Arriesgando la vida
Culés y leones desoímos ayer, una vez más, a la autoridad competente. Poniendo en grave riesgo nuestras vidas nos atrevimos a tomarnos cervezas codo con codo con aficionados del equipo rival, a charlar de fútbol y a hacernos fotos con ellos. A pesar del riesgo evidente, hasta salimos sonrientes en las fotos.
Puestos a caminar por el filo de la navaja, nos atrevimos incluso a invadirnos mútuamente las zonas delimitadas para unos y otros. Vascos y catalanes confraternizamos antes, durante y después del partido de alto riesgo. Y con muy pocas bajas, aparentemente.
Al final, la pitada quedó eclipsada por un partido que más bien pareció un encuentro festivo a medio camino entre el Aberri Eguna y la Diada nacional. Si no fuera por el alto riesgo que entrañan, deberíamos realizar encuentros de hermandad de este tipo cada año, sin necesidad de finales coperas de por medio. Ya nos buscaríamos una ciudad donde no molestemos, donde las autoridades no nos reciban con tanta agresividad.
Aunque hay que decir que el pueblo de Madrid, como siempre, ha demostrado ser mucho mejor que sus representantes electos. Salvo los trogloditas que se manifestaron en el centro con el lema “una bandera” (la suya, claro), el resto de madrileños convivieron con los festivos visitantes en perfecta armonía.
Si todos los partidos de alto riesgo fuesen como este, los policías deberían reconvertirse en animadores turísticos o croupiers de Eurovegas. Y si todas las soluciones de Doña Esperanza son como la de prohibir partidos de “alto riesgo” como este, a Madrid le espera un futuro más bien tenebroso. Dedíquese a evitar que se le dispare el déficit, presidenta, que los ciudadanos seguiremos practicando actividades altamente arriesgadas.
En twitter: @carlestorras







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