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Bienvenidos a Anarquía S.A, la empresa del futuro

11 octubre 2010 - 7:00 - Autor:

Unos meses atrás, fui de visita a Google España en Torre Picasso. Es una planta llena de luz que parece una guardería. Futbolínes, sillones de masajes, colores chillones, paredes de cristal… y las mesas semivacías. ¿Dónde está la gente?, me preguntaba yo en silencio, mientras Javier Rodríguez Zapatero, director general, me enseñaba la oficina, junto con Marisa Toro, la directora de comunicación.

“Te preguntarás dónde está la gente”, me dijo Rodríguez Zapatero. “En su casa, en un Starbucks o donde sea. Les damos un portátil y ellos tienen que cumplir un objetivo. Nos importa un pito dónde lo quieran hacer. Lo importante es que lo hagan a tiempo”.

La oficina open source, pensé.

Sin horarios, sin sitios, sin rutina, cada uno se adapta a las obligaciones como mejor le venga. La productividad no había bajado, sino todo lo contrario. ¿Es esta la empresa del siglo XXI? ¿La que ha abandonado la técnica del palo y la zanahoria, sino que el estímulo se basa en la libertad?

Eso es lo que plantea Dan Pink en su nuevo libro “La sorprendente verdad sobre qué nos motiva” (Gestión 2000).  Las pruebas que ofrece Pink en los primeros capítulos son para arrodillarse. Imaginemos que estamos en 1995 y nos preguntan: ¿Qué piensa usted que va a triunfar? ¿Una enciclopedia realizada por eruditos profesores, bien pagados, y en la que pudiéramos consultar todo en un CD? ¿O una enciclopedia escrita por personas anónimas que no reciben sueldo, y que pueden modificar sus contenidos cuando les da la gana?

Todos habríamos dicho: la Encarta de Microsoft, claro. Pues esa enciclopedia fracasó. La que ha triunfado es Wikipedia, un trabajo de miles de personas realizado sin remuneración. Es decir, el trabajo no remunerado y altruista, es el que ha ganado. ¿No resulta eso una contradicción según los conceptos de empresa que nos habían enseñado durante años?

Los ejemplos se acumulan. Quizá ustedes hayan entrado a este blog mediante Firefox, un browser construido con aportaciones altruistas de miles de internautas. Mire uno por donde mire, se encuentra que hay millones de personas que están haciendo trabajos no remunerados por el simple placer de hacerlo. ¿Placer? ¿El trabajo un placer? Se nos cae otro mito. Hemos pasado de la Motivación 2.0 (palo y zanahoria), a la 3.0 (autonomía, libertad, autogestión). Bienvenidos a Anarquía S.A, la empresa del futuro.

Pink llega a poner un caso divertido y original. Resulta que hay una empresa llamada Vocation Vacations que ofrece a la gente hacer en sus vacaciones aquello que siempre desearon. Por ejemplo, usted paga por trabajar como chef o camarero, o como pintor o lo que sea. Pero paga por trabajar en vacaciones. Otro mito que se nos cae. ¿Pagar por trabajar? ¿No era al revés? Nos pagaban por trabajar.

Todo eso tira por tierra muchos conceptos como el que, para estimular a los empleados, había que premiarles con dinero, con coches, con bonus… Hay mucha gente que hace lo contrario. Pink exhibe algunos casos en los que el estímulo monetario hundió la productividad.

Entonces, ¿cuál es la verdad sobre qué nos estimula? El desafío, el placer de resolver incógnitas, el placer de ayudar…

¿Y cuándo y cómo hay que aplicar esa verdad? En aquellos trabajos que puede dejar de ser rutinarios para ser creativos. Usando un ejemplo científico, Pink afirma que el trabajo de un cajero de supermercado es algorítmico (repetitivo, una instrucción como un ordenador, un robot, una máquina). Ese trabajo está condenado a usar el palo y la zanahoria del pasado. Pero hay otros trabajos que son heurísticos (creativos, investigadores, innovadores), donde se da libertad al empleado para resolver su trabajo, como pienso que pasa en Google.

Como siempre sucede con los libros de Dan Pink, le abren a uno la mente y sirven para reflexionar sobre las rutinas de cada día. ¿Y si cambiamos esto o lo otro?

Dan Pink ya se hizo famoso con un libro exquisito y original “A Whole New Mind” (Una Nueva Mente), o cómo triunfan aquellas personas que usan el lado derecho del cerebro. El lado derecho es el de la creatividad, el artístico. Pues bien, esto significa que Pink sigue por el mismo camino. Original.

¿Por qué nos siguen viendo como si fuéramos una zarzuela?

8 octubre 2010 - 9:40 - Autor:

Un ejecutivo español de un gran compañía de inversión se fue a Londres a hablar con Financial Times en los días en que los fondos de inversión atacaban los mercados españoles. Estuvo un rato hablando con el periodista que escribe editoriales sobre macroeconomía y mercados de deuda. Le explicó que estaban exagerando la idea de que España no podría afrontar sus pagos de la deuda externa. “Eso no pasará nunca”, dijo el ejecutivo español. Y le enseñó un montón de cifras. Teníamos menos deuda que Gran Bretaña y nuestra banca estaba mejor. Es verdad que teníamos déficit fiscal, pero nadie había tenido el superávit que tuvimos hace tres años. Las cosas estában mal, pero no para dudar de nuestra capacidad de pago.

El periodista, que era  de los que usaba el término PIGS para referirse a España y otros países del submundo económico, asintió en todo momento. Le explicó que quizá habían exagerado en su periódico, y que eso era una forma de desviar la atención sobre los problemas del Reino Unido.

El ejecutivo español regresó a su país esperando haber convencido al editorialista. Las informaciones exageradas estaban dañando mucho la deuda española, y encareciendo todas las operaciones de capital riesgo, o inversiones en España.

Tres días después, apareció un artículo en el periódico aún más duro contra España. “No lo entendí”, dijo este ejecutivo.

Yo creo que sí se entiende. Desde hace tiempo, mejor dicho, a lo largo de este año, vengo escribiendo en este blog sobre los efectos de la visión anglosajona del mundo. La prensa económica más influyente es anglosajona. Cierto. Es una prensa bien hecha y seria. Usa el inglés que es el idioma universal, el de los negocios. Pero cada vez me molesta más el sesgo antieuropeo, o antiespañol en nuesto caso. Creo que siguen teniendo una visión de turista con chancletas.

¿Pruebas? Hace una semana, The Wall Street Journal reprodujo un reportaje audiovisual que empieza como una zarzuela: toreros, fandangos, bailaoras, y hasta gaiteros. No mienten, claro. Pero es como si nosotros comenzáramos un reportaje económico sobre EEUU poniendo persecuciones policiales, la silla eléctrica, y los gordos que comen hamburguesas. Y que eso lo hiciéramos para explicar la Bolsa de Wall Street.

Luego, vino The New York Times con otro video parecido para hablar del desempleo en Andalucía, el cual relacionó con las chirigotas.

A veces, cuando abro The Economist veo que siguen añadiendo la caricatura de un torero o de un toro cuando hablan de España. Entiendo que cada país está asociado a una imagen, y que eso facilita las cosas. Pero que en los textos se nos trate como PIGS (cerdos en inglés, por aquello de que engloba las iniciales de países como Portugal, Italia, Grecia y España), me parece denigrante. O peor, más denigrante es que aceptemos ese calificativo como quien acepta que le llamen estúpido.

¿Por qué esa manía anglosajona? El ejecutivo español que fue al FT dijo que allí le explicaron que lo hacían para desviar la atención de sus propios problemas. Yo creo que es porque asocian, sin pruebas, España a falta de fiabilidad. Y creo que el color de lo español con sus costumbres, es tan atractivo como los viajes de Washington Irving en el siglo XVIII. Pero una cosa es la deuda española, y otra las chirigotas.

En muchas categorías, España supera a Gran Bretaña y a Estados Unidos: tenemos mejores trenes y carreteras, mejores aeropuertos. ¿Y alguien duda de que es un signo de progreso y civilización? Nuestro sistema nacional de salud es incomparablemente mejor que el británico y que el norteamericano, otro signo de civilización y de estabilidad. Compramos sus bancos, sus aeropuertos, y sus compañías telefónicas. Y ahora les vamos a instalar plantas de energía termosolar.

Podría seguir poniendo ejemplos.

La prensa española debería reaccionar siendo más crítica a la hora de aceptar esas informaciones sobre España. Y lo ha hecho. Hace poco FT dio por bueno un informe confidencial donde se decía que la economía española había caído en los últimos años un 14%. Era falso. La prensa española, salvo la más radical, la ignoró. Ya son muchas meteduras de pata de estos anglosajones.

La guerra que viene: moneda contra moneda

7 octubre 2010 - 7:00 - Autor:

La noticia más importante de ayer no eran el ciberataque a la web de la SGAE, o el viaje de la policía española a Colombia para interrogar a guerrilleros arrepentidos de las FARC. La noticia más importante era el aviso que daba el director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn: “Señores gobernantes, no se metan en una guerra de divisas”.

Lo dijo con las siguientes palabras al Financial Times. “Ha comenzado a circular la idea de que pueden utilizarse las monedas como arma de política (económica)”.

¿A qué se refiere? Muy sencillo: manipular el tipo de cambio es una forma rápida y tentadora que tienen los gobiernos para arreglar los desperfectos de las economías. Por ejemplo, cuando España tenía un problema con la caída de las exportaciones, con la falta de competitividad de sus productos, o cosas peores, entonces llegaba el ministro de Economía y devaluaba la peseta. Inmediatamente, pasaban dos cosas: los españoles eran más pobres comparados con sus vecinos, pero sus productos eran más baratos. A corto plazo, venían más turistas, se invertía más en España y los productos españoles se vendían mejor. Exportábamos más.

Esta varita mágica se sigue usando por cada país como le conviene. El problema es que lo que le conviene a uno no le conviene al otro. China tiene un gigantesco superávit comercial. Sus productos son muy baratos. Pero si ellos tienen superávit es porque otros países tienen déficit. Para equilibrar esa balanza (las divisas salen de nuestros países y entran en masa China), se le pide a China que suba el precio de su moneda, cosa a la que se niegan los chinos. Subir de precio la moneda tendría un efecto inmediato: China no succionaría tantas divisas, y al tener una moneda más fuerte, le sería más fácil importar productos, sean españoles o japoneses.

Todos quieren manipular sus monedas para solventar sus problemas internos por arte de magia. Es tan cómodo. A veces, se hace de una manera muy sutil como Brasil, que para evitar que se revalúe su moneda, anunció que va a imponer una tasa sobre las entradas de capital. ¿La razón? Ese país está creciendo tanto, que todo el mundo quiere invertir allí. Al hacerlo, demandan la moneda local, y esa demanda hace que se revalúe.  Justo ahí, los productos brasileños son menos competitivos porque son más caros. Eso es lo que pretende evitar el gobierno brasileño, pues al ser más caros, el comercio de ese país decae. Con razón Strauss-Kahn decía:

“Hemos visto informaciones de que algunos países emergentes cuyas economías se exponen a fuertes aflujos de capital están diciendo que quizás sea ya hora de utilizar sus divisas para lograr ventajas, sobre todo en el comercio. No creo que sea una buena solución”.

Este fenómeno lo vamos a ver cada semana en los próximos meses. Hay muchos desequilibrios internos en las grandes economías mundiales, y todas quieren atajarlos por la vía rápida. Pero al hacerlo, entonces, transmiten su desequilibrio al sistema. Dijo Strauss-Kahn: “”Si llegara a traducirse en acciones concretas, esa idea representaría un riesgo muy grave para la recuperación mundial…Tendría un impacto negativo y muy dañino a largo plazo”.

¿La solución?

Exportar a otro planeta. ¿No ha creado la ONU una representante para contactar con extraterrestres? Pues que sea un empresario, por favor. Así tendremos superávit y ellos tendrán déficit.

Twitter ya es el medio de masas más veloz

6 octubre 2010 - 8:33 - Autor:

En las pasadas elecciones primarias del PSOE, el medio de comunicación más rápido fue Twitter. Cuando aún estaban los grandes medios sopesando los votos, el sistema de transmisión de mensajes de Twitter ya daba ganador a Tomás Gómez. Cuando incluso en el PSOE, las federaciones pasaban infomación confidencial a José Blanco, los que estaban al tanto de Twitter de su propio partido ya tenían la información del ganador.

Twitter fue más rápido que la maquinaria del PSOE. Se ha convertido en el medio más rápido, más incluso que la televisión y la radio, más incluso que los diarios digitales, pues todos aquellos que no tuvieran un sistema de mensajería en la portada, se perdían la exclusiva durante varios minutos. Los medios digitales (incluido la informacion.com) estaban pendientes de estos mensajes de 140 caracteres.

Hace poco, la National Public Radio de EEUU realizó un estudio que indicaba lo siguiente: Twitter es el medio preferido para pasar información de primera mano, noticias calientes, y Facebook para análisis o temas de debate, de salud o medio ambiente.

Twitter es el medio más instantáneo gracias a su facilidad, rapidez y extensión. Cualquier persona con un teléfono móvil puede enviar un mensaje a esta red, y difundirlo mundialmente en segundos. ¿Qué medio puede hacer eso? ¿Televisión? No llevamos una cámara al hombro, y aunque fuera así, lo difundiríamos en un canal  solamente. ¿Radio? Tampoco cargamos con micrófonos, y en cualquier caso, estaríamos limitados a una emisora. ¿Prensa de papel? Tarda 24 horas. ¿Diarios digitales? Sí, por supuesto, siempre que tengan en primera página un módulo que indique el minuto a minuto de Twitter. Internet gana la partida.

Hasta ahora Twitter era un medio hiperveloz. Siempre lo fue desde su nacimiento. Pero a medida que ha crecido el número de seguidores (va por 190 millones) y a medida que ha aumentado el uso de esta herramienta por cualquier mortal gracias a un móvil, se ha convertido además en un medio de comunicación de masas.

Hace mucho, el grupo musical de humor “Les Luthiers” decía que, en este mundo, lo importarte no era saber, sino tener el teléfono del que sabe. Hoy dirían: lo importante no es saber, sino ser “seguidor” (follower) del que tiene la sabiduría.

Diez años de la revista Capital: reflexiones de un ex director

5 octubre 2010 - 7:54 - Autor:

Hace 10 años se puso en marcha la revista Capital. Éramos unos 25 profesionales, entre redactores, diseñadores, documentalistas…

Dirigí la revista durante cinco años, y todavía hoy me sigo haciendo las mismas preguntas. ¿Qué quiere el lector? ¿Por qué lo quiere? ¿Qué le molesta?

Meses antes de que el primer número saliera a la calle, el grupo GYJ, editor de Capital, organizó unos focus group para afinar los contenidos de la revista. Consistió en escoger un grupo de gente (lectores en potencia), encerrarlos en una habitación, dejarles la revista y luego preguntarles la opinión.

Mientras sucedía esto, los editores y yo nos encontrábamos detrás de una pared acristalada (un falso espejo) desde donde íbamos viendo el comportamiento de la gente como si fuera un zoo humano. Los participantes del focus group eran avisados de que les estábamos observando pero pasados unos minutos, nos ignoraban.

Me sorprendió lo siguiente: la mayor parte de los lectores (ejecutivos, pequeños empresarios, directivas), se pasaron un buen rato leyendo un artículo sobre los quehaceres de los hijos de las gente rica de España. Era un artículo muy entretenido y con mucha información y muchas fotos. Era como un Hola! de los vástagos de las grandes fortunas. El artículo era largo, pero había muchos artículos más en la revista, y a mi gusto, más atractivos.

Terminada la hora de lectura, una monitora entró en la sala y preguntó qué artículos les habían gustado más y cuáles menos. Sorpresa: el que menos les había gustado era el de los vástagos de los ricos. Lo tacharon de frívolo y superficial. ¡Pero si era el único que leyeron todos!, pensé yo confundido. Lo había visto con mis propios ojos. ¿Por qué mentían?

También dijeron que les molestaban un poco las ilustraciones y los dibujos, y que a veces la revista no parecía seria.

Los artículos de fondo habían sido trabajados durante mucho tiempo, y el estilo se había corregido varias veces para hacerlos completamente claros. Pero el diseño, ciertamente, era llamativo. ¿Qué quería decir eso? Que los lectores deseaban una revista económica más seria, al menos en apariencia.

Ese es el paradigma de las revistas económicas en España. Los lectores suelen confundir dibujitos con superficialidad. Claro, excepto si esos dibujitos o esos reportajes vienen en The Economist porque entonces hablan de “la prestigiosa revista británica” (la cual no entienden porque el inglés del lector español es medio-medio). The Economist ha llevado a portada caricaturas de Bush, de payasos, hasta carteles  de cine. Business Week usa titulares extravagantes, y Fortune es la maestra de los reportajes de gente rica y jóvenes promesas. Y los lectores se lo han agradecido porque eso no conmociona las bases de unas marcas con mucha solera. Muchas veces, las portadas de esas tres revistas parecen carteles de circo. Para mí, eso es importante, lo cual no afecta a su contenido.

A veces, cuando imparto alguna clase de periodismo en alguna facultad, anuncio que voy a mostrar la portada de una revista seria de economía y entonces enseño una portada con la cabecera de El Jueves. La gente se ríe porque piensa que es una broma, pero la broma viene después porque descubro que la portada era de The Economist, una portada simpática, rompedora o irreverente como la que muestro aquí al lado. Entonces, la audiencia se queda patitiesa. Sí, en efecto, se puede ser serio y divertir.

Creo que la revista Capital ha tenido que pasar por muchas metamorfosis para llegar a ese punto en que el lector español agradece los contenidos y elogia el diseño. El número que está ahora en los quioscos es el ejemplo. Un amplio reportaje sobre cómo arreglar el caos del país, acudiendo a lo que mejor hacen otros países. Una entrevista a Juan Luis Cebrián, consejero delegado de Prisa, y otra a Luis del Rivero, presidente de Sacyr. Reportaje sobre ciudades españolas en la Champions League, y las Zara que vienen. Otro de cómo la revistas de calidad no paran de crecer…

El equipo de profesionales dirigido por Consuelo Calle ha hecho un producto redondo. Ahora ya no hay excusa: la economía presentada con elegancia, profundidad y amenidad. Por eso celebro estos diez años como si los hubiera cumplido yo mismo.

PD: el acto de celebración tuvo lugar ayer en el hotel Palace de Madrid, al cual asistió como conferenciante Ángel Gurría, secretario general de la OCDE. Una brillante conferencia. Hoy en lainformación.com podrán leer la entrevista.

El mejor y el peor año de Alemania

4 octubre 2010 - 7:00 - Autor:

No muchos países tienen la oportunidad de celebrar el día en que se unieron. Alemania celebra por estas fechas, el 3 de octubre, el día de la unificación. Hace veinte años, en 1990, el canciller Kohl logró unificar dos Alemanias separadas desde la Segunda Guerra Mundial, separadas incluso por un muro de cemento y ametralladoras.

No es la primera vez. A finales del siglo XIX, el canciller Otto von Birmarck logró que los diferentes miniestados alemanes superasen sus diferencias, y se unieran para crear la Alemania moderna.

Pero, de esas dos unificaciones, sin duda, 1990 fue el mejor año de la historia de Alemania porque se olvidó aquella pesadilla. Fue el mejor año desde el punto de vista político.

¿Y cuál fue el peor año? Desde el punto de vista económico, 1923 fue el peor año de su historia: un año que nadie olvida en ese país a pesar de que no hay muchos que puedan decir “yo viví aquello”.

Fue el “Inflationszeit“, el tiempo de la inflación. Y hoy toda Europa, aunque no lo sepa, vive bajo sus efectos.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, en 1918, el marco sólo había perdido la mitad de su valor en los mercados internacionales. Hasta entonces, la tasa de cambio era de 4,2 marcos por dólar. Cinco años después era de 420.000 millones de marcos por dólar.

La espiral en la que había caído el marco es una de las cuestiones que más sorprenden a los economistas. Una de las consecuencias era que los trabajadores alemanes recibían su paga semanal y salían corriendo a comprar productos de primera necesidad porque en cada hora que dejaran pasar su dinero valía menos. Como la inflación les iba comiendo el terreno, exigieron que se les pagara diariamente; pero como eso era insuficiente porque los precios subían de hora en hora, los trabajadores recibían su paga hasta dos veces al día.

Para cualquier trabajador, aunque no lo sepa, la estabilidad de su moneda es lo que le permite ahorrar y planificar su futuro. En 1923 eso no existía en Alemania.

Sucedían otras cosas más chocantes. Se podía saldar la deuda con el banco con un sello de correos. Llegaron a imprimirse sellos de correos por 2.000 millones de marcos, y billetes de 100.000 millones de marcos.

Un billete de 100.000 millones de marcos (billionen, en alemán)

Los precios subían con tal velocidad que, en lugar de modificar las etiquetas, los comerciantes colgaban un cartel que exhibía el factor multiplicador del precio. Este factor lo conseguían llamando por teléfono a los bancos, y preguntando la tasa de  cambio del dólar.

¿Y por qué se llegó a esa locura?

Por las reparaciones de guerra. Al terminar la Primera Guerra Mundial, las potencias vencedoras cargaron a Alemania la culpa del desastre. Lo que suele pasar en las guerras. Pero en este caso, se obligó a Alemania a entregar el país a los extranjeros: la flota mercante, vacas, minas de carbón, y hasta territorios, como Alsacia-Lorena, entre otras.  Las colonias alemanas en el extranjero pasaron a manos aliadas.Muchas patentes alemanas fueron directamente a empresas norteamericanas. Se le impidió tener fuerza aérea y se limitó su ejército a 80.000 hombres. Los franceses ocuparon la zona minera del Ruhr para asegurarse el cobro de las indemnizaciones de guerra.

A la vista de que Alemania se quedaba sin patrimonio, los mercados internacionales desconfiaron de la moneda alemana e inmediatamente cayó el valor de la misma. Era un país sin credibilidad financiera. ¿Cómo iba Alemania a pagar sus deudas si no tenía ni propiedades? No había riqueza. Todo estaba hipotecado.

El economista británico John Maynard Keynes vislumbró esta humillación y escribió un ensayo titulado “Las consecuencias económicas de la paz”. Allí denunció que las potencias vencedoras estaban abusando de Alemania, y de las potencias centrales. “Si aspiramos deliberadamente al empobrecimiento de la Europa central, la venganza, no dudo en predecirlo, no tardará”, escribió.

A finales de aquel año, llegó a la presidencia del Reichbank un hombre llamado Hjalmar Schacht. Nacido en un pequeño pueblo que hoy está en Dinamarca, estudió economía en Kiel, trabajó en el Dresdner Bank y por fin entró en el Reichbank como directivo.

Hjalmar Schacht, presidente del Reichbank en 1923.

Schacht controló la inflación en pocos meses, y recuperó el prestigio de la economía alemana. ¿Cómo lo hizo? En primer lugar, en noviembre de 1923, le quitó once ceros al tipo de cambio, de modo que un dólar en lugar de valer 420.000 millones de marcos, bajó a 4,2 marcos. Luego, logró pactar con los aliados un plan para devolver la deuda poco a poco. Eran 2.500 millones de marcos, segú informaba Die Welt. Al principio se cargaría un interés del 7% anual, y luego del 5%.  Los aliados se fiaron del plan de Schacht y poco a poco, Alemania recuperó su prestigio y el marco recuperó su valor.

La semana pasada, el diario alemán Die Welt publicó que, según los presupuestos de la República Federal Alemana aprobados por el gobierno de Angela Merkel, se procedía a la última cuota de aquellas reparaciones de guerra. Año tras año, desde 1923, los alemanes habían ido pagando pacientemente su deuda. Se interrumpieron los pagos durante los años en que Hitler gobernó Alemania, pero se retomaron después de la Segunda Guerra Mundial. Los pagos del capital se terminaron en 1983, pero quedaban los intereses. El pacto era no abonarlos hasta que el país estuviera unificado, y se acordó que cuando eso sucediera, Alemania tendría 20 años para liquidar los intereses. Se pensaba que nunca llegaría esa unificación, al menos en el siglo XX.

Pero el 3 de octubre de 1990, hace 20 años, el país se unió. Entonces, el cronómetro imparable de los banqueros se puso en marcha de nuevo. Y justo al cumplirse 20 años, esos alemanes comprometidos, saldaron su deuda. No fallaron ni un solo año. Ni un solo día. La última cuota fue de 20 millones de euros.

Era la libra de carne exigida por los aliados, que nunca se la habían perdonado.

Hjalmar Schacht escribiría en sus memorias, tituladas 76 Jahre meines Lebens (76 años de mi vida, sin traducción al español), que la palabra Inflationszeit, la era de l inflación, nunca sería olvidada por una generación de alemanes. Se equivocó. No ha sido olvidada por tres generaciones. Aquella inolvidable y dolorosa lección es la base del control económico, del control de la inflación, y de la férrea política monetaria alemana: antes sobre el marco, ahora sobre el euro. Sobre la zona euro. Sobre Europa.

Los alemanes no olvidan el peor año económico de su historia. Aquel infame 1923.

Mentiras y estadísticas

3 octubre 2010 - 7:00 - Autor:

Cada vez que se publica una estadística, hay algún matemático que levanta una ceja. ¿Por qué? Porque es muy fácil engañar con los números. Se engaña con los porcentajes, con las comparaciones, con los crecimientos… Lo hacen los gobiernos, las empresas, los bancos… La estadística es una verdadera jungla que hay que saber explorar.

Ese es el subtítulo de un libro que no es nuevo, pero sí es necesario tener a mano para no desesperar en la selva de la interpretación de cifras. El título es: “El tigre que no está” (se subtitula “Un paseo por la jungla de la estadística”). Editorial Turner.

Escrito por Michael Blastland y Andre Dilnot, en la contratapa se lee que es recomendable para los periodistas  y los políticos. A los primeros, se supone que les conviene para que no se dejen engañar. Y a los segundos, para que no engañen a sus electores porque con este manual les pueden descubrir las mentiras.

Blastland es escritor y comunicador, y Dilnot es rector de universidad. El libro está basado en un montón de casos sacados de la realidad, es decir, de los periódicos, y de ese descuido de los periodistas con las estadísticas fáciles. Explican los autores por ejemplo que hace años el gobierno laborista dijo  que iba a invertir 300 millones de libras esterlinas en cinco años para crear un millón de plazas en las guarderías. La oposición se echó las manos a la cabeza. Cuando se sacaron las cifras de verdad, se vio que suponía sólo un gasto de 1,15 libras por plaza a la semana. ¿Encontraría usted una plaza de guardería para sus hijos por ese precio?, se preguntan los autores del libro. Pues no. Era una ganga.

Como este ejemplo, hay muchos más en el libro.

Para los que quieran inmunizarse contra las interpreraciones de las cifras y los porcentajes, hay otro libro altamente recomendable: “Curso deautodefensa intelectual”, de Normand Baillargeon (Editorial Ares y Mares). Expone las trampas publicitarias y los eslóganes basados en comparaciones falsas; detecta los trucos de los académicos que engañan con los números y da vacunas para inmunizarse contra los magos de las cifras.

Estos dos libros dan lugar a algunas reflexiones. Abrir la prensa o conectar la televisión es encontrarse con una millonada de datos sobre resultados exagerados de compañías, planes de gobiernos, promesas de políticos. Algunas sólo se pueden interpretar a la luz de las percepciones extrasensoriales, es decir, sospechando que son un engaño. Pero cuando interviene la lógica, esas falsedades se derrumban definitivamente.

Por último, el padre de la estadística moderna, el alemán Ernst Wagemann, tiene un hermoso y pequeño libro titulado “El número, detective: recursos y artimañas de la estadística” (FCE). Es un relato autobiográfico de los obstáculos que tuvo que sortear él como jefe de la oficina de estadísticas de Alemania, y sus conclusiones sobre cómo hay que interpretar las cifras para saber el comportamiento de la humanidad.

A final, se saca la certeza de que no hay mejor  respuesta ante las sospechas de manipulación que comprarse una calculadora para poner en evidencia muchas estadísticas. Y comprar estos libros, por supuesto.

Carlos Salas

El físico Stephen Hawking dice que todo se puede explicar con palabras y con dibujos. La economía también. Por eso me he empeñado en explicar la economía para todo el mundo con descripciones visuales: perfiles que parecen fotos, reportajes que parecen películas… Llevo más de 25 años en la prensa económica y creo que cada vez hay más interés en la economía. He pasado por Actualidad Económica, El Mundo, Capital, El Economista y Metro, y en todos esos medios he tratado de acercarme al lector de una forma amena, convirtiendo lo incomprensible en digerible, a veces con humor.

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