado un programa frío, falso y artificial. A medio gas. Más aún cuando todos estos chicos alcanzaron la fama por obra y gracia de un fenómeno televisivo de inmenso calibre y podían creerse expertos y resabiados en lo que funciona o no en televisión. De haber sido así, el programa habría pinchado. Pero, por suerte, Gestmusic ha conseguido plasmar la verdad, con sus ilusiones y frustraciones, del presente de estos dieciséis triunfitos, ya no tan jóvenes, que convirtieron el formato en un irrepetible fenómeno televisivo justo por eso mismo: porque contagiaban verdad.

Ahora (la mayoría) son menos ingenuos o viven con cierto desencanto, pero continúan enfrentándose a la vida sin demasiadas máscaras, o al menos eso es lo que irradian. Su sinceridad ha sido un acto generoso y emocionante hacia el programa que les dio a conocer y hacia la audiencia que les quiso tanto.

Y OT, el reencuentro, por su parte, pasará a la historia televisiva como un lúcido y empático documento sobre las distintas formas de entender y digerir el éxito o el fracaso. Sobre lo importante de discernir entre el éxito de llenar estadios y el éxito personal de sentirse uno en paz consigo mismo y con lo que tiene. Pura terapia.

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Los ingredientes para una buena película de terror, según Chicho Ibáñez Serrador (VÍDEOS)

30 Octubre 2016 - 13:00 - Autor:

Mis terrores favoritos fueron dos ciclos sobre cine de miedo, en 1981 y en 1994, que dirigió y presentó Chicho Ibáñez Serrador en Televisión Española. Con su particular ironía y siguiendo la estela del bueno de Alfred Hitchcock, Serrador introducía la terrorífica película que iba a proyectar la cadena.

En esta serie de prólogos, Chicho incluso se atrevió a resumir los ingredientes para el éxito que se usan en el cine de terror: “la oscuridad, las tormentas, la soledad de la víctima, que puede ser un niño, una abuelita paralítica o una chica que se queda sola en un caserón con puertas que chirrían…”, explicaba.

Aunque también hay otros elementos que se usan con frecuencia sin ser tan evidentes. Así Chicho sugería la importancia de jugar con “gotitas de erotismo o el humor, que siempre conviene que vaya del brazo del terror“, narraba en 1994 el maestro e inventor de la televisión en España.

Ibáñez Serrador fue pionero en ridiculizar el miedo y la muerte en televisión. De hecho, siempre incorporó ingredientes de sus prestigiosas (y terroríficas) ficciones, como Historias para no dormir en TVE o La Residencia en cine, a sus programas de entretenimiento. El más recordado, Un, dos, tres…

Un equilibro perfecto para el éxito televisivo: no quedarse sólo en el show de variedades y enriquecerlo con tramas propias del cine de suspense e incluso de terror, que aumentaban la emoción del programa.

Chicho Ibáñez Serrador fue un adelantado a su tiempo. Y probablemente también a nuestro propio tiempo. Atreviéndose a afrontar la muerte, más allá de celebraciones de Halloween. Siempre jugando con su propio personaje de omnipresente director, tan perverso como cómplice.

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La pérdida del liderazgo de audiencia de ‘Sálvame Deluxe’: el trasfondo del problema

29 Octubre 2016 - 10:46 - Autor:

Sálvame Deluxe está sufriendo el éxito de Tu cara me suena. El programa de Jorge Javier Vázquez se ha quedado, este viernes, en un 15.8 por ciento de share y 1.791.000 espectadores, un dato lejano del liderazgo del show de imitadores de Gestmusic para Antena 3, que volvió a brillar con 22.5 por ciento de share y 3.039.000 fieles.

Sálvame no puede competir con el espíritu de gran fiesta en positivo de Tu cara me suena, un programa que conjuga con maestría la espontaneidad de una reunión de celebrities (Lolita y Chenoa incluidas) con el significado de la televisión en su máxima expresión. Esa televisión que cuida los detalles: puestas en escena, realización, iluminación, sonido y, además, se atreve con las ideas.

Como consecuencia, Sálvame Deluxe tiene que atreverse también con sus propias ideas para plantar cara ahora que tiene competencia. Sus armas: polígrafos, peleas y demás. Pero el problema está en que el programa, a pesar de su público muy fiel, sufre un evidente desgaste de personajes. El público se está convirtiendo inmune a sus conflictos, pues ya ve el plumero a los sospechosos habituales del espacio.

Anoche, por ejemplo, el Deluxe apostó por recuperar la hipnosis. Ricard Bru durmió a Olvido Hormigos. En vez de polígrafo, un sueño profundo en el que se supone que el hipnotizado cuenta toda la verdad y nada más que la verdad.

Esto ya se hizo hace 25 años en Hola Raffaella, con el hipnólogo Tony Kamo. Entonces, La máquina de la verdad de Telecinco empezó a comer el liderazgo de la Carráy el mítico programa de TVE decidió utilizar a su hipnotizador, que hacía números cómicos, para que sugestionara a diferentes famosos con historia polémica detrás.

Y Sálvame, como también ya hizo hace tiempo, recupera ahora este juego de la entrevista bajo hipnosis para que la cobaya no cuente mentiras. Así pone a Hormigos en otra tesitura aunque, en realidad, lo que están haciendo es reproducir el concepto del polígrafo. Pero, claro, Olvido Hormigos con el polígrafo ya está muy vista.

El fallo ha estado en que Hormigos, que no es actriz, parecía que se estaba haciendo la mala dormida. Hablaba como siempre, controlando la situación. Da igual que la hipnosis fuera real, no lo transmitía. El numerito no sirvió de mucho, porque el problema de fondo está en que Sálvame Deluxe se tendrá que inventar ya otro perfil de artistas del conflicto. Porque los actuales personajes ya suponen un bucle repetitivo con tramas enquistadas, sin evolución y demasiado vistas para una audiencia que se las sabe todas.

A diferencia de la versión de tarde de Sálvame, que juega más con sus colaboradores, un ambiente cálido y con mucho sentido del humor, el Sálvame de noche (el Deluxe) se ha convertido en un frío (la iluminación no es cálida como en la tarde) y estancado interrogatorio.  Triunfa, pero se evidencia como un programa débil si tiene competencia. Y es que el éxito del Deluxe, en los últimos años, ha ido unido a que en los viernes no ha existido competencia de programas de entretenimiento que dieran en la diana de un formato bien definido.

El Deluxe se está convirtiendo en un intenso Dónde estás corazón, pero la esencia de Sálvame no es esa. El programa debe aprender más del surrealismo de su versión original, Sálvame Diario. Un formato más dinámico, más acogedor y donde no hay barreras entre colaboradores e invitados. Todos están a un mismo nivel, y todos también se ríen de sí mismos. O lo intentan. En el Deluxe, últimamente, se están tomando demasiado en serio.

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6 imitaciones imprescindibles de Yolanda Ramos: de Leticia Sabater a María José Cantudo (VÍDEOS)

1:02 - Autor:

Yolanda Ramos es de esas cómicas que logran que parezca fácil lo complicado.  Su instinto del espectáculo transforma el caos de su incontrolable espontaneidad en un sketch redondo. Lo consigue sin miedo a las susceptibilidades de la era de lo políticamente correcto, pues en eso también consiste el humor: en pillar y amplificar los detalles más maquiavélicos de la personalidad de cada personaje.

Con cariño pero, al mismo tiempo, sin remilgos, el desenfrenado humor de Yolanda Ramos triunfa ahora en Tu cara me suena, aunque antes ya había brillado en formatos como Homo Zapping o la versión española de Saturday Night Live en Cuatro gracias a desternillantes (y algo malvadadas) imitaciones como estas:

1. Yolanda Ramos sintiéndose en cuerpo -y alma- a Leticia Sabater

2. Yolanda Ramos destrozando el plató de ‘Tu cara me suena’ a lo Pippi

3. Yolanda Ramos haciéndose un Belén Esteban

4. Yolanda Ramos precursora del reality de Las Campos

5. Yolanda Ramos versionando a una malvada Norma Duval

6. Yolanda Ramos mutándose en la más delirante María José Cantudo (con ataque de risa incluido)

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TVE cumple 60 años, ¿y ahora qué?

28 Octubre 2016 - 9:29 - Autor:

Así ha amanecido, este 28 de octubre de 2016, el edificio del madrileño Paseo de la Habana en el que nació la televisión en España. Hoy hace exactamente 60 años. En 1956, unos banderines asomaban en sus ventanales para recibir al Ministro de Información y Turismo, Gabriel Arias Salgado, quien fue responsable de arrancar aquella primeriza cadena estatal. Lo hizo con un discurso que repitió hasta tres veces, pues los novatos cámaras no lograban filmarlo bien. Franco no quiso acudir a la inauguración porque no confiaba mucho en este invento. Todo un visionario.

Ahora, ese primer plató de la televisión en España está cerrado, vacío, sin rastro de aquella rudimentaria televisión que cobijó. Sólo se intuye, en su fachada, la marca que dejaron los letreros luminosos de las contundentes iniciales del antiguo logo de RTVE, que sobreviven con fuerza al paso del tiempo.

Aquel 28 de octubre de 1956 sólo había 600 televisores en nuestro país. El parto de la primera cadena, con una emisión con misa y un popurrí de bailes, fue sigiloso. Pocos sabían lo que era la tele y nadie intuía lo que llegaría a ser. Sin embargo, nacía un electrodoméstico mágico que iba a suponer una gran oportunidad para el desarrollo de España. Un país que hasta entonces sólo había visto el mundo en movimiento a través de la artificiosa propaganda del noticiario No-Do, pomposo y rimbombante altavoz de la dictadura.

Pero la televisión, con la energía del directo, venía cargada de fisuras para esquivar la censura y retratar una pluralidad de miradas a la que no había tenido acceso la sociedad de entonces. La tele llegaba para modernizar el país, casi sin que el país se diera cuenta. Así, TVE se convertía en una plataforma para los creadores, para la cultura y para despertar la curiosidad del público a través de un universo antes inaccesible.

Rápidamente y a pesar de la dictadura, la televisión pública se consolidó, sin saberlo, como un transparente espejo de lo que éramos, de lo que somos. Lo ha sido siempre: reflejando en sus contenidos la esencia de cada instante vital del país.

En estos 60 años, la programación de TVE siempre ha representado el momento exacto de esta España viva y esta España muerta, como cantaba Cecilia. Cuando la ciudadanía empezaba a sentir la libertad; cuando el premio más soñado en el Un, dos, tres era una cocina equipada; cuando poníamos el pie en la puerta de La Cabina para que no se cerrara y nos pasara como a José Luis López Vázquez; cuando nos sonrojábamos con el destape y los rombos; cuando íbamos de paseo en un auto feo pero no nos importaba porque llevábamos torta; cuando movíamos el esqueleto con la edad de oro de la música; cuando fumar en el plató daba caché; cuando la bonanza económica permitía maratonianas galas de fin de año; cuando no había miedo a la transgresión y cuando había miedo a la transgresión. Cuando tantas cosas.

Da la sensación de que el gran problema de la TVE de estos últimos cinco años, en los que ha perdido su liderazgo de audiencia, radica en que su política de programación ha propiciado una imagen en la que, por primera vez en décadas, el espectador no se ve reflejado ni representado. Pero, probablemente, esta identidad (o falta de identidad) de TVE ahora también define el momento en el que se encuentra nuestra incierta sociedad en 2016, con un claro empobrecimiento de la cultura propia, cada vez menos accesible para el gran público. Una sociedad en la que a menudo se confunde la palabra gasto con el concepto de inversión. Una sociedad que tiende al conservadurismo de la corrección política extrema.

Y, por eso mismo, es tan importante preservar y recuperar la esencia de TVE. Porque España será mejor con una televisión pública que tenga la intuición necesaria para agitar nuestra sociedad con producción propia diferente, arriesgada, creativa y valiente. Ahí está su porvenir, y el nuestro. Y no debería ser tan complicado: la creatividad y la valentía se encuentran en el ADN mismo de los 60 años de historia de TVE, por más que ahora cueste creerlo.

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Lo bueno (y lo malo) de que las series empiecen y terminen tan tarde en España

27 Octubre 2016 - 8:55 - Autor:

No es ninguna novedad. La hora de comienzo del prime time español se retrasa con astucia por parte de los programadores de los grandes grupos mediáticos, que obligan a su público fiel a trasnochar.

Una táctica que es buena, muy buena, para la rentabilidad de las cadenas de televisión, ya que, de esta forma, se consigue estirar el prime time y “llenar” el late night con el mismo producto.

Con esta medida se abarata costes y, además, se logra subir la media de cuota de pantalla del formato en cuestión, pues se alarga la emisión del programa o la serie en tramos de programación más trasnochadores, en los que existe menos competencia. De ahí que, en la última semana, por ejemplo, Gran Hermano retrasara tanto la expulsión de sus nominados. Había que arañar unas décimas más y esperar a que terminara el capítulo de Águila Roja en La 1, que esta noche vive su desenlace (foto de arriba) tras nueve temporadas en La 1.

Como consecuencia, parece que el programa o serie cosecha más éxito del que en realidad tiene, pues su media de cuota de pantalla sube al no existir grandes rivales al filo de la una de la madrugada en el resto de canales.

Otra ventaja para las cadenas del largo prime time español está en que pueden incorporar un corte de publicidad extra que venden como horario de máxima audiencia. Aunque, en realidad, se produzca pasadas las 11:45 de la noche, cuando la mayoría del público ya duerme.

Y ahí está la contraindicación de estirar tanto el prime time: la audiencia ha dejado de contarse por número de espectadores para sólo mirar un frío porcentaje de cuota de pantalla. Pero son espectadores, con nombre propio, los que se van desenganchando de las historias que narran los programas y las series porque se quedan dormidos antes de que acaben.

El público pierde interés de los programas con mayor carga de desarrollo dramático. El público generalista, ese que obsesiona tanto a las grandes cadenas, pierde el hilo de la historia de la serie o incluso del reality, pues existe una parte importantes de los televidentes que se queda dormido antes del final y luego tiene más dificultades para reengancharse.

La duración de los formatos se alarga forzadamente, el contenido se hace más hueso -porque hay que meter cierta paja para llenar todos los minutos hasta perder cierta coherencia en las tramas- y existe una parte de los espectadores que desconectan. Y no vuelven. La cadena de televisión gana unas décimas para vender más y mejor publicidad pero, al mismo tiempo, la cadena de televisión cuenta con más dificultad para asentar una buena serie en la parrilla. Porque, en un buen programa de televisión, tan importante como ver el principio es llegar hasta el desenlace final.

@borjateran

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Adiós a Espinete, víctima del amianto

26 Octubre 2016 - 0:00 - Autor:

Espinete llegó de casualidad. Tras el irregular éxito de la Gallina Caponata, TVE decidió dar un impulso a su Barrio Sésamo con un protagonista más empático. Dicho y hecho: la dirección de la cadena acudió al creador de los teleñecos, Kermit Love, para que diseñara un águila, pues era un ave muy española.

Pero Kermit estaba saturado de trabajo y persuadió a los de TVE con un personaje rosa que había imaginado para el Barrio Sésamo de Israel. Así apareció Espinete en nuestras vidas. El puercoespín nos marcó por sus ingenuas aventuras, por sus didácticas canciones y porque era tan travieso como nosotros.

En total, fueron 146 episodios, emitidos entre 1983 y 1988, con innumerables repeticiones. Han pasado ya 28 años desde que la actriz Chelo Vivares se quitara el traje y Espinete fuera guardado en un baúl en Prado del Rey. En estas tres décadas, Espi sólo se ha escapado del almacén gracias a algunas apariciones estelares en especiales, como la gala de los 50 años de programas infantiles o, poseído por las perversas mentes de La Hora Chanante, en un corrosivo gag del late night frustrado de Pepe Navarro (Ruffus & Navarro) allá por 2006.

Pero… ¿dónde está ahora Espinete? Ahora mismo, el erizo rosa sigue escondido en Prado del Rey. Aunque, a diferencia de su compañero Don Pinpón que se conserva en mejor estado, Espinete se encuentra aislado por la toxicidad de las fibras de amianto que contienen las instalaciones de los viejos estudios de Color de Prado del Rey.

En otro país, Espinete estaría en un museo. Aquí, sin embargo, yace en un edificio contaminado con amianto. Un obsoleto edificio que espera irreversiblemente su demolición.

Nada es para siempre, tampoco Espinete, que difícilmente ya podrá ser rescatado del amianto. Con la más que probable desaparición del disfraz original del erizo rosa, se esfuma uno de los mayores iconos de los ochenta en España.

España no es país de salvaguardar iconos, así que nos tendremos que conformar con nuestros recuerdos o con volver a ver al erizo en vídeos en Youtube y RTVE.ES. Aunque Espinete quizá merecía un destino mejor, a la altura de lo que significó y de toda la diversión que nos regaló.

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La diferencia del Buenafuente de la TV de pago con el Buenafuente de la TV en abierto

25 Octubre 2016 - 1:04 - Autor:

Buenafuente sigue siendo fiel a Buenafuente, ahora desde el canal Cero de Movistar Plus. Su actual programa mantiene la sana costumbre de apostar por una escenografía acogedora, un público entusiasmado y un escritorio de madera de la buena.

Pero, en cambio, en su espacio Late Motiv se da una peculiar circunstancia que es una rara avis en los tiempos que corren: sus invitados parecen más cómodos en este show de la tele de pago que en las cadenas en abierto.

El propio Buenafuente bromeó un día en plena emisión: cuando tenía tiempo en La Sexta y Antena 3, dijo, los invitados se cortaban; ahora, que el programa sólo dura una hora, los invitados se sueltan y no paran de hablar. Razón no le falta. De hecho, juegan, bromean, trastean e incluso dicen verdades sin red. Y nada parece forzarse a presión, surge con imaginación.

Toda una llamada de atención a los operadores en abierto, pues la producción propia de pago de Movistar Plus, a través de Cero, está creando un clima cómplice que se contagia hasta en las celebrities que asisten a los platós de la cadena.

Y por eso mismo Buenafuente es más Buenafuente que nunca y sus invitados son más ellos mismos, a veces demasiado ellos mismos. Tal vez porque no sienten la presión de seducir a los directivos del canal de turno con una gran sonrisa y, al ser posible, con un salto de tirabuzón para conseguir un récord de cuota de pantalla. Igual que Buenafuente, que ya no necesita sobre-recargar el show (y sus entrevistas) de fuegos artificiales con el objetivo de que ningún espectador sienta la tentación del zaping.

La televisión ha infravalorado el poder de la calmada conversación, como si fuera sinónimo de aburrimiento. Al contrario, con química, la charla sin prisa y sin pausa es una experiencia disfrutona. Y eso lo consigue Buenafuente. Lo hacía en abierto y lo hace en pago, aunque ahora el resultado luce más porque nadie está excesivamente pendiente de la susceptibilidad de los audímetros y sí está pendiente de poder llevar a cabo las ideas. Como consecuencia, Andreu Buenafuente propicia un contexto en el que regresa a la tele un público que existe y que siempre estará, ese público al que también le gusta escuchar y dejarse sorprender por la conversación. Aunque esta particularidad parezca en peligro de extinción en la televisión de hoy.

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Lo que no ves de ‘OT, el reencuentro’

24 Octubre 2016 - 0:12 - Autor:

Nuevo domingo de catarsis colectiva gracias a la resurrección de un fenómeno televisivo que marcó a varias generaciones. La segunda parte de OT, el reencuentro ha llegado con Àngel Llàcer como guía y conductor. Tras el primer sofoco matinal de la semana pasada con Noemí Galera al frente y el repaso del repertorio musical, ahora ha llegado la sobremesa con Llácer revolucionando a los dieciséis con su instinto del espectáculo habitual, que sabe reírse de sí mismo y pillar las indirectas que revolotean en el ambiente.

Porque más que un documental, esta serie de especiales de OT, el reencuentro ha inaugurado un nuevo género televisivo: el reality gourmet. Y eso es lo que el espectador no ve, ni lo tiene que ver. Ni se percata.

El programa, bajo la dirección maestra de Nia Sanjuán y la realización consciente de su tiempo de Taida Martínez, ha sabido diseñar una planificación de cámaras compleja que, sin embargo, es tan sutil que el espectador ni se da cuenta de ella. Una planificación diseñada con brillantez para que la audiencia no se pierda nada de lo importante, pero también para que la audiencia viva una experiencia plagada de detalles.

OT, el reencuentro se podía haber quedado en una reunión facilona de concursantes, rescatando varias canciones de las galas, un puñado de anécdotas de la academia y algún que otro trapo sucio. Pero el equipo ha sabido crear un lúcido formato dividido en tres partes del día, cada una con su propia personalidad: mañana, sobremesa y, la guinda, en un cine nocturno al aire libre con Nina (que veremos la próxima semana).

Si juntar a los dieciséis parecía misión imposible, también se antojaba más que complicado hacer justicia a este reencuentro con un tiempo de grabación tan limitado (una sola jornada). Y sin duda lo están consiguiendo con creces. En la forma y en el fondo de estos documentales, tan elegantes y luminosos en lo visual y tan reconfortantes en esencia, incluso terapéuticos, para esos dieciséis concursantes y también para nosotros. Porque, aunque no seamos cantantes, es muy fácil reconocerse en ellos.

OT, el reencuentro hace una radiografía del tiempo, del éxito y del fracaso, de la amistad, de los sueños, de las frustraciones, del paso de la juventud a la madurez. Todo en el mismo saco. Nos cuenta la historia de los últimos quince años de los triunfitos de la primera edición y lo hace con infinidad de matices, con lenguaje verbal y no verbal, con conversaciones en primer plano y comentarios en segundo plano. “Cortad, cortad”, se escuchó decir a Chenoa cuando Rosa se emocionó al ver su abrazo con Bisbal. Una experiencia que permite más de un visionado, porque en segundos y terceros vistazos siempre descubres un nuevo detalle, una nueva frase, una nueva mirada de uno a otro. 

Magnífica la labor de Llàcer como psicólogo que conoce muy bien a esos concursantes. Esta segunda entrega nos ha regalado momentazos (el más comentado, claro, ¡Bisbal abrazando a Chenoa provocando que Rosa llore!) e instantes en los que todos se han confesado con una sinceridad abrumadora, casi incómoda de escuchar. Son supervivientes, cada uno a su manera, de un fenómenos que habría sobrepasado a cualquiera.

Y por la buena cocción de estos ingredientes OT, el reencuentro también está siendo un éxito tan grande, recuperando buena parte de lo que hizo de Operación Triunfo 1 un éxito tan colosal: transmite verdad. Los dieciséis concursantes salen reforzados de este reencuentro, más humanizados (también Bisbal, mucho más integrado en esta sobremesa), más empáticos, más tangibles y cercanos que nunca. Porque en el fondo, lo que están llevando a cabo TVE y la productora Gestmusic con OT, el reencuentro es un enorme canto de amor al formato y a esos chicos y chicas a los que, para bien y para mal, cambiaron la vida para siempre.

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Jordi Évole y el detalle crucial que no permite siempre la televisión

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Grabar mucho para luego seleccionar lo mejor. Esta es una táctica habitual de la televisión, que ya no siempre es viable por la premura que caracteriza cualquier grabación de programas en la actualidad, ya sean de entretenimiento o informativos.

Unas prisas que lo impregnan todo, incluso en las entrevistas a protagonistas de espacios documentales o de reportajes, donde no hay tiempo para la conversación y se imponen técnicas en los que, en muchas ocasiones, el entrevistado tiene el cuestionario de preguntas de antemano. Así puede preparar la entrevista con respuestas que, de alguna manera, ya tiene pensadas. Así se intenta que se traiga aprendido lo que debe responder para conseguir concreción y fluidez en las explicaciones. Así, en definitiva, se pretende lograr sólo la declaración que se necesita para ensamblar el vídeo en cuestión.

Pero los entrevistados no suelen ser actores, expertos en arte dramático, que sepan reproducir como papagayos la declaración que se anda buscando para el reportaje, la noticia o el programa de turno. Por tanto y como consecuencia, surgen entrevistas poco auténticas y, lo que es peor, superficiales, donde se desecha la oportunidad de tirar del hilo para profundizar en aquellas cuestiones que sobre la marcha se ven más relevantes y que surgen en una conversación natural, evitando quedarte sólo con aquello que ya esperas anticipadamente del experto o protagonista de la noticia.

Y el reconocimiento de Jordi Évole, como de otros tantos trabajadores de la televisión, se inscribe justo en lo contrario a esta práctica en expansión, pues Salvados mantiene una de las esencias del periodismo, esa esencia que no se puede olvidar: la entrevista que se construye en base a la insaciable curiosidad de un periodista hacia la persona que tiene enfrente. Con tiempo para preguntar, con tiempo para repreguntar, con tiempo para contestar y, sobre todo, con tiempo para escuchar.

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Borja Terán, editor


“Soy licenciado en periodismo y he trabajado como redactor, como ayudante de realización y también desarrollando contenidos en diferentes soportes (televisión, radio e Internet). Con la mirada siempre puesta en la creación, el estudio de los viejos y nuevos escenarios audiovisuales y el desarrollo de nuevos formatos para contar historias. Porque me temo que en mi partida de nacimiento ya constaba mi curiosidad infinita por los entresijos del mundo mediático.

Esa curiosidad es el cimiento de este blog dedicado a la televisión que nos toca vivir, sin dejar de recordar la del pasado y permitiéndonos soñar con la del futuro.”

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