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El susto de toparse con Cristina Pedroche en el museo de cera

27 febrero 2017 - 22:46 - Autor:

Flo y Dani Martínez han regresado a Cuatro, el canal donde triunfaron con Tonterías las justas. Mismo horario para un nuevo magazine diario de humor que intentará competir con el asentado Zapeando. Pero, claro, los de La Sexta han reaccionado y han contraprogramado el día del estreno de sus rivales con una acción especial con Cristina Pedroche como protagonista.

Si en el anterior lanzamiento vespertino de Cuatro, el frustrado Hazte un Selfi, enviaron a Pedroche a sufrir al caserón del terror del Parque de Atracciones, ahora han dado la vuelta al juego y es la propia Cristina Pedroche la que acoquina al personal. Lo ha hecho camuflándose entre las inmortalizadas celebrities del madrileño Museo de Cera. Como si se tratara de otra encerada estatua más.

Es clavada“, decía alguna que otra visitante al mausoleo de las réplicas humanas. Turistas ingenuos, pues les esperaba un buen susto de Pedroche, que estaba aguantando la respiración lista para atemorizar a sus víctimas.

Sólo basta un pequeño movimiento para provocar el gritito del visitante de turno. Y el contexto del Museo de Cera ha ayudado en el reto de la colaboradora de Zapeando, ya que sus instalaciones dan mucho miedo.

Una broma de cámara oculta que pone en evidencia la energía positiva que contagia Cristina Pedroche cuando es la protagonista de una buena idea de guion. La personalidad de la presentadora incorpora un intenso magnetismo a la trama. Es más, su sonrisa cómplice con los turistas en el Museo traspasa la pantalla. De ahí el éxito de Pedroche en televisión: sigue siendo esa chica de barrio. Ha triunfado, pero mantiene su esencia callejera en situaciones como éstas.

> Puedes ver la broma de cámara oculta aquí

@borjateran

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7:03 - Autor:

Los Oscar, como cualquier gala de premios, es una emisión tediosa. Demasiados premiados con sus respectivos agradecimientos a familiares y amigos. Pero los responsables de la Academia han entendido que su sarao no deja de ser un show de televisión y acuden a profesionales del medio catódico para que la gala no caiga en la trampa endogámica. Así, este año, Jimmy Kimmel se ha convertido en el maestro de ceremonias, siguiendo la estela de las brillantes ceremonias comandadas por Ellen DeGeneres.

De nuevo, el acierto de los Oscars ha estado en que han centrado el protagonismo del show en el patio de butacas. Las celebrities de Hollywood son las principales protagonistas y el programa las aprovecha constantemente. El espectador quiere ver sus reacciones, el guion de la gala exprime a las estrellas del séptimo arte y la realización está al quite para enfocar bien los caretos que ponen.

Si con Ellen DeGeneres se pidió una pizza a un restaurante cercano -con la correspondiente aparición estelar en el teatro del repartidor-, en esta edición se ha dado una vuelta de tuerca y se ha sorprendido a los viajeros que estaban realizando un tour turistico por Los Ángeles. Al más puro estilo de Sorpresa, sorpresa, los turistas no sabían que les iban a introducir en el auditorio en el que se estaban realizando los Oscar. O eso decía el presentador.

Aunque el atino de este momento a lo Isabel Gemio ha estado en que se ha ido explicando el sketche por partes en varios fragmentos de la gala y, de esta forma, se ha conseguido cebar la aparición de los turistas con el tiempo suficiente para generar expectación en el público.

El espectador se ha quedado para ver el asombro de los turistas. Si bien, no parecían turistas reales. Sus caras no daban la sensación de ciertas y pintaban más a sobreactuación de figurantes a los que les habían dicho que no soltaran el móvil con su palo-selfie. Tal vez para curarse en salud los responsables de la ceremonia puede que realizaran un casting previo. Y el gag no ha resultado creíble del todo.

No obstante, el “secuestro” del bus turístico ha sido una de las grandes propuestas televisivas de la noche. Además, ha estado colocado en el clímax de la ceremonia, casi a la mitad de la emisión. Una emisión que ha arrancado con Justin Timberlake interpretando Can’t Stop the Feeling.

Como también hizo en Eurovisión, el cantante ha aparecido desde fuera del auditorio para levantar a las celebrities que estaban inundando el patio de butacas. Una inteligente estrategia para romper con los encorsetados comienzos de este tipo de ceremonia y dar un empujón festivo al show.

Después, ha bajado una escalera el presentador, Kimmel, y ha realizado el tradicional corrosivo monólogo de inicio. No ha decepcionado por eso mismo, por corrosivo, ingrediente crucial para el éxito de este tipo de programa. No han faltado los dardos a Trump y un homenaje milimétricamente calculado a Meryl Streep, a la que Trump atacó tras los Globo de Oro desde su Twitter, diciendo aquello de que su reputado trabajo estaba sobrevalorado.

Y el teatro Dolby ha aplaudido a Meryl y Meryl, agradecida, se levantó a saludar. Como buena estrella. Hollywood respondía a Trump. La academia de cine había colocado estrategicamente a la actriz en el centro de la primera fila del patio de butacas. También había planificado un tiro de cámara desde el escenario que ha mostrado la ovación con la fuerza que necesitaba el momento de apoyo a Meryl. Todo minuciosamente planificado. La ceremonia terminaba de empezar y ya contagiaba emoción.

Porque en los Oscars saben de la importancia de conjugar la entrega de premios con pinceladas de emoción. Como la inesperada aparición en escena, en su silla de ruedas, de Katherine Johnson, que calculó la trayectoria del vuelo del Apolo 11 a la Luna en 1969 y que su vida ha sido retratada por la película Figuras Ocultas.

Esa mezcla perfecta entre emoción, humor, celebrities y divulgación de cine es la fórmula del éxito de los Oscar. Y en este año la ceremonia ha entendido, de nuevo, la importancia de hilar todo el guion con una evolución coherente, de principio a fin. Incluso justificando las parejas que han entregado determinados premios, como Javier Bardem con Meryl Streep. Un vídeo previo ha explicado el cómo y el dónde empezó a admirar Bardem a Meryl. Después, el espectador ha visto el encuentro entre ambos, en directo, en escena. No sólo han sido presentadores de un premio, el programa ha escrito una historia detrás de esa pareja de ‘entregadores’ de Oscar, dibujando un vínculo sentimental entre los dos. Más emoción.

Y es que en los Oscar se intenta que todo fluya de forma justificada y poco gratuita. ¡Y sin atriles! Porque la escenografía de la celebración del tío Óscar ya hace tiempo que han retirado los atriles del escenario, que solo valían para hacer una barrera entre el público y los asistentes. Ahora simplemente basta un micrófono como referencia para los artistas.

Artistas a los que se ve entrar y salir del escenario. Otro acierto, pues el programa se enriquece con pequeños retazos de imágenes de bambalinas que otorgan un plus a la emisión y, además, contextualizan detalles en el espectador, como el lugar en el que se encuentran custodiadas las estatuillas o la sutil forma de destacar que la música es en directo al mostrar de forma justificada por guion el foso donde está escondida la orquesta.

Porque en televisión son imprescindibles los detalles. Y los Oscar están cargados de detalles sencillos pero, a la vez, que requieren dedicación. De los livianos cambios de puesta en escena para no cansar a la vista del espectador a la iluminación que abraza los fondos de plano de los premiados. Sin olvidar la figura de un presentador que aparece y desaparece sin grandes parafernalias: va al grano. Incluso cuando escribe tuits, en directo, al bueno de Donald Trump, el presidente que no utiliza filtros en la red social y que ha sido el running gag perfecto de los Oscars 2017. Una gala que triunfará en audiencia porque ha primado las ideas cómplices con el espectador (y los propios artistas) a los aspavientos huecos.

Y, al final, como giro dramático, el show ha tenido la guinda del catastrófico error. La mejor película era para La la land. Pero, en realidad, se trataba de un fallo, como si fuera una gala de Miss España cualquiera. El Oscar, de verdad, era para Moonlight.

“La culpa será mía”, dijo Kimmel, que corrió al escenario para salvar la papeleta.  “Sabía que al final la iba a cagar”, remató el presentador, magistral a la hora de intentar quitar hierro al desastre histórico. Giro dramático como inesperado chimpún final de la ceremonia. Sin pretenderlo, la gala conseguía otro ingrediente para el éxito en un show de televisión: la imprevisibilidad.

Conclusión. Para triunfar en una ceremonia de premios, no hace falta mucho más que imaginar travesuras empáticas, una dosis suficiente de emoción y un giro inesperado.  Y aquí el giro final ni los propios guionistas se lo esperaban.

@borjateran

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Todo iba bien en los Oscars de 2017 hasta que llegó el último premio de la noche, la Mejor Película. Warren Beatty y Faye Dunaway salieron a entregar la estatuilla final.

El sobre lo llevaba Warren. En su interior, la cartulina con el nombre del ganador. Aunque, en realidad, la papeleta estaba equivocada y contenía el ya entregado Premio a la Mejor Actriz.

Warren abrió y vio el nombre de Emma Stone. Se quedó mudo. Estaba desconcertado. Sin embargo, su compañera, Dunaway, pensó que sólo estaba interpretando el suspense dramático que merecía el premio más esperado de la gala.

Con cara de duda, Beatty enseñó la cartulina a su mítica compañera Dunaway, que vio el título de La La Land, que acompañaba a Stone. Ella no dudó, lo vio claro y soltó el título de la película musical. Ya no había marcha atrás.

Entonces, el equipo de La La Land subió a por su Oscar. Empezaron los agradecimientos. Muchos y largos agradecimientos. Pero detrás de la multitud emocionada, se intuía un responsable del programa nervioso. También al propio Beatty, que estaba inquieto y quería decir algo a micrófono.

Al final, uno de los productores de la propia La la land, Jordan Horowitz, fue avisado del error y  él mismo corrió al micrófono y lo comunicó.  El público se quedó desconcertado. “No es broma”, añadió. En realidad, había ganado Monnlight. En ese instante, en la sala sonó un descriptivo suspiro generalizado. El asombro de los asistentes traspasó los micrófonos de ambiente.

La causa de este desaguisado histórico está en un fallo de producción de la gala, que traspapeló papeles. Normalmente, en este tipo de ceremonias, existen varias copias de cada premiado por razones de seguridad. Justo para que no se pierde. No obstante, aquí se entregó la papeleta de un Oscar ya entregado, Mejor Actriz, por error a Beatty.

Con la coincidencia de que el nombre que ocultaba el sobre coincidía con una de las películas favoritas de la noche. así era complicado que Warren y Faye salvaran la papeleta. En directo, poco podían hacer y ver el título de La la land despistó a la actriz.

Por suerte, Jimmy Kimmel, con su sentido del humor, rebajó la tensión y otorgó normalidad al error. “Ya sabía yo que al final la iba a cagar”, soltó. Genio y figura. Los norteamericanos también la pifian.

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Borja Terán, editor


“Soy licenciado en periodismo y he trabajado como redactor, como ayudante de realización y también desarrollando contenidos en diferentes soportes (televisión, radio e Internet). Con la mirada siempre puesta en la creación, el estudio de los viejos y nuevos escenarios audiovisuales y el desarrollo de nuevos formatos para contar historias. Porque me temo que en mi partida de nacimiento ya constaba mi curiosidad infinita por los entresijos del mundo mediático.

Esa curiosidad es el cimiento de este blog dedicado a la televisión que nos toca vivir, sin dejar de recordar la del pasado y permitiéndonos soñar con la del futuro.”

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