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En Madrid no te mueres ni queriendo

14 mayo 2010 - 7:00 - Autor:

Era un sábado de verano a las diez de la noche en Madrid. Iba a cruzar una calle peatonal que estaba situada en una encrucijada. A unos ochenta metros, vi que un motorista de Telepizza se saltaba un semáforo que ya se había puesto en rojo. Vi también que un Mini BMW había echado a rodar en otra esquina, pues su semáforo ya estaba en verde. Inconscientemente calculé el momento del impacto: Tres, dos uno…. ¡impacto!

El motorista voló sobre el capó del coche, y estrelló su cabeza en el parabrisas. Luego cayó al suelo. La moto salió despedida.

Cuando me acerqué a ayudar al motorista, el hombre estaba sin casco pues el golpe había sido tan contundente que hasta el casco había volado. El repartidor estaba aturdido. Saqué el teléfono y llamé al 112. Lugar y descripción del accidente. “En unos minutos estará allí una ambulancia del Samur y un coche policía“, dijo alguien.

¿Minutos? Pensé. ¿Hoy sábado? ¿A las diez de la noche?

El repartidor recobró el sentido y se levantó. Los dos nos fuimos hasta una acera y se sentó en el bordillo. Creo que le di un pañuelo para ponerse sobre unos rasguños. No tenía en apariencia nada grave salvo el susto.

La conductora del Mini estaba desconsolada. No había visto al repartidor. “Yo no lo vi”, repetía. Tenía razón y estaba muy angustiada. Se acercó al repartidor de pizzas y le preguntó si estaba bien. La verdad es que ella estaba peor. A punto de sufrir un ataque de ansiedad si es que no había comenzado ya.

Sonó una sirena. Era la policía. Miré el reloj: ocho minutos habían pasado. Sonó otra sirena y levanté la vista. Los colores chillones del Samur.

Al chico lo recostaron y comenzaron a atenderle. Le hicieron un reconocimiento. La policía empezó a despejar la calle, yo incluido. Me fui pensando en que todo estaba bajo control, en que no había sucedido nada grave, y que este país tenía que ser muy avanzado para llevar en ocho minutos a la policía y a Samur un sábado por la noche, cuando Madrid está hirviendo de coches, cachondeos y conflictos.

Me volvió a suceder hoy. Iba por la calle y vi dos ambulancias del Samur, un todoterreno del Samur y una patrulla. Estaban atendiendo a un señor de 45 años que estaba en el suelo. Pasé junto a ellos y vi que el hombre estaba respirando por una mascarilla y tenía los ojos abiertos. Se había caído desplomado, según entendí, y la gente llamó al 112. Había entre policías y personal sanitario, unas diez personas.

Siempre que veo esa escena en Madrid, y la he visto muchas veces, pienso que la economía está mal, pero morirse, lo que se dice morirse abandonado, es imposible en la capital.

Con cinco millones de habitantes, Madrid podría ser una ciudad en la que los servicios de urgencia tardasen mucho en llegar, o la asistencia a una persona que sufriera un infarto fuera algo inexistente. Cualquier persona que viva en Madrid, y supongo que en cualquier ciudad de este país, sabe cómo responden los servicios de urgencia.

Imposible morirse abandonado. Ni queriendo, vamos.

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2 Comentarios

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Cuantas mentiras en este artìculo.Se ve que este individuo es un apesebrado de Doña Espe.En Madrid te llevan urgencias y te mueres esperando a que te atienda un mèdico,si tienes la suerte de que te lleven a un hospital que cuente con algùn mèdico de guardia.

Siento disgustarte, josaco, pero tanto la policia municipal como el SAMUR dependen del ayuntamiento de madrid, nada que ver con la espe. Y en este artículo no he leido nada de ningún hospital. Y es que, en la vía publica de Madrid, gracias al SAMUR, es difícil morirse.

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Carlos Salas

El físico Stephen Hawking dice que todo se puede explicar con palabras y con dibujos. La economía también. Por eso me he empeñado en explicar la economía para todo el mundo con descripciones visuales: perfiles que parecen fotos, reportajes que parecen películas… Llevo más de 25 años en la prensa económica y creo que cada vez hay más interés en la economía. He pasado por Actualidad Económica, El Mundo, Capital, El Economista y Metro, y en todos esos medios he tratado de acercarme al lector de una forma amena, convirtiendo lo incomprensible en digerible, a veces con humor.

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