¡El mal existe, estúpidos! (un respeto para los enfermos mentales)
Ahora resulta que el asesino de Newtown estaba loco. Perdonen que a mis treinta y muchos me indigne por esta nefasta costumbre de “psicologizar” todos -absolutamente todos- los comportamientos humanos. Se ha puesto de moda escrutar el cerebro para entender en todo lo que vemos o hacemos. Parece que el mal no existe. Que es algo extraño a la naturaleza humana. El niño no come pescado “porque tiene un trauma”. Suspendió el examen “porque no pudo soportar la presión”. Mató su esposa “porque su madre le abandonó de pequeño”…
Confundimos los atenuantes o agravantes con las causas últimas, y nos estamos alejando del sentido común. Las depresiones, las esquizofrenias, los autismos y demás enfermedades mentales existen desde que el mundo es mundo y no han provocado, como si de una inevitable consecuencia se tratase, más crímenes que los cometidos por personas perfectamente cuerdas. Diría incluso que bastantes menos.
¿Qué le pasó por la cabeza de Adam Lanza cuando destrozó a balazos los cuerpecillos indefensos de tantos niños? ¿Qué odio visceral se apoderó del cerebro de Anders Breivik cuando recorrió la isla de Utoya en una macabra cacería que costó la vida a 68 jóvenes? ¿Incapacidad para sentir emociones? ¿Carencia afectiva? ¿Autismo social?
Perdónenme todos, pero los locos se merecen un respeto, incluso aquellos que, por culpa de su enfermedad, han segado vidas inocentes. Viene ahora a mi cabeza el caso de una médico sufrió un brote psicótico y acuchilló a una compañera y a un paciente en un hospital de Madrid. ¿Podemos llamar propiamente “asesina” a una persona que mata cuando no tiene control sobre sus facultades mentales? No me extraña, pues, el lógico enfado de las asociaciones de familiares de autistas y de personas con síndrome de Asperger.
Hitler no era un paranoico. No era un loco. Era un malvado elevado a la enésima potencia. No sólo hizo el mal: antes lo meditó, lo planificó, lo ordenó y lo supervisó. El mal, del que Hitler representó una perfecta personificación, no fue locura, no fue enfermedad. Fue una decisión libre. Fue la encarnación del mal, que es definido por el diccionario como “lo contrario al bien, lo que se aparta de lo lícito y honesto”.
Resulta curioso que para explicar el mal tengamos que echar mano de su contrario, el bien. Un filósofo diría que el bien “es” y el mal “no es”. Yo, que tengo poco de filósofo, me entran ganas de gritar, a los que se retuercen las meninges intentando entender la matanza de Newtown: “¡es el mal, estúpidos! No le busquéis tres pies al gato: el mal existe”.
Y el Bien, con mayúscula, también existe. Eso nos da vida: el Bien que encarnó la maestra que trató de distraer al asesino, y lo pagó con su vida, o la que murió abrazando a sus alumnos, en un último e inútil intento de protegerlos con su cuerpo. Nunca se ha comprobado de manera tan fehaciente la existencia de dos principios morales, el Bien y el Mal.
Quizá debamos reconocer que el mal es un misterio cuya comprensión absoluta escapa a la inteligencia humana. Tampoco nosotros, los cuerdos, somos inmunes a él. Todos podemos encontrar algún motivo para hacer el mal: la crisis, los recortes, el jefe, la mujer, el marido, la suegra, el fútbol… Por eso concluyo que no necesitamos locuras para cometer brutalidades ni explicaciones pendejas para entender las que otros perpetran.
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Juan Bosco Martín Algarra
2 Comentarios
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Tiene usted razón, seguramente no hay una serie de circunstancias personales y psicológicas que expliquen por qué un joven mata a 26 personas. Seguramente sea el mal. O quizá fue poseído por el diablo. O puede que sea una señal del fin del mundo. O una estupidez por el estilo.
Comentario Publicado por: Marcos | 17 diciembre, 2012 - 20:08
bueno mi comentaqrio es que el sujeto que sale en la foto se parace a zeta soujiro un asesino sin emociones paloma paloma que homecidazo mas perfecto
Comentario Publicado por: foncho el de la granada | 19 diciembre, 2012 - 4:14