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Los pisos no bajan de precio: ¿es que piensan?

18 enero 2010 - 7:00 - Autor:

Cada ve lo entiendo menos. La crisis está dejando un rastro mayor de parados, aumentan los impagados, sube la tasa de morosidad, quiebran pymes y autónomos… Sin embargo, los pisos no acaban de bajar de precio. ¿Es que piensan?

Estuve la semana pasada en un desauyuno con Pedro Pérez, presidente del G14, un nido de grandes empresas inmobiliarias españolas. Afirmó que los pisos han bajado de precio entre un 14 y un 20%en los últimos años. Algunas promociones un 50% (muy pocas, hay que ser franco) , y parece que no van a bajar mucho más pues el dijo que ese ajuste ya es suficiente.

¿No van a bajar¿ ¿Quién lo dice? Las inmobiliarias.

Eso es lo sospechoso. Si una inmobiliaria nos dijera que los pisos bajarán aún más, sabe que entonces esperaríamos a que lo hicieran. Por eso, las firmas inmobiliarias nunca dicen la verdad. Cuando el mercado se empezó a derrumbar en 2007, las inmobiliarias dijeron “aterrizaje suave”

Cuando Martinsa-Fadesa suspendió pagos, en julio de 2008, dijeron que era un caso aislado. De eso nada.

Y ahora que el mercado está en estado catatónico porque se venden no más de 150.000 viviendas al año, dicen que no puede bajar más de precio. Pueden. Ya lo creo.

Le pregunté a Pérez cómo era posible que un pisito en un pueblo de La Rioja costase más que un caserón en Dallas, EEUU, y me dijo que este pisito está hecho de ladrillo, y el caserón americano, de cartón piedra. Tiene razón. Lo que pasa es que se me olvidó repreguntarle si pensaba responderme lo mismo de Berlín pues en la capital alemana, los pisos son más baratos  que en Madrid o Barcelona, y allí no son de cartón piedra.

No. Los pisos siguen estando caros porque los propietarios se resisten a bajar el precio y perder dinero. Los especuladores. Da igual que las casas en EEUU sean de cartón piedra porque allí se han visto rebajas del 70%. El mercado prefiere vender con pérdidas a no vender, pues confían en recuperarse. De hecho, según las estadísticas, se está recuperando el mercado inmobiliario americano.

Tenemos, dijo Pérez, unas 800.000 viviendas sin vender. Pero quizá a fines de este año empiece a bajar esa cifra, signo de la recuperación, aunque no un signo muy entusiasta porque será muy débil.

Cosa curiosa: como saben, en julio entra en vigor el nuevo IVA. Los pisos pasarán de pagar un 16 a un 18%. Y en 2011 desaparece la deducción fiscal por compra de vivienda. Por eso, según Pérez, quizá veamos compras a fin de año que aprovechen el momento antes de la desaparición de la ayuda fiscal. Ojalá. Pero por favor, no suban los precios.

Hagan sus apuestas en la Bolsa del terror

15 enero 2010 - 7:00 - Autor:

Si usted está seguro de que Osama bin Laden será capturado antes del 31 de marzo próximo, no deje pasar la oportunidad y apueste: puede ganar algo de dinero. Es una de las muchas apuestas que se pueden hacer en intrade.com, una web que no tiene prejuicios a la hora de jugarse el dinero, aunque sea en una guerra.

Podrá seguir las cotizaciones día a día. Hay apuestas más conservadoras, como que será capturado antes del 30 de junio y otra, antes del 30 de septiembre.

Si usted pincha en el nombre del terrorista más buscado del mundo verá cómo se cotiza su captura. Con gráfico, volumen, última cotización, en fin, se puede decir que Osama bin Laden es un valor para algunos. Lástima que el terrorista no conozca aquello de “dar valor al accionista” porque seguro que se dejaría atrapar.

Puede apostar a quién será el presidente de Estados Unidos en las próximas legislativas de 2012, o incluso si alguno de los países que integra el euro se dará de baja antes del 31 de diciembre de 2010. Ojo, cuando se da una fecha límite, sea Osama o el euro, se refiere al último segundo de ese día medido en el llamado Eastern Time, la hora oficial en la costa este de EEUU.

Y cosas más arriesgadas y peregrinas como a que nevará sobre el Central Park de Nueva York y que la capa de nieve sobrepasará las 35 pulgadas entre el 1 de noviembre de 2009 y el 30 de abril de este año. También puede apostar a que Sarah Palin será la candidata republicana a la presidencia de EEUU en 2012 o que Estados Unidos liberará este año al último prisionero de Guantánamo. Ideal para ludópatas.

La economía en cómic

14 enero 2010 - 9:54 - Autor:

¿Se puede explicar la Economía y la Bolsa en imágenes?

El profesor de economía José Sande, y el dibujante Juan Carlos Calvo, se unieron para perfeccionar esta idea. El resultado han sido unos cuadernos donde se aprenden las leyes de la economía gracias a un guión muy trabajado y unas ilustraciones hermosas. Se llama “Economía en media hora” y “La Bolsa en media hora”. Son cómics de menos de 50 páginas que explican por medio de personajes, situaciones y diagramas los secretos de la ciencia económicas. No ha sido tarea fácil.

Un tebeo para entender la bolsa

Un tebeo para entender la bolsa

Desde hace muchos años, he tratado de hacer algo parecido sólo con las palabras y ha sido una tarea fatigosa. No es de extrañar que incluso los informativos de televisión fracasen cuando les toca poner imágenes para explicar la inflación, el PIB o la Bolsa, pues ¿cuál es la foto de la inflación? ¿Alguien ha visto correr a PIB con dos patas? ¿Es el Ibex un coche de carreras?

José Sande nació en Coruña en 1974 y es profesor de Economía en IES y consultor de la Universidad Oberta de Catalunya. Tiene una web llamada compartiendo conocimiento donde aporta más libros, resúmenes y test para ayudar a comprender y practicar la economía a los estudiantes de bachillerato. Además tiene un blog con el mismo nombre, que aporta comentarios curiosos y valiosos sobre el universo económico. Uno de los últimos post que leí hablaba del señor Nielsen, famoso por sus encuestas a consumdores, pero sobre todo, por inventar el término “cuota de mercado”.

Carlos Calvo, nacido en Barcelona en 1977, es guionista, dibujante e ilustrador. Ha trabajado en Alemania y es quien pone el acento imaginario a las ideas de Sande. Tiene un simpático blog llamado El Blog de Carlitos, donde ofrece consejos sencillos a las personas que, como yo,  algún día querrían dibujar.

Entre los dos han hecho un trabajo de incalculable valor para despertar el interés de los jóvenes por la economía.  Recuerden lo que sucedió hace unos años, cuando un estudio patrocinado por el Círculo de Empresarios sobre los libros de texto de economía de bachillerato, llegó a la conclusión de que en casi todos los contenidos, la figura del empresario era casi como la del diablo.

La economía no quema.

¿Cuándo fue el milagro español? He aquí la prueba

13 enero 2010 - 7:00 - Autor:

Sorprendidos nos quedamos al escuchar al presidente del gobierno español decir el viernes pasado que el milagro español lleva ya 30 años. Una periodista le había preguntado cómo se sentía al saber que España asume la presidencia de la UE en medio de críticas, pues los medios europeos se burlan de que nuestro país no está precisamente para encabezar ninguna mejoría económica porque las cosas nos van mal.

Y el presidente, enfadado con la mensajera de noticias, dijo que no se podía dudar de la eficacia española y que el país lleva 30 años viviendo un milagro.

Mmm… Eso me hizo recordar algo. En 1987, la revista Actualidad Económica se acercaba a su número 1.500. El director, José María García Hoz, nos pidió a los redactores que elaborásemos reportajes especiales para conmemorar ese número y a mí me tocó uno sobre los productos que caracterizaron esos años. Un producto por año, desde el Seat 600 hasta el microondas de Moulinex, más o menos.

Pero se me ocurrió añadir algo curioso: para comprobar cómo había cambiado la revista en esos años, es decir desde 1958 hasta 1987, reproduciríamos una portada por año. Las primeras eran lastimosas porque parecía un boletín oficial. A medida que pasaban los años, las portadas se hacían más coloristas y atrevidas, con titulares más modernos y fotos más claras.

Para ello me tuve que ver todas las portadas. Más o menos 50 por año, lo cual daban cientos de portadas. Cuando estaba mirando las portadas de 1969 me quedé de piedra. Una de ellas, la del número 580 correspondiente al 16 de abril, decía que España ya era la octava potencia mundial y lo demostraba con cifras oficiales Portada AE.

¿Octava? De modo que nos habíamos convertido en octava potencia mundial en 1968, pues la portada recogía los datos que se hicieron oficiales en 1969. Desde tiempos de Felipe II no se recordaba algo parecido. El fruto de los planes de Estabilización de finales de los cincuenta era ese: un milagro.

Precisamente, esa era la palabra que escogía Francisco Franco para definir lo que había sucedido en España en esa década. “Milagro español“. Lo llamó así copiando el Deutsches Wunderwirschaft, el milagro económico alemán, que había asombrado al mundo años antes, cuando los alemanes reconstruyeron su economía a pesar de la derrota en la Segunda Guerra Mundial.

España, igualmente, había salido de su propia guerra, de la destrucción de los bienes de equipo, del asolamiento económico, con una fuerza que le permitió situarse ya entre las grandes.

Y da la casualidad que de esto hablaron el lunes pasado en la Fundación Rafael del Pino tres economistas que estuvieron en la palestra económica en los cincuenta y sesenta: Juan Velarde, Manuel Varela y Manuel Jesús González. Pero no hablaron de milagro sino que usaron una palabra más contundente: revolución.

Un grupo de economistas egresados de la Facultad de Económicas (creada en 1943) fueron los que entraron en la administración y le dieron un vuelco: ahí estaban Fuentes Quintana, Rojo, Sampedro, Sardá, Estapé, una maravilla cerebral. Además dos ministros que eran como los funcionarios de Felipe II, insobornables: Alberto Ullastres y Mariano Navarro.

Todo eran técnicos, los tecnócratas. Su única ideología era arreglar los entuertos que habían causado las malas decisiones políticas de años anteriores, como subir el salario un 60% a los trabajadores, lo cual trajo una inflación que colapsó el país.

Abrieron el comercio exterior, fijaron un nuevo cambio de la peseta (60 pesetas por dólar), dieron licencias para importar bienes de equipo, y gracias a ello recibieron créditos del exterior. También vino una lluvia de millones de los españoles que tuvieron que emigrar, así como las divisas de los turistas que empezaron a conocer el “Spain is different”.

Tan “different” que salvo Japón, España fue el país de la OCDE que más creció en aquellos años, a un vertiginoso ritmo de más del 7% anual. Se sufrió al principio porque hubo que aplicar una cirugía terrible: control de gastos públicos y control de precios. Se restringió el crédito. Pero pocos meses después de que echara a andar el Plan de Estabilización, un país que era un paquebote se convirtió en un crucero: iba a toda máquina.

De modo que, cuando se empezó a hablar más recientemente de milagro económico, que fue lo que se decía ya en tiempos de Aznar, en realidad se estaba olvidando que años atrás, desde el punto de vista económico, España lo había logrado.

Y ahora, cuando el presidente Zapatero habla de la superpotencia española, del milagro que hemos vivido en los últimos treinta años, de la modernidad, de la Champions League, quizá ignora esta portada que les dejo aquí de la revista Actualidad Económica.

No hay nada como las hemerotecas, ¿eh?

Chávez, el martillo de Venezuela

12 enero 2010 - 7:00 - Autor:

Apenas aterricé en el aeropuerto de Maiquetía en julio del año pasado, tenía tanta hambre que mi hija y yo salimos disparados a una hamburguesería. Pedimos una hamburguesa, unos palitos de queso, una ensalada y dos refrescos. Eso fue todo.

Pagué con tarjeta de crédito y como todo está automatizado, inmediatamente mi banco me envió un sms verificando que esa frugal comida para dos costó casi 80 euros. ¿Ochenta euros? ¿En una hamburguesería? Eso quería decir que nuestro sencillo menú era como comer en un restaurante de cinco tenedores en Madrid, pues salíamos a casi 40 euros por barba, a pesar de que compartimos un primer plato, y pedimos dos segundos, de los cuales uno era una ensalada. Nada de postres, claro.

Esa fue la realidad venezolana que seguí palpando a medida que pasaban los días. Un desayuno consistente en un café con leche y un cachito (un cuerno de pan con queso y jamón), en una cafetería normal y corriente, me salió por cuatro euros, casi el doble que en España.

Todo estaba por las nubes para un recién llegado de España o de Europa o de EEUU, daba igual. Los precios se mantenían en un nivel astronómico, desde unas entradas para el cine hasta una comida en un restaurante. Me acuerdo de que fuimos diez personas a comer en un restaurante bueno, con un plato cada uno, y algo de picar. De las cuales tres eran niños que apenas comían, todo lo cual nos salió por casi mil dólares. Me quedé de piedra.

Mi pregunta era: si yo tengo problemas para pagar estos precios, ¿cómo hacen los pobres? Venezuela tiene una población pobre que abarca entre el 60 y el 70% del país. Pobres de verdad, a la sudamericana, no el pobre español que tiene Seguridad Social garantizada, comedores públicos y que no se muere ni de hambre ni de enfermedad. Allí te mueres de hambre, de enfermedades, si es que antes no te pegan un tiro los malandros (los delicuentes). En Venezuela se asesinan más de 10.000 personas al año. Mueren más infelices en un año que en los peores tiempos de la Guera de Irak. Y el 99,99% son de barrios pobres.

La locura de precios estúpidos se debía a que Chávez, por decreto, había estalecido un cambio de 2,15 bolívares por dólar, lo que, en consecuencia, daba unos 3 bolívares por euro. Pero en el mercado negro, los precios eran diferentes: 6 bolívares por dólar y 9 por euro. Eso era más lógico, cuando uno hacía la comparación con los precios de España y cuando uno deducía que Venezuela no estaba en el primer mundo.

El mercado negro de divisas se crea cuando se restringe el mercado oficial y éste no representa los precios reales. Dado que en Venezuela se importa todo menos las tormentas, los empresarios necesitan divisas para pagar esas mercancías, y cuando hablamos de divisas hablamos de cualquiera excepto el bolívar, que ya no se acepta en los mercados de cambio. El Gobierno impone duros controles sobre la compra de dólares, de modo que los empresarios los adquieren en el mercado negro, a tres veces su valor oficial. Lo cual aumenta la inflación, por supuesto.

La inflación oficial en Venezuela es del 25%, pero los expertos calculan que debe sobrepasar el 30% y llegar al 50%. Lo dicen porque las estadísticas oficiales son cada vez más oficiales y menos estadísticas. Están politizadas. Por ejemplo, el Gobierno de Chávez dejó de publicar los datos de los asesinatos desde 2005 ya que esa imagen afecta mucho a cualquier país, espanta a los turistas y es el primer índice de que ese país es, como dicen los venezolanos, “pura pérdida”.

El PIB venezolano ha caído porque es un país donde no hay apenas base industrial, y la poca que había, está siendo nacionalizada y puesta en manos de personas que no saben distinguir el manual de instrucciones del papel higiénico. Los economistas venezolanos, reunidos en la academia, se pasan el día denunciando el desastre económico en que ha caído el país, la falta de credibilidad, y sobre todo, la falta de garantías para la propiedad privada. Si no hay garantías, la inversión extranjera huye. (ver www.analitica.com).

Chávez no es capaz de reconocer ni un solo error. Ha caído en el síndrome del visionario, según el cual todos los males proceden de los empresarios, los comerciantes, los españoles, las multinacionales, la clase conservadora, Estados Unidos, y de seguir así, de los extraterrestres, del ratoncito Pérez y es posible que de Cristóbal Colón.

Yo vi en Chávez una esperanza cuando fue elegido presidente en 1998. Creí que un hombre del Ejército tendría la fuerza de mando para acabar con los crímenes del país, y que convertiría a Venezuela en una tierra productiva e ilusionada, que sacaría las mejores cualidades de los venezolanos. También pensé que acabaría con la pobreza, pues la mayor inestabilidad de un país es la diferencia social. Creí que Chávez reconstruiría un país diezmado por 40 años de políticos corruptos, ineficades y ladrones.

Mi mamá, que vivía en Caracas, me dijo que yo estaba equivocado, que Chávez era mala persona.

Como siempre, las madres tienen razón.

El jefe ideal

11 enero 2010 - 7:00 - Autor:

Cuando estamos en la escuela, en la universidad, en la academia o en el instituto nos enseñan de todo menos a ser jefes. ¿Jefes? Pues sí, porque tarde o temprano, muchos de nosotros seremos jefes y como no nos han pasado el manual, solemos improvisar y meter la pata. Los de abajo los sufren. Los jefes también sufren porque les entra la neura.

No voy a escribir el manual para ser jefe, sino el modelo de jefe que nos gustaría tener a todos.

1. Increíble; da los buenos días. Nos encanta que los jefes, superjefes y megagefes entren en la oficina y saluden a todos los que se encuentran a su paso. Algunos se olvidan de la cortesía natural.

2. Tiene su despacho abierto. Eso significa que tiene las orejas abiertas y puede uno entrar y dialogar. Buena señal.

3. No se pone nervioso. Aunque las máquinas se estropeen, se vaya la luz, el sistema se caiga o el temporal paralice las operaciones, el jefe siempre tiene una sonrisa, incluso a pesar de la crisis. Eso nos tranquiliza.

4. Tiene visión. No hay cosa peor que no saber de dónde venimos ni adónde vamos. Me refiero en el mundo de la empresa. Este jefe tiene una visión y encima la transmite a todos.

5. Me pone en mi sitio. Muchas veces los empleados no sabemos para qué valemos y de repente llega un jefe y encuentra en nosotros potencias que desconocíamos. Nos descubre a nosotros mismos. Nos hace sentirnos valiosos.

6. Me amonesta. Lo has hecho mal, reconócelo. ¿Quién no mete la pata? Para eso están los jefes: para corregir nuestros errores.

7. Me informa. No se conforma con ordenar sino que te explica cómo hay que hacer las cosas. Es la transmisión de la sabudiría de una generación a otra, como los abuelos. Nos hace más sabios.

8.  Me forma. Invierte dinero en cursos de formación prácticos y positivos. Nada de cursos estúpidos que sólo representan un gasto inútil para la empresa.

9. No miente. Jamás promete algo que no pueda cumplir. Por eso me fío de él.

10. Me pide que le ayude. El jefe no tiene todas las respuestas pero sabe encontrar a la gente que las tiene. Me pregunta mi opinión, confía en mí, se fía de mí.

11. Me exige. Me encomienda misiones difíciles, me pone al borde de mi capacidad y me ayuda a lograrlo. Mi mayor tortura es defraudarle.

12. Se acuerda de mí. De mi cumpleaños, de la enfermedad de mi madre, de mis hijos, de mi estado de salud.

13. Me felicita. A veces, pasamos meses o años tratando de hacerlo mejor pero nadie lo reconoce. Un día inesperado este jefe (hombre o mujer) nos da unas palmaditas. Con ese gesto, ya ha alegrado nuestro día.

14. Me premia. Una subida de salario, una compensación extraordinaria, un viaje inesperado. Después de las pamaditas, no hay mayor satisfacción que una ayuda monetaria.

15. Me hace jefe. Ahora sólo queda imitarle.

Método Franklin para ser más eficaz

9 enero 2010 - 7:00 - Autor:

Fabricante de velas y jabones, marino, carpintero, albañil, tornero, impresor, poeta, periodista, moralista, ensayista, administrativo, benefactor, fundador del cuerpo de bomberos, de hospitales, de bibliotecas, de universidades, perfeccionador del servicio postal, emisor de papel moneda, y por fin, inventor del pararrayos. Y algunas cosas más.

Esa fue la vida de Benjamín Franklin, el hijo más ilustre de Filadelfia cuya imagen se imprime en los billetes de cien dólares. Muchos de los logros de su larga vida, 84 años, los consiguió gracias a una disciplina de trece puntos que se impuso a la edad de 20 años, y que se prometió cumplir cada día se su vida. De estas trece (número cabalístico, quizá porque era masón), las más importantes eran las número 3, 4 y 6.

Orden: Que todas tus cosas tengan su sitio, que todos tus asuntos tengan su momento

Resolución: Resuélvete a realizar lo que deberías hacer, realiza sin fallas lo que resolviste.

Industria: No pierdas tiempo, ocúpate siempre en algo útil, corta todas las acciones innecesarias.

Lo digo porque eso es lo que necesitamos todos en esta era en la cual lo más fácil es dispersarse, hacer mil cosas a la vez, todas mal, y no prestar atención a lo importante.

Para llevar un control de sus actos, Franklin disponía de unas

Plan de vida para cada día

Plan de vida para cada día

hojas donde establecía su orden del día, de la mañana a la noche. Había un tiempo para el trabajo, otro para la reflexión, otro para revisar sus cuentas, para la lectura, en fin, una bitácora para no perderse en la madeja de detalles cotidianos. Cada mañana se proponía hacer algo bueno, y cada noche se preguntaba si lo había hecho.

A muchos de nosotros nos costaría seguir ese hábito porque nos pasamos el día improvisando o resolviendo problemas a la carrera. No dedicamos el tiempo necesario para reflexionar sobre los problemas que giran alrededor de nosotros, y no encontramos las soluciones a tiempo. Con el método del señor Franklin, no es que lleguemos a inventar el pararrayos otra vez, pero si fuéramos un poco más disciplinados, lograríamos completar de modo eficiente las tareas de largo alcance, desde un curso de inglés, hasta un método de trabajo funcional, escribir un libro, o mejorar la producción personal.

Siempre he creído que uno de los problemas de las empresas es organizar el caos de cada día. No ponemos orden a los problemas ni sabemos cuáles son los que hay que resolver en primer lugar. No estaría mal tomar algunas de las costumbres del señor Franklin para hacer un trabajo más eficiente.

Guerra entre keynesianos y friedmanitas

8 enero 2010 - 7:00 - Autor:

De pequeño, en España se jugaba en las escuelas a ser de Roma o de Cartago. Era una batalla de sapiencia en la cual el profesor hacía preguntas de cultura general, y los niños respondían como podían. Como este país siempre ha sido muy partidario de las huestes salvajes, todos los niños queríamos ser cartaginenses.

De mayores, la polémica es ser keynesiano o friedmanita, aunque hasta hace poco, estos últimos eran los cartaginenses de la economía.

Los primeros, en teoría, son partidarios de la intervención del Estado en la economía, como más o menos propugnaba Lord John Maynard Keynes, el economista británico del siglo pasado. Los segundos amarían a Milton Friedman, profesor de la Escuela de Negocios de Chicago, premio Nobel, y defensor de la libertad del individuo en el mercado, y que el Estado no metiese sus narices por allí.

Hasta hace unos meses, casi todos los economistas eran friedmanitas. La libertad de mercado había dado más placeres a la economía que las Mil y una Noches. Los empresarios movían las dinamos de las naciones, los emprendedores creaban riqueza, empleo, progreso, invenciones, y el Estado, puaj, pues más o menos era un estorbo, una carabina en medio de una relación amorosa entre los empresarios y el dinero.

Así estaban las cosas, hasta que la libertad de mercado creó los productos derivados, los CDO, los CDS, los junk bonds, y otras maquinaciones financieras, gracias a las cuales, miles de brokers en todo el mundo se dedicaron a extender la porquería con sus ventiladores especulativos. Esas innovaciones eran tan modernas que no las entendían ni los banqueros. En realidad, no las entendían ni los que las vendían, pero esto no es algo preocupante porque uno va a una tienda de ordenadores y el vendedor sólo sabe que ON es conectado, OFF, apagado y poco más.

Lo que pasa es que no se puede comparar un ordenador a un producto financiero. Bancos, cajas, países, inversores de todo el planeta tierra compraron estos productos, se fiaron de ellos, y al final se dieron un tortazo. Y vinieron los keynesianos y dijeron: “¿Veis lo que pasa cuando no hay control del Estado? Pues lo mismo que cuando hay carreteras sin señales de tráfico, que nos pegamos un tortazo“.

De la noche a la mañana, surgieron de nuevo los keynesianos para salvar el mundo.

Keynesianos, guste o no, han sido los gobiernos de EEUU, de Gran Bretaña y de media Europa porque han tenido que intervenir bancos al borde de la ruina, empresas a punto de quebrar, y gracias a una lluvia de millones que nada tiene que envidiar al Gordo de Navidad, salvaron al sistema financiero, a los ahorradores y casi al mundo entero.

La prueba es que la gente compra como churros los libros sobre Keynes o de Keynes, uno de los cuales se llama “El regreso de Keynes“. Escrito por Robert Skidelsky, uno de los mayores biógrafos del economista inglés, echa la culpa de nuestras desdichas al imperio de la Escuela de Chicago desde los años setenta, que sentenció la muerte prematura del keynesianismo.

Hay muchos más pero el último ensayo se ha podido leer en la revista americana The New Yorker. Allí el autor John Cassidy escribe un artículo extenso como trompa de elefante, donde explica cómo los viejos friedmanitas resulta que ahora son keynesianos, como Richard Posner, que acaba de escribir un libro titulado “A failure of capitalism” (Un error del capitalismo), abonándose a la idea de que la dichosa Escuela “is death”. La ha palmado, vamos.

Eso vienen diciendo muchos economistas vengativos, pero ya que esa revista está considerada la luz de la intelectualidad norteamericana, se espera una repercusión larga y polémica.

Una de ellas ha venido de la mano del blog The Curious Capitalist, que publica times.com, donde Justin Fox afirma que la Escuela de Chicago en realidad ha quedado como una ensaladilla de tendencias de frikonomistas, friedmanitas, behavioristas, “fontaneros financieros” y demás, lo que era más o menos en los años cincuenta.

Esto al final ha servido para que Casidy vendiera más libros de su “Así fallan los mercados: la lógica de las calamidades del mercado“, donde pone en duda el mito de mercado racional. Justo ese es el nombre de otro libro del mismo corte (El mito del mercado racional) escrito por Justin Fox, el bloguero de Times, quien saca las tripas de todo lo que queda del friedmanismo.

Lo importante de toda esta polémica es que la economía, como las mareas, va unas veces hacia adelante y otras hacia atrás. La verdad es que el Estado nunca ha dejado de intervenir en la economía, y lo que se le echa en cara es que no fue diligente para detener los riesgos de ciertos productos financieros porque veía que la cosa funcionaba. La libertad de mercado es buena cuando el Estado promulga leyes que protegen la propiedad, facilita la apertura de empresas, estimula a los emprendedores y castiga a los que se portan mal. Siempre ha estado ahí, gracias a Dios, y por eso, las economías nunca han dejado de ser una mezcla de keynesianismo y friedmanismo.

Yo siempre he simpatizado más con Keynes, pero al final, voy a lo práctico y cuando alguien pregunta cuál es el mejor sistema económico, suelo responder con eso que el filosofía se llama una tautología, o sea, una verdad de cajón: la mejor economía es la que funciona a corto, medio y largo plazo.

No es broma: la crisis es tu mejor regalo

6 enero 2010 - 7:00 - Autor:

Pocas personas, salvo los médicos, se han parado a reflexionar sobre las ventajas de las enfermedades que nos azotan. Para luchar contra una invasión de gérmenes, el cuerpo humano aumenta la temperatura, los músculos flojean, y el ánimo decae. Justamente lo que necesita el cuerpo para vencer. Pues resulta que si no sintiéramos dolor y malestar, estaríamos tan campantes en la calle consumiendo energías vitales que necesitan nuestros anticuerpos y células para sobrevivir a un ataque. Nos están diciendo: “Eh, los de arriba, que no os vayáis de botellón porque necesitamos vuestro apoyo para echar a los invasores”.

Lo mismo nos enseña la crisis. Gracias a ella hemos aprendido a ahorrar. Ahí está la cifra del aumento del ahorro en la renta de las familias españolas, ahorramos energía por si las moscas, es decir, por si la tenemos que consumir más tarde.

Nos hemos dado cuenta de que estábamos abonados a un montón de seguros, canales, y gastos superfluos. Adiós con todo eso. La crisis también nos ha enseñado a administrar las cuentas de la casa, porque hemos pasado los últimos cinco o quizá diez años sin mirar las facturas que llegaban del banco. Las tirábamos en una caja y ni siquiera las abríamos. Directas al cubo de basura. Total, sobraba dinero.

Ahora, la crisis nos ha enseñado a convertir una caja de zapatos en nuestro cuadro de mandos: metemos las facturas ordenadas alfabéticamente. El teléfono, el coche, la comunidad, la luz, el agua, el colegio, en fin, todo eso de lo cual no éramos conscientes ahora está en su sitio. Hemos aprendido a no malgastar.

Revisamos las cuentas una y otra vez y hacemos descubrimientos portentosos. ¿Y esta comisión? ¿A santo de qué? Otra lección de la crisis: nos enseña a pelear, a luchar por cada comisión que consideramos exagerada.

Gracias a la crisis descubrimos que muchas empresas que nos daban un buen servicio, ahora nos lo siguen prestando por menos dinero. Entonces, ¿significa eso que antes nos cobraban de mas? Da igual. No nos comamos en coco. Lo importante es que ahora hemos arañado unos euros. Y ya se sabe, unos euros por aquí y otros por allá, hacen un dineral.

La crisis nos ha enseñado el valor de los amigos y de la familia. Los que tienen más prestan a los que tienen menos. Y por supuesto, hemos aprendido que hay amigos “de toda la vida” que dejan de serlo cuando les pedimos que nos echen una mano. Un momento: ¿somos nosotros los que no hemos echado una mano? Porque siempre echamos la culpa a los demás.

En fin, creo que el mejor regalo de Reyes ha consistido en aprender a sobrevivir en tiempos duros. No será la última vez. Lo recordaremos para la próxima. Es más, debemos recordarla para que, en tiempos futuros, cuando los nietos nos pregunten “¿qué hiciste en la crisis, yayo?”, les respondamos: “Luchar, resistir, ayudar y sobrevivir”.

Vaya regalo. Y para amenizar esta reflexión, he aquí un Gladiator en tiempos modernos que lo resume todo con fanfarria romana.

No se lo pierdan.

Cómo escapar a la neurosis

5 enero 2010 - 7:00 - Autor:

Por mucho que los consultores nos hablen de team building, de participación, de asumir los objetivos de la empresa a todos los niveles, de extender la filosofía de una marca, al final hay algo en el mundo laboral que chirría y que no tiene que ver necesariamente con el dinero. El trabajo produce estrés, angustia, preocupación, insomnio, todo eso que los psicólogos llaman neurosis, una enfermedad típica de las sociedades industrializadas donde el tiempo está medido con máquinas, la productividad se mide por objetivos y cada pieza deber costar menos de lo que es capaz de producir.

Por eso, nos pasamos el día sacrificando nuestras existencias al puesto de trabajo. Dicho así, parece la típica definición de los artículos escritos por los intelectuales a principios del siglo pasado, pero guste o no, y aunque suene a rancio, es algo que no se ha resuelto.

Para empezar, el roce humano con otros individuos es una de las actitudes que más nos desgastan diariamente: el jefe mandón, el compañero que critica, la presión del microcosmos de la oficina o el taller, los desafíos para los creemos no estar preparados o el no haber encajado en un grupo humano… Todo ello nos causa una profunda neurosis. Y siempre echamos la culpa a los otros, sin saber si realmente nosotros somos algunos de esos protagonistas cuando hacemos de jefes o de compañeros.

En cualquier caso, la consecuencia de la tensión psicológica en el trabajo y del sacrificio permanente de los trabajadores se resume en unas frases que todo el mundo pronuncia a lo largo de sus cuarenta o cincuenta años de vida laboral: “estoy muy liado” y “no tengo tiempo”.

No hay tiempo para visitar a un anciano padre, a comer con la solitaria madre, a desayunar con los hijos o a visitar una exposición con un buen amigo. Decir no tengo tiempo y estoy muy liado siempre es una cuestión de prestigio en un país como España donde se valora tanto la apariencia. Esa persona es imprescindible para el Producto Interior Bruto, pensamos todos.

Pero sucede es que, cuando uno ve, semana tras semana, el resultado de ese empeño tan trascendental se queda en Producto Bruto. Porque si el resultado de esa tarea tan absorbente fuera la Capilla Sixtina, El Quijote o la conquista de América, uno acabaría entendiendo la falta de tiempo y el exceso de trabajo. Pero, he descubierto que en la mayor parte de los casos, dan ganas de decir: “¿Y esto es lo que has hecho en todo ese tiempo?”. Yo mismo me he aplicado esa conclusión cuando, tras unas jornadas exhaustivas de “estoy muy liado” y “no tengo tiempo” he contemplado un resultado tan vulgar como una tuerca.

Como algo en nuestro interior nos dice que lo estamos haciendo mal, tratamos de encontrar una compensación espiritual que nos ayude a seguir haciendo lo mismo, en lugar de plantearnos si debemos seguir haciendo lo mismo. Para soportar esa rutina, que desde luego será larga, adoptamos una actitud estoica ante el trabajo como Atlas asumió la carga de la esfera terrestre, hasta que llega el día de la jubilación y lanzamos el despertador por la ventana.

¿Cómo resolvemos ese enigma de dos cabezas mientras tanto?

Yoga, budismo zen, tai chi, pilates, meditación trascendental o simplemente ir a psicólogo. En el mundo de la empresa, mucha gente vive una doble existencia: por un lado, el trabajo; y por otro, el sí mismo.

Algunos lo llaman escapar pero en realidad es una búsqueda. Buscamos la compensación a tanta angustia a través de filosofías orientales, clases de meditación, ir al gimnasio o un simple paseo por el parque. O hacemos eso, o nos veremos en medio de una explosión inexplicable de cólera o un ataque de pánico.

A muchos les parecerá una pérdida de tiempo pero en realidad todas esas ocupaciones extra laborales significan la búsqueda del tiempo personal. El psicólogo Eugene Pascal afirmaba que en las empresas japonesas, los trabajadores tienen diez minutos diarios de concentración y de evasión. Es un momento de meditación. En realidad, no difiere en nada de la vieja meditación occidental que uno practicaba en las iglesias, en las bibliotecas o en las montañas. Pero es el alimento necesario para lograr ese equilibrio interior entre lo que nos exige el trabajo, y lo que nos exige la vida personal.

De modo que la promesa de este año nuevo tiene que ser la búsqueda de ese equilibrio a cualquier precio. Amigo, búscate a ti mismo. En tiempos de crisis, es tu mejor regalo de Reyes.

Carlos Salas

El físico Stephen Hawking dice que todo se puede explicar con palabras y con dibujos. La economía también. Por eso me he empeñado en explicar la economía para todo el mundo con descripciones visuales: perfiles que parecen fotos, reportajes que parecen películas… Llevo más de 25 años en la prensa económica y creo que cada vez hay más interés en la economía. He pasado por Actualidad Económica, El Mundo, Capital, El Economista y Metro, y en todos esos medios he tratado de acercarme al lector de una forma amena, convirtiendo lo incomprensible en digerible, a veces con humor.

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