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No voy a hablar de mi libro

31 mayo 2010 - 7:00 - Autor:

Estuve el sábado pasado firmando ejemplares de mi nuevo libro en la Feria del Libro de Madrid. Sucedieron en esa mañana dos cosas que me obligan a no hablar de mi libro.

Cuando eran las doce del mediodía y llevaba ya hora y media sentado esperando que se acercara esa cosa tan bonita que se llama “lector”, vino un tipo que me dijo: “Carlos, ¿puedes prestarme atención durante unos segundos?” . Yo no lo conocía. No me sonaba de nada su cara. Tenía una bolsa en la mano, y me daba la impresión de que deseaba hablarme de eso. “Me gustaría mostrarte algo”, añadió levantando un poco la bolsa.

Pensé que era una bomba porque uno ha visto muchas películas.”Bueno, si es una bomba, es inevitable a estas alturas”. Pero ese joven no tenía pinta de ir detonando bombas por ahí, menos aún en las ferias de libros.

“Adelante, enséñamelo“, dije.

El tipo sacó unos cartones de color rojo y me dijo que eran bookbrellas. Era un invento suyo. Unos cartones que se doblan y se colocan en los libros formando un parasol para leerlos en la playa o bajo un sol cegador. Por eso se llaman bookbrellas, mezcla de dos palabras inglesas, book (libro) y umbrella (paraguas). También servían de marcadores.

El tipo se llama Francisco Chaparro. Tiene una web llamada bookbrella.com, y supongo que es inventor. No sé si es útil o no, pero me llamó la atención el hecho de que un chaval joven estuviera dando vueltas por la feria presentando su invento. Los regalaba. Es lo mismo que hacen en los supermercados las empresas de alimentación, cuando te regalan trocitos de queso para que lo pruebes, o yogures o refrescos.

Me encantó  Francisco Chaparro. Supongo que me tuteó porque mi nombre estaba colgado con la foto encima del tenderete de la editorial que me publicaba el libro.

Pero no estoy aquí para hablar de mi libro.

El otro acontecimiento fue la visita de una chica. No me pude fijar en ella porque yo estaba firmando un ejemplar y como no soy muy conocido, mis dedicatorias son muy largas. Los autores conocidos que publican best sellers no hacen dedicatorias largas.  No tienen tiempo.

Esa chica preguntó si podía dejar su currículum. En la editorial le dijeron que sí, por supuesto. Se fue y levanté la vista. Luego me fijé en el CV porque era el más raro que he visto en mi vida. La chica hablaba de lo que no sabía hacer: “No sé hacer el pino puente, no sé hacer esto, no sé hacer lo otro”. No sabía hacer muchas cosas. ¿Y entonces para qué entregaba su CV? Porque sólo sabía hacer una cosa: corregir textos. Era  correctora de textos, un puesto de trabajo que demandan las editoriales pues siempre necesitan alguien que corrija los errores gramaticales o tipográficos de los escritores. Era una forma original de presentar un CV.

Esas dos actitudes de dos chicos jóvenes me gustaron porque salieron a buscar la montaña. No esperaron a que la montaña se acercaran a ellos. Tenían iniciativa. Eran emprendedores.

Eso es lo que necesitamos hoy más que nunca.

Por eso, no vale la pena hablar en este momento de mi libro “Las Once Verdades de la Comunicación” (Editorial Lid). Es mejor hablar de estos dos jóvenes.

New York Times dice que Ágora es “triste”

28 mayo 2010 - 13:10 - Autor:

Hoy viernes se estrena “Agora” en EEUU. La película de Alejandro Amenábar sobre las vicisitudes de una científica llamada Hypatia convencieron al público español. ¿Convencerá a los norteamericanos?

Hypatia, la protagonista de Ágora

No empieza con buen pie pues The New York Times la ha calificado de “triste”. El crítico, que firma con el nombre de A. O. Scott, asegura que los filmes sobre la lucha ideológica entre el progreso y la ignorancia, siempre envían un mensaje  que consiste en que al final vence la luz. Pero en “Agora”, según The New York Times, esa lucha se trata de un modo tan escéptico que “hace a la película no solo triste sino fría”.

Y todo porque Amenábar y su guionista Mateo Gil se ponen “totalmente” y de forma “obstinada”, del lado de la razón, la ciencia y el liberalismo, “valores que se oponen a la superstición, el fundamentalismo y la conveniencia política”, afirma el periódico. Y ese es el problema pues para el periódico neoyorquino, Amenábar solo ve intolerancia por todas partes de aquella Alejandría romana.

Y termina diciendo que si establecemos paralelismos con la actualidad,  las campanadas de aviso que ofrece la película son a veces un poco chirriantes. Pero al final, el crítico tiene palabras positivas para esa forma de explicar la fe en la razón.  ”Lo escéptico y lo secular también tienen necesidad de historias llenas de martirologios, o de esos actos de despertar que forman parte del predicamento del cine”.

La película ha tardado meses en estrenarse en EEUU debido a que muchos distribuidores no aceptaban un argumento donde salían malparadas todas las religiones, especialmente la cristiana. La intolerancia de cristianos, judíos y paganos, al final lleva a una lucha de todos contra todos. Y se resuelve de la peor forma: con el asesinato de Hypatia por parte de los cristianos, a pesar de que era una científica del siglo IV que sólo trataba de poner un poco de razón en la explicación del movimiento de los astros. Los historiadores no se ponen de acuerdo en esta parte porque afirman que Hypatia no murió así, pero un guión es un guión.

El mayor obstáculo de “Agora” en EEUU no es si es triste o alegre. Es la religión. El peso de la religión en cualquier película norteamericana es muy notable: siempre hay cinco minutos que no faltan, en los cuales los protagonistas encuentran la salida a través de mensajes religiosos, pasadizos construidos en antiguas ermitas, revelaciones teológicas, confesiones con sacerdotes o redenciones a través del rezo e incluso del sacrificio de la vida por medio de exorcismos.

Pero en éste film, que la escéptica Europa puede ver sin que se conmocionen sus bases religiosas, sí puede afectar a una nación que todavía se levanta y se acuesta en masa con algún tipo de oración.

Lecciones de Pellegrini para ejecutivos

27 mayo 2010 - 9:18 - Autor:

Cuando echaron a Pellegrini como entrenador del Real Madrid, estuve pensando qué había fallado, y qué pasaría por su cabeza. No soy un especialista de fútbol y no puedo opinar sobre su rendimiento deportivo. Pero sí me han llamado la atención sus declaraciones en una emisora de radio, en el Larguero, que han sido reproducidas hoy por algunos medios. Creo que el mundo de la empresa puede sacar lecciones de sus argumentos.

La primera cosa que me llamó la atención es que Pellegrini se queja de que no le dejaban mandar. Por ejemplo, Florentino Pérez ya tenía pensando contratar a Cristiano Ronaldo y a Kaká desde hacía tiempo, pero Pellegrini decía que eran muy caros, y por el contrario, insistía en que se quedasen Robben y Sneijder. Nunca le hicieron caso.

Si trasladamos esto al mundo de la empresa, es como si llega un nuevo director general, y cuando se sienta en su puesto y analiza a su equipo directivo y de subordinados, no le dejan decidir con quién quedarse sino que es el presidente y el consejero delegado quienes le quitan y ponen a la gente. Es ridículo. Uno puede admitir ciertos nombramientos, pero no puede admitir que le quiten poder en las decisiones más importantes.

Y Pellegrini no iba tan descaminado. La semana pasada, cuando vi la final de la Champions, pensé que me hubiera gustado leer un artículo titulado “La venganza de los derrotados”. Porque en esa final había un montón de jugadores que habían sido echados de otros equipos. Por ejemplo, estaban Robben y Sneijder, que fueron expulsados del Madrid; estaba E’too, que habían echado del Barça; estaba Cambiasso, que había jugado en el Madrid.

Fue el triunfo de los expulsados. Y fue la prueba de que una empresa llamada Real Madrid tiene un problema de Recursos Humanos: como se dice ahora, no sabe retener el talento.

También me fijé en que Pellegrini decía que entre él y la presidencia del club hay “conceptos distintos del fútbol”. No sé muy bien a qué se refiere. Por lo que he escuchado a los que saben de fútbol, Florentino Pérez sigue pegado a la idea de vender más camisetas, que ganar partidos. Es decir, traer a chicos guapos que jueguen bien al fútbol, y convertir al Madrid en un Circo del Sol del balompié. No está mal la fórmula, pero lo importante, como en cualquier empresa, es crear una piña, no hacer un escaparate.

Los entrenadores siempre quieren crear una piña, crear un equipo, construir una organización con pegamento, pero parece que la idea del club blanco es vender derechos de transmisión, vender camisetas, atraer a públicos adolescentes con caritas bonitas, hacer giras por el mundo y dar un poco de espectáculo.

No sé si el Barça tiene muchas cara bonitas, pero ha logrado construir una piña de jugadores, con un entrenador que actúa como pegamento universal.

José Mourinho, el nuevo entrenador del Madrid, encaja en esa idea de hombre-escaparate. Es mediático, es gesticulante, es guapo y encantador, sabe provocar, da titulares, y bueno, da títulos. Pellegrini es más serio, menos mediático, no emanaba tanto encanto y encima no ganó ni una copa. ¿Dejarán manos libres a Mourinho o le atrapará la maquinaria comercial del club?

En la organización profesional, Pellegrini nunca participó en las conversaciones para elegir la plantilla de jugadores. Eso confiesa. Y también confiesa que antes de entrar en el Madrid, sabía donde se metía porque Vicente del Bosque, antiguo entrenador, se lo había dicho. Ahí quien pinta es todo el mundo excepto el entrenador.

Creo que las lecciones que se puede aprender de esto se reumen en una sola:

Nunca entres a trabajar en un proyecto donde no vas a tener el mando prometido.

Los alemanes tienen miedo

26 mayo 2010 - 8:57 - Autor:

Portada de Stern: ¿Qué pasará con nuestro dinero?

La revista Stern acaba de publicar una encuesta sobre las preocupaciones de los alemanes y en primer lugar aparece el temor a que se dispare la deuda del Estado por culpa de la crisis del euro. Tres de cada cuatro ciudadanos confesaron mucho temor a la gigantesca deuda que el estado ha adquirido en los últimos días para pagar a los manirrotos griegos o para defender al euro de los especuladores.

Según informaba Die Welt en marzo pasado, la deuda del Estado alemán es de 1,9 billones de euros, casi cuatro veces la de España. Es verdad que la economía alemana también es casi cinco veces más grande que la española, pero aun así, los alemanes están asustados de que su gobierno central y los lander tengan unas cifras tan grandes de deudas.

Todo esto suma temores a los que están sacudiendo en estas semanas al ciudadano medio alemán. El euro se encuentra atacado por varios flancos, la economía griega se hunde, los países de la Zona Euro aprueban un paquete de 110.000 millones de ayudas a Grecia, dentro de un paquete mayor de 750.000 millones para proteger la economía europea de los ataques monetarios.

¿Quién va a ser el principal pagador? El más fuerte: Alemania. Precisamente, la portada de Stern tiene el título de “¿Qué pasará con nuestro dinero?”. En el fondo, el anagrama del euro hundiéndose en el mar.

Hartos de pasarse todo el día prestando dinero, la opinión que circula por las calles alemanas es que ellos han hecho los deberes pero otros países no los han hecho. De ahí que muchos alemanes añoren los tiempos en los que tenían un marco poderoso, y no tenían que preocuparse si otros países estaban en malas condiciones. Como ahora forman parte del euro, forman parte del problema, y tienen que aportar la solución.

Pero a los alemanes no les hace gracia la irresponsabilidad de otros países y por eso el gobierno de Angela Merkel quiere que se aprueben castigos para los países que se porten mal: que pierdan su derecho de voto en el consejo, por ejemplo, si no son capaces de controlar sus déficits.

La meta del gobierno alemán es defender el euro a toda costa porque como decía Angela Merkel, si el euro desaparece, también desaparecerá la Unión Europa.

Con una tasa de ahorro por encima de la media, el publo alemán tiene en la memoria colectiva dos golpes monetarios: la increíble inflación de los años 20, que arruinó a millones de familias, y la entrada en vigor del nuevo marco de la posguerra, a finales de los años cuarenta.

Pese a ello, han logrado construir una moneda fuerte basada en una economía exportadora, pero Helmut Kohl, les convenció de que había que transmutarla en euros. Le costó mucho convencerles pero al final lo aceptaron.

En la encuesta de Stern, los ciudadanos muestran su preocupación por el euro, y por las deudas que está asumiento el gobierno alemán para ayudar a otros países menos ahorradores. ¿Será capaz el gobierno de soportar eso?, se preguntan. ¿Vale la pena el euro?

Para añadir más temores, un artículo publicado hace pocos días por el rotativo económico Frakfurter Allgemeine Zeitung recreaba el futuro afirmando que, en el 2013, debido a las insoportables tensiones del euro, el continente se dividía en países estables, como Alemania, Belelux y Finlandia, y por otra parte, los menos disciplinados.

El ruido, tu gran enemigo

25 mayo 2010 - 7:00 - Autor:

El ruido es un gran compañero diario en España. Nos acompaña en el trabajo, en la calle y en casa. Dormimos con el ruido de los vecinos y su televisión. Nos levantamos con las sirenas de las ambulancias y los bomberos, y nos desperezamos al entrar en un bar, con el delicioso tintinear de las cucharillas y la vajillas de loza.

Pero el ruido es el mayor enemigo de la concentración: es imposible hacer un trabajo con perfección en medio de tanto ruido. Hay ruido en las oficinas porque la gente habla alto y los teléfonos chirrían; hay ruido en la cafetería hasta en los domingos por la mañana, porque uno abre el periódico y cuando lee unas líneas se desconcentra pues el camarero está calentando el café con el vapor, o está vaciando café en la basura.

¿Y en las bibliotecas? Las personas que se acercan a pedir libros en la barra piensan que están pidiendo calamares a la romana: gritan. No saben susurrar. No saben lo que es una biblioteca.

La gente habla por el móvil en los trenes como si estuvieran en medio de una guerra, a gritos. He visto a ejecutivos de rango muy alto, muy pero que muy alto, comportarse con el móvil en el AVE como las señoras y los señores que pìden a gritos los rodaballos en los mercados. Igualitos.

Una vez, un amigo intentó hacer el test del ruido en un bar de Carabanchel: estábamos en un bar cuya especialidad era la oreja de cerdo frita, y en medio del bullicio de las máquinas tragaperras, el televisor, los gritos de los parroquianos, y las comandas de los camareros, mi amigo pegó un grito digno de película de terrror pero nadie se inmutó porque el ruido no destacó entre los demás ruidos. Una prueba concluyente.

Por eso se me ocurrió que, imitando a esa iniciativa que pretende racionalizar los horarios de trabajo en España, habría que añadir otra para que la gente hiciera menos ruido. Seguro que dentro de cinco años aumentaríamos la productividad y hasta el coeficiente de inteligencia. Quién sabe. Quizá tendríamos grandes filósofos pues por fin podrían pensar y reflexionar con tranquilidad.

Hablando de ruido, este spot de Nacho Vigalondo lo explica con música y coreografía.

Euro bueno y euro malo

24 mayo 2010 - 7:00 - Autor:

Poco después de nacer el euro en 2002, mucha gente se sintió desilusionada porque la moneda europea valía menos que un dólar: 0,9 dólares por euro. Era como empezar un partido con el marcador en contra. Pero los exportadores estaban encantados: sus productos eran más baratos, de modo que norteamericanos o indios, árabes o rusos, se mostraban interesados en comprar coches, vinos o patatas europeas.

Poco a poco, el euro fue escalando posiciones. En julio de 2003 ya se había igualado con el euro y en 2009 ya daban 1,5 dólares por cada euro. Malo para los exportadores, pero magnífico para los importadores. Comprar un ordenador norteamericano era más barato. Viajar a EEUU era más barato. Los europeos se sentían poderosos. Incluso, comprar petróleo era más barato de modo que las subidas del crudo a veces se compensaban porque el euro era una moneda fuerte.

Ahora que el euro se vuelve a debilitar a 1,2 dólares, volvemos a la primera posición. “Alegría por la debilidad del euro”, titulaba la versión digital de la revista alemana Stern hace unos días. Martin Wansleben, director de la Cámara de Comercio e Industria de Alemania (DIHK), afirmaba que con ello se protegían 80.000 puestos de trabajo y se generaban 5.000 millones de euros para las empresas alemanas, especialmente coches, electrónica y química.

Pero claro, el petróleo saldría más caro, y eso tendría un impacto en el consumo interno.

Es decir, las oscilaciones del euro son iguales que la lluvia: nunca llueve a gusto de todos. Ahora que el euro está débil, nuestros exportadores deberían aprovechar la ocasión para promover sus productos. Comprar vino español, aceite español y coches fabricados en España, es más barato.

¿Y para los importadores? Mientras se hagan negocios con la Zona Euro, no hay cambios. Esa es una de las ventajas de la moneda europea. Pero si quieren comprar productos fuera de este área, tendrán que pagar más dinero, desde petróleo hasta productos chinos.

¿Con qué euro nos quedamos? ¿Cuál es el bueno? ¿Cuál es el malo?

El chico que quería hacer un musical de amor

23 mayo 2010 - 7:00 - Autor:

Nacho Vigalondo quería realizar un cortometraje y no tenía dinero. Al enterarse de que el Eusko Jaurlaritza concecía subvenciones a los jóvenes cineastas, quitó las pegatinas a la caja de su guitarra española, pegatinas de Paz y Amor y de Smiley, y se presentó en San Sebastián, en una sala donde un grupo de ceñudos vascos estaba pasando la mañana escuchando guiones y sandeces.

Los señores que escuchaban guiones y sandeces eran los miembros del jurado de una comisión del Gobierno Vasco, del  Eusko Jaurlaritza. Los chicos hacían cola como estudiantes del plan Erasmus y tenían unos minutos para convencer a los jueces de que su idea era la idea de los 12.000 euros. Solo se concedían 12.000 euros de subvención por corto.

El joven actor-director, Nacho Vigalondo

Nacho Vigalondo no resumió su corto como los demás, narrando la historia de chico conoce chica. Más bien lo cantó. El jurado lo vio entrar con el instrumento y escuchó la canción. Nacho era como un juglar porque a veces detenía sus trinos, y decía: “Aquí es cuando el protagonista empieza a bailar”. ¿Bailar?

Entonces el jurado supo que la película de Nacho Vigalondo era un musical. ¿Un musical de ocho minutos? Será una cachondada, un retrúecano, un nuevo Pedro Muñoz Seca contando una astracanada en clave de historia de humor con aroma de oreja de cerdo frita. “De ninguna manera”, replicó Nacho. “Es un musical muy serio”.

La historia de Nacho comenzaba de una forma vulgar. Una chica entra en un bar por la mañana, pide el cruasán con café con leche de siempre, y se sienta a leer el periódico. Luego pasaban cosas.

Como era un musical, el protagonista cantaba y bailaba, los camareros cantaban y bailaban, y al final, la coreografía consistía en que todos cantaban y bailaban. Y claro, allí estaba la bomba.

Los miembros del jurado terminaron de escuchar el musical de Nacho Vigalondo y vieron que el chico dejaba la guitarra a un lado y respiraba con preocupación esperando el veredicto. Algunos de esos miembros del jurado habían oído hablar de los maníacos depresivos, unos animales esteparios que pasan de la euforia a la melancolía en poco tiempo, que tienen una mirada escapada, y que cuando les hablas o cuando hablan, fijan sus ojos en el techo y a falta de techo, en el cielo. Y que Van Gogh, Beethoven y Bécquer eran de esos.

Nacho podía ser uno de esos o bien podía ser un loco a secas. Tenía toda la pinta de lo segundo.

Cuando salió de aquella sala llena de vascos ceñudos y desconfiados, Nacho tenía dos cosas: una guitarra y un cheque de 12.000 euros.

Los protagonistas del corto, en un momento de tensión.

Ahora venía lo bueno. O lo malo. Nacho tenía que conseguir actores, figurantes, cámaras, operadores, técnicos y un bar. Porque era un musical en un bar, no había que olvidarlo. Todo iba a pasar en un bar. Y no había que olvidar la bomba. ¿Dónde se podía conseguir una bomba? Le quedaban pocos meses para conseguirla.

Como 12.000 euros no dan para mucho en el mundo del cine, Nacho empleó su descaro emocional para convencer a su madre de que fuera una de las vicetiples del musical. “¿Esto de qué va?”, preguntó la madre. “¿Es como la cámara oculta?”. No dijo su hijo, es un musical muy serio y muy profesional.

Más personas de su ecosistema personal se fueron añadiendo al reparto. Una cafetería de Madrid, situada cerca de San Bernardo, acordó en cederle por dos noches el local a condición de que fuera eso: por la noche, y solo dos jornadas. Eran días de fiesta y querían largarse de vacaciones. “Sin destrozos, ¿eh?, que los pagas tú o llamo a la policía”.

Nacho preparó todo y un día se dio cuenta de que el confeti era de colores. El confetti era una de las claves. En una película en blanco y negro el confetti aparece en blanco y negro. Pero el cofetti es de colores, como todo el mundo sabe, de modo que, cuando saliera la lluvia de confetti, nadie iba a saber que eran papeles de colores. ¿Qué demonios iba a salir en pantalla si la película era en blanco y negro? Aquella noche prenupcial, Nacho no pudo dormir por culpa del confetti. Se le ocurrió poner en letras grandes la palabra “confetti” e imprimirlo en la bolsa de papelitos, pero pensándolo bien, era una barbaridad.

Cuando Nacho estaba a punto de gritar la palabra “acción”, el regidor se presentó con un saco de confeti que decía en letras grandes “C-O-N-F-E-T-T-I”. Era así de por suyo. O sea natural. Todo arreglado. El confeti se llamaba confetti.

Durante esas dos noches, la película de Nacho fue rodada en un café de San Bernardo. Era sobre una chica que entra por la mañana a una cafetería, pide lo de siempre, se sienta y saca un periódico para leerlo. Había bomba, confetti, bailes, chico, música, coreografía y banda sonora, claro.

Todo en un corto de 8 minutos. Para ser precisos: un corto de 7 minutos 35 segundos. En un alarde de poesía visual, Nacho tituló su corto “7:35 de la mañana”.

Cuando hubo rodado su corto, ya solo quedaba montarlo, es decir, hacer corta pega de planos, ajustar la música, meter los créditos y presentarlo a algún festival. Hay tantos festivales….

El problema es que hay más festivales que directores con ensueños de modo que las posibilidades de Nacho eran muy escasas.

Como la vida está llena de carambolas, unos meses después los miembros de la Academia de Cine de Hollywood vieron el corto de Nacho. Vieron a la chica que entra en el bar, el cruasán, el café, los numeritos coreográficos, la música, y por supuesto, el cofetti. Y la bomba.

¿De dónde diablos viene este corto?, preguntó un académico. Lo preguntó en inglés, claro.

Le contestaron que de España. “¿Quién lo ha hecho?”, dijo el académico. “Creemos que el mismo tipo que sale ahí bailando y cantando”.

“¿El director? ¿Te refieres a que el director también canta y baila en este corto? “, volvió a preguntar el académico de Hollywood.

“Parece que sí”, le dijeron. “Es lo que dice aquí en la sinopsis”. Se fijaron en Nacho. Bailaba y cantaba.

Volvieron a ver el corto.

Para dar suspense a su corto, Nacho había cambiado un poco los planes, o, los planos, como realmente se dice en el cine. El plano número 2, se situó en primer lugar, y el plano número 1, pasó a ser el 2.

Esto tenía su explicación. Antes de que entrara la chica en el café, pasaba algo. Y quizá ese cambio, que se le ocurrió a Nacho a última hora, fue lo que ayudó a decidir a los académicos  de Hollywood.

Así, un día, España entera, y desde luego, la mamá de Nacho también, supo que el corto de Nacho había sido nominado para el Oscar.

Era un musical. Había un chico. Había una chica. Había amor. Había coreografías. Canciones. Coros. Y claro, la bomba. Y un poco de confetti.

Porque en realidad no era un corto de risa. Era una tragedia. Una tragedia realizada por un loco que quería hacer un musical de amor.

Todo esto sucedió en 2004, pero hay aventuras geniales que vale la pena contarlas siempre, una y otra vez.

(Se puede ver en You Tube pinchando aquí o poniendo “Nacho Vigalondo 7:35 de la mañana”)

(Nacho tiene un blog en El País.)

El fin del tiempo muerto

21 mayo 2010 - 7:10 - Autor:

Cuando mi antigua empresa me dio una Blackberry sentí que había subido un escalón en la pirámide socio-económica. Podía leer mis correos electrónicos a todas horas y podía responderlos. Incluso en el baño. Me di cuenta entonces de que la empresa me había dado un aparato para ser más productivo. Pero también de que ya no tendría nunca más tiempos muertos.

Desde la Revolución Industrial, cuando las máquinas de vapor hicieron más cortos los tiempos entre las ciudades, ningún cacharro había logrado matar los tiempos muertos con tanta facilidad como lo hacen los teléfonos móviles actuales, los smart phones, Blackberies, iPhone y todos ellos.

Trasladarse de una ciudad a otra era desde tiempos de nuestros ancestros una tarea de carretas y caballos. En el trayecto, uno podía soñar, imaginar, pensar, reflexionar sobre su futuro o mirar sencillamente el bosque o la estepa. No se podía trabajar mientras se viajaba. Era un tiempo muerto. Un delicioso tiempo muerto. Los trenes redujeron las fantasías de un día a unas horas.

Los nuevos teléfonos inteligentes y los ordenadores lo reducen a cero. Uno se monta en un un AVE y en lugar de mirar por la ventana y ver pasar a 300 kilómetros por hora cosas tan raras y solitarias como el nuevo aeropuerto Don Quijote, de Castilla La Mancha, o las artísticas escombreras de Sevilla, uno en realidad está conectado y rindiendo. Somos más productivos pero ya no tenemos ese tiempo muerto que usábamos para pensar en nosotros o en la vida. Ya no podemos pasear por un bosque en solitario porque tarde o temprano sonará el móvil. O lo cogeremos nosotros para hacer una llamada.

Se acabó todo eso. No hay tiempo para meditar, ni para leer un libro. Las empresas y nosotros mismos no queremos hacerlo porque mientras más productivos seamos, más dinero ganamos, para la empresa o para nosotros.

Creo que todos necesitamos detenernos en el tiempo para comunicarnos con nosotros mismos. Hay un libro en inglés que se titula “Rapt” (significa algo así como “embelesamiento”), que nos explica la necesidad de dejarnos llevar por las sensaciones, por los sentidos, los olores, los sabores, las imágenes… Formamos parte de la vida y debemos saborearla. Fantasear. Somos animales fantásticos.

Pero no: en lugar de eso, matamos el tiempo asesinando los tiempos muertos.

El español aburrido

20 mayo 2010 - 7:00 - Autor:

Siempre que me toca dar clases de comunicación me enfrento con el mismo problema. La gente prefiere presentaciones en Power Point llenas de gráficos y de textos abstrusos antes que diapositivas sencillas. Los oradores creen que si meten muchas cosas complicadas la gente pensará que son oradores serios, profundos y con mucho fondo.

Pero un mensaje enviado no es un mensaje recibido. Por eso, la inmensa mayoría de las charlas con Power Point son inmensamente aburridas.

Eso tiene un coste. La audiencia deja de prestar atención y piensa en la factura de la luz, en si llegará a fin de mes, en la tos sospechosa del bebé o en cualquier cosa. Lo cual significa que están perdiendo el tiempo. Lo pierde la audiencia, lo pierde el orador, y lo peor es que eso se traduce en dinero: quien haya pagado por esas conferencias o presentaciones ha tirado su dinero a la basura.

Hoy, este día, se han tirado a la basura millones de euros porque se han organizado cientos de presentaciones en todo el país que no han conseguido sus objetivos. La gente no ha atendido, ergo, han perdido tiempo y dinero.

Para resolver ese problema, siempre propongo presentaciones con pocas frases en cada diapositiva: una frase, una diapo, una idea. Que los gráficos no se acumulen en una imagen sino que se dividan en varias. Y que lo importante es el orador y sus ideas, no el Power Point.

Pero no tengo éxito. La gente asiente pero luego vuelven a sus despachos a crear presentaciones aburridas que hacen perder el tiempo y el dinero a todo el mundo.

¿Por qué? Pues porque en este país, sigue siendo muy importante aparentar sabiduría. Lo hacemos todos los días escribiendo artículos aparentemente sesudos, pero mal redactados y con poca garra. Lo hacemos con Power Points que duermen a la audiencia.

Me cuentan frecuentemente el caso de alguien, un subordinado, que prepara una presentación amena y con poco texto, pero al final se la echan abajo porque sus jefes la califican de frívola. Eso genera una enorme frustración en el joven imaginativo, y al final, tiene que pasar por el aro para satisfacer a sus jefes.

Un aburrimiento.

No se han enterado todavía que lo importante es transmitir.

Psicología de la crisis

19 mayo 2010 - 7:00 - Autor:

Me contaron esta semana que el autor de un libro de Neuromarketing explicaba que esta crisis se va a quedar grabada en nuestra memoria como un golpe emocional, una verdadera conmoción. Cada generación se lleva a cuestas un trauma y el nuestro no será la Guerra Civil (como nuestros abuelos), sino la crisis financiera, las deudas, el paro. Fueron más o menos las palabras de este experto en las jornadas de Tecnomarketing celebradas la semana pasada en Madrid por Aecoc.

Una familia en Madrid en la posguerra

Y ponía ejemplos para explicar la psicología de la crisis.

La generación que todos llamamos “de la posguerra” es la generación que todavía deja los platos sin restos de comida, que no echa casi nada a la basura, que aprovecha todo y compara precios en los supermercados. Esa actitud no ha cambiado durante años. Mis padres eran así. Mis suegros son así.

Supongo que la enseñanza que sacaremos de la crisis consistirá en saber administrar bien el dinero. La comida no es un problema hoy, quiero decir, no es el principal problema. En la posguerra no había ni comida. Ahora lo que no hay es suficiente dinero para comer lo que nos gustaría comer. Es un problema financiero, no un problema de abastecimiento.

Los supermercados están llenos de productos. Tenemos delante de nuestros ojos todo el pan que podemos imaginar, pero en la posguerra no había pan. Había unos bollos de maíz que parecían bolas de béisbol. Aunque tuvieran dinero, los españoles no podían comprar mucho pan porque no había. Eso les imprimió el carácter de aprovechar todo lo que había, que no era mucho.

A nosotros, supongo, nos quedará la manía de no endeudarnos demasiado, a lo mejor de pagar con dinero en efectivo, de no quemar la tarjeta de crédito, y sobre todo, de no confiar en los bancos, en los banqueros ni en los vendedores de peines, porque ellos nos metieron créditos por los ojos, más de los que podíamos pagar. Y nosotros fuimos tan tontos que lo aceptamos.

Nota: he visto el programa de las jornadas de Tecnomarketing y el único gurú era Martin Lindstrom, denominado gurú del Branding y autor del bestseller “Buyology. Verdades y mentiras de por qué compramos”.

Carlos Salas

El físico Stephen Hawking dice que todo se puede explicar con palabras y con dibujos. La economía también. Por eso me he empeñado en explicar la economía para todo el mundo con descripciones visuales: perfiles que parecen fotos, reportajes que parecen películas… Llevo más de 25 años en la prensa económica y creo que cada vez hay más interés en la economía. He pasado por Actualidad Económica, El Mundo, Capital, El Economista y Metro, y en todos esos medios he tratado de acercarme al lector de una forma amena, convirtiendo lo incomprensible en digerible, a veces con humor.

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