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Un negro entre blancos

9 abril 2012 - 12:11 - Autor:

En el modesto bar O Miño de Madrid presiden la estancia una bandera de Galicia cuyo fondo blanco ya es color crema y fotos históricas del Celta de Vigo cuyo azul celeste de la camiseta ya es también crema. La parroquia es mayoritariamente merengue y muy variopinta: un sudamericano silencioso enfundado -literalmente, porque le queda muy pequeña- en una camiseta del Real Madrid, el dueño de la tienda de ultramarinos de la esquina, un matrimonio de jubilados, y un grupo de amigos de mediana edad que exteriorizan con abundancia de “ays” y de “uys” su desespero por las ocasiones falladas.

Cuando entra en el bar Serguei, negro cubano y conocido vecino del barrio, se produce un denso silencio, hasta que uno de los clientes le espeta: “¡mucho culé hay por aquí!”. Serguei es del Barça, porque puestos a no pasar desapercibido mejor dar la nota por partida doble. Y su presencia ya es motivo de inquietud para los merengues del bar: manifiestamente, no les trae buena suerte. Nos ofrecen con falsa cortesía ir al salón, que está vacío, para ver el partido por la otra tele: “allí estaréis más tranquilos”, sugieren. Pero Serguei sabe que lo que quieren es perderle de vista, que su presencia les incomoda porque es un doloroso recordatorio de su menguante ventaja en la cabeza de la clasificación. Serguei responde con convicción: “no, aquí estamos bien”, y añade en voz baja, sonriente: “en el salón no os podré ver bien las caras”.

A pesar de la estrecha vigilancia de Serguei, la clientela del O’Miño empieza jaleando al equipo blanco en su habitual asedio inicial de diez minutos. Pero muy pronto el Valencia consigue adormecer el partido e incluso fuerza alguna ocasión de gol, recibida en el bar con silencio consternado y manos a la cabeza. Los del grupo de mediana edad, que habían empezado muy animosos con gritos de “¡Hala Madrid!” van perdiendo decibelios y fuelle en idéntica proporción. Cuando salen a fumar lo hacen con la mosca detrás de la oreja porque, desde la calle, estiran el cuello para no perderse ni un segundo del partido. Hay algo que no marcha. A medida que pasan los minutos, los clientes van lanzando miradas furtivas a Serguei, que cada vez está más radiante. Pienso que suerte tiene de ser un tío simpático, que cae bien a todos, porque si no ya habrían ejecutado hace rato lo de “reservado el derecho de admisión”.

En la segunda parte del partido crece la tensión sobre el césped del Bernabéu y sobre el terrazo del bar O’Miño. La animación festiva deja paulatinamente paso a los tics nerviosos de pierna, a los comentarios a media voz, a los insultos al árbitro, a las demostraciones de disgusto y disconformidad con el juego desplegado por el equipo rival, primero, y por el propio, después. Algún jugador blanco recibe matizadas críticas del respetable. No así Pepe, que motiva una ovación entre la clientela del O’Miño por la enrabietada patada a su compañero Arbeloa al confundirlo con un valencianista: “¡Pepe es único!”, dice uno del bar. Por suerte, pienso yo, porque unos cuantos como él dejan a los antisistema de Barcelona a la altura de alumnos de preescolar.

La desconcertante reacción de Pepe merece comentario aparte. Desconozco si en el Real Madrid trabaja algún psicólogo, pero si no deberían ficharlo de inmediato. Cualquier observador neutral es capaz de detectar la deriva esquizoide del portugués, que en esta ocasión se revuelve contra un compañero de equipo que se acercó para levantarle al detectar que estaba haciendo teatro. Pero no una comedia ligera, sino una auténtica tragedia griega al estilo Nuria Espert. El episodio no mereció ni comentario de Karanka en la rueda de prensa posterior ni, peor aún, pregunta de ningún periodista. De los mismos periodistas que señalaron enfurecidos en su día a Alves y a Busquets por ser amantes, supuestamente, de la interpretación dramática. Una incongruencia más de mis amables compañeros de la capital.

En el lado positivo, hay que decir que la entrega de los futbolistas del Madrid fue irreprochable. Ello me hizo pensar para mis adentros que nunca como en este partido ha quedado tan claro que el alto nivel de los futbolistas no consigue siempre enmascarar la falta de recursos tácticos del entrenador y lo previsible de su sistema de juego. El ahogo del centro del campo merengue partió al equipo, y el luso no fue capaz una vez más de reaccionar ante este problema. Lo del Valencia fue un curso acelerado de cómo hay que desactivar al equipo de Mourinho, y probablemente el Bayern de Munich haya tomado buena nota de ello.

A medida que se acerca el final del partido, las caras se estiran. El señor jubilado ha dicho tres veces “hoy lo veo negro”, y el dueño de la tienda de ultramarinos se ha cansado de proferir su poco efectivo “¡vamos, vamos!” y sentencia ahora: “hoy es imposible, con tanto palo, tanto fallo y tanto árbitro”. Un manto de pesimismo se cierne sobre la parroquia blanca, que acata como una sentencia inapelable el pitido final. Cuando Serguei aplaude, el camarero, desde el fondo del local, le suelta: “alégrate y da las gracias, porque esta Liga os la están regalando”. Más tarde el camarero, a su manera, le pide disculpas y queda todo arreglado para que, el próximo día, Serguei pueda acudir al O’Miño a apoyar al Atlético con su efecto gafe al Real Madrid.

En twitter: @carlestorras

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