Pepe, el primer troglodita que pisó césped
Lástima que el juez Baltasar Garzón, azote de malhechores y forajidos, está ahora fuera de combate dando explicaciones al Tribunal Supremo, porque sería el único capaz de parar a ese ser que es un compendio de todo lo que no debe de ser un deportista: el homínido Pepe. Pisar alevosamente la mano del mejor jugador del mundo es una de esas acciones que pasan a la posteridad en la galería de los horrores, junto con el dedazo de Mou o el patadón sin balón del propio gorila Pepe a la espalda de un compañero tumbado en el suelo. Enhorabuena al mandril Pepe, ya ha protagonizado dos estampas de la crónica negra del fútbol.
Cuando Guardiola dijo aquello de que había que tener cuidado con las palabras y los gestos -y los dedos- de los entrenadores, porque “acabaremos haciéndonos daño” se refería justamente a acciones como la del orangután Pepe. Esa es la senda que siguen los jugadores madridistas, corriendo en la dirección que les señala el dedo de Mou, como proclamaba la famosa pancartita del Bernabéu.
Los últimos minutos del partido fueron la demostración más palmaria de la impotencia y la rabia en su peor presentación, cuando se combinan con la violencia y la brutalidad. Las patadas a Messi, Alexis y Sergio Busquets por parte del Neanderthal Pepe, de Xabi Alonso y de Sergio Ramos fueron como el asalto de una banda callejera en el peor barrio del extrarradio. Y la plasmación en hechos de la teoría mourinhista del fútbol: repliégate, busca contras, y si te atacan defiéndete a hostias. No sé la historia del fútbol qué lugar deparará al portugués. La historia del crimen seguramente sí le hará justicia reservándole un lugar privilegiado.
Al final del encuentro, en la entrevista que le hizo Canal Plus, Emilio Butragueño intentó ser caballeroso reconociendo y alabando el gran juego azulgrana. Pero al final le preguntaron por el pisotón del australopitecus Pepe y echó su esfuerzo de magnanimidad por los suelos disculpándole: “hay que entender la presión y la pasión con la que viven los jugadores en el campo”. Pues no, Emilio, no. Los crímenes pasionales los castiga la justicia con la cárcel.
Que alguien ponga cordura en todo esto porque está claro que en el club de la Castellana todo el mundo ha perdido la brújula y caminan peligrosamente hacia la oscuridad del pleistoceno.
Solamente me queda ya pedir disculpas a orangutanes, mandriles y gorilas por haberlos puesto a la misma altura de un infraser.
En twitter: @carlestorras

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