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La destrucción del sueño islandés (III parte): regreso a la edad del hielo

24 abril 2011 - 7:00 - Autor:

Hace pocas semanas, el 9 de abril pasado, mediante una simple votación, el pueblo islandés se negó a pagar las deudas de sus bancos, y ese mensaje dio la vuelta al mundo. ¿Cómo? ¿Que no van a pagar sus deudas?
Para los románticos del planeta, atrapados como los islandeses en sus deudas hipotecarias, este gesto era un acto de colosal belleza. Pero los gobiernos y los bancos del mundo lo vieron de otro modo: si no pagas tus deudas, sencillamente no te prestaremos más dinero en lo que te queda de vida.
Dicho y hecho: las agencias de calificación financiera pusieron ese día la deuda soberana de Islandia en vigilancia negativa. Ya después de su gran crisis de octubre de 2008 estaba a la altura del bono basura (BBB), y con este empujón era como decir: y encima, unos roñosos.
Actuando como verdaderos Cobradores del Frac, los ministros de los países más afectados por esta decisión dejaron caer sus amenazas en los días siguientes. ”Islandia aún tiene la obligación de pagarnos“, dijo el ministro de Finanzas holandés Jan Kees de Jager.
El ministro de Hacienda británico Danny Alexander añadió que “tenemos la obligación de recuperar ese dinero, y nosotros continuaremos buscando hasta que lo que logremos”.
Pero, ¿por qué eran tan implacables los gobiernos de Gran Bretaña y Holanda?
Lo que muchos románticos del mundo no saben que detrás de esa deuda bancaria de los ciudadanos islandeses no hay nombres y apellidos islandeses sino británicos y holandeses. Inversores que un día confiaron en la solvencia de esa pequeña isla. Y su caso es la parábola de la destrucción del sueño islandés.
Estos inversores pusieron su dinero (unos 5.000 millones de euros) en un banco on line llamado Icesave, algo así como Ahorro Islandés, aunque también podría llamarse Ahorro Congelado (porque Iceland en inglés significa tierra de hielo).
Este banco dependía del Landsbanki y prometía unos intereses elevados, mucho más de los que ofrecía cualquier país de la UE.
Unos 300.000 ahorradores británicos y holandeses dirigieron sus ahorros allí, pensando en lo gratificante que resultaría cobrar intereses de hasta el 6% al año, el doble y triple que en la UE.
Cuando se desató la crisis en octubre de 2008, este banco fue nacionalizado porque no tenía forma de devolver el dinero que mucha gente le había depositado. ¿Dónde estaba la pasta? Prestada a miles de islandeses, que con ella renovaron su parque automovilístico, compraron chalets de ensueño e hicieron viajes fascinantes a medio mundo.
Landsbanki no tenía dinero en efectivo para devolver los depósitos de modo que fue nacionalizado para evitar el pánico. Pero el pánico traspasó fronteras y los británicos y holandeses que habían metido su dinero ahí lo querían de vuelta. Y todavía lo siguen exigiendo. Ahora con más preocupación porque desde el pasado 9 de abril los islandeses han dicho ‘no’ en referéndum.
La conclusión es que el sueño islandés ha quedado destruido por ellos mismos: por sus bancos, por su codicia, por sus gastos, por la irreflexión de su gobierno, por la pasividad de su banco central. Fuenteovejuna en versión atlántica.
Los islandeses, carcomidos por las deudas que no pueden pagar y sin credibilidad internacional, han regresado a la edad del hielo. El PIB, que en 2007 había sido de 20.428 millones de dólares, hoy es de 12.594 millones. La tasa de desempleo, desconocida a principios de la década, supera el 8% de la población activa, según las estadísticas del FMI.
Este país fundado por marinos noruegos nueve siglos antes del nacimiento de Cristo, ahora no atrae capitales extranjeros, sino oleadas de periodistas que se esmeran en explicar cómo se puede arruinar tan rápido a 300.000 habitantes.
Nadie les quitará nunca los recuerdos de esa riqueza. Pero tampoco nadie, ni siquiera las urnas, les eximirá de pagar sus deudas a no ser que quieran vivir eternamente como unos apestados.
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La destrucción del sueño islandés (II parte): pagad vuestras deudas, terroristas

22 abril 2011 - 7:00 - Autor:

Geir Haarde se preparó para pronunciar la peor frase de su historia. “Estamos al borde de la bancarrota nacional”.
Para el primer ministro de un país tan rico como Islandia, esa frase era como el anuncio de que uno de sus volcanes iba a destruir la isla. Pero en este caso era un volcán financiero.
Era 6 de octubre de 2008.
Al día siguiente estalló ese volcán. Dos de los tres grandes bancos del país, el Glitnir y el Landsbanki fueron nacionalizados. Dos días después, cayó el tercero: Kaupthing también fue nacionalizado. El sistema financiero islandés estaba medio muerto.
¿Cómo era posible que este paraíso económico se hubiera hundido en tan poco tiempo?
La explicación estaba en sus atractivos tipos de interés.
Para cualquier inversor internacional, meter en dinero Islandia era un buen negocio: en 2000 y 2001 se podía obtener hasta un 10% de interés, cuando en Europa a duras penas te daban el 3%. (ver cuadro: el primero representa los tipos de interés comerciales en Islandia. El de más abajo, en España. Fuente IndexMundi).
Parecía un sistema Ponzi, como el empleado por Bernard Madoff: es decir, si alguien te ofrece mucho interés por tu dinero, es que huele a podrido. Pero cuando los inversores miraban a Islandia,  ¿quién iba a dudar de uno de los países con mejor nivel de vida del mundo? Además, estos nórdicos (pensaron muchos) son gente de palabra. La prueba definitiva era que las agencias de rating S&P, Fith y Moody’s calificaban a Islandia como país ultrafiable: triple A.
Por esa misma razón, las noticias de que el crédito mundial se estaba contrayendo desde mediados de 2007 eran interpretadas por los inversores del mundo como un mal puramente americano: Estados Unidos comenzaba a sufrir los excesos de sus ciudadanos. Eran ellos, no nosotros. La prensa mundial se divertía un montón con esa palabra inglesa llamada subprime para denominar las hipotecas basura.
Además, la subprime tenía una explicación tan sencilla…
Los tipos de interés habían comenzado a subir en EEUU en 2004. A partir de entonces, y como un goteo infernal, millones de familias norteamericanas de poca solvencia devolvieron las llaves de sus casas porque no podían pagar las cuotas. Eran los ninjas, no job, no income, no assets. Habían obtenido créditos fáciles para comprar sus casas, y ahora se veían sin dinero para seguir pagando. Las empresas hipotecarias que habían servido de intermediarias, se colapsaron. Los fondos que habían invertido en esas hipotecas, se hundieron. Los bancos que habían realizado esos préstamos, se ahogaron. Y los grandes bancos de inversión que habían extendido esa basura financiera por el mundo, no eran capaces de devolver el dinero.
Pero la idea general que recorría el planeta era que ese problema se limitaba a EEUU.
Sin embargo, a partir del momento en ya no era tan fácil obtener crédito en el mercado mundial, dejaba de ser un problema yanqui. Los países que vivían del crédito internacional permanente (Islandia y España, por ejemplo), empezaron a sufrir la recesión.
“En lo que va de año”, decía un artículo de El Mundo en abril de 2008, “la corona se ha depreciado un 27% frente al euro”. Era un artículo dedicado exclusivamente a analizar el caos que se cernía sobre Islandia.
Y entonces, algo peor sucedió en EEUU: el banco norteamericano de inversión Lehman Brothers entró en bancarrota en septiembre cuando nadie acudió a su rescate.
Las fichas de dominó no tardaron en empujarse unas a otras.
Los inversores internacionales -fondos, particulares o banqueros-, fueron exigiendo sus capitales por todo el planeta para evitar su propia ruina. En su caso, los británicos y holandeses miraron a los bancos islandeses y les dijeron: ¿os importaría devolvernos nuestro dinero? Los bancos islandeses lo habían prestado casi todo a miles de islandeses como Jon Asteir Johanneson, dueño del emporio Baugur: la realidad es que los bancos apenas tenían dinero en la caja. Eso en argot financiero se llama bancarrota.
Pero sí había alguien que podía ayudar a los bancos de Islandia: el gobierno de Islandia. Salió al rescate de sus bancos. Los nacionalizó, mejor dicho, los re-nacionalizó. Kaupthing, Landsbanki y Glitnir pasaron de manos privadas a públicas. Era la única forma de asegurar los depósitos.
Pero esto no fue suficiente: los británicos exigían su dinero. Y al ver que los islandeses no pagaban sus deudas a tiempo, el primer ministro británico Gordon Brown les amenazó nada menos que con una ley antiterrorista. Eso sucedió el 7 de octubre de 2008. Los islandeses no olvidarán ese día porque aquello precipitó aun más el caos de esa pequeña isla volcánica.  ¿Los islandeses? ¿Terroristas?
En pocas palabras, : o pagaban, o lo iban a pasar muy mal.
Como no podían pagar, las cosas empeoraron aun más. Las agencias de rating, que en septiembre todavía calificaban la deuda como A, rebajaron en octubre la fiabilidad de Islandia a B negativo: bono basura.
La corona islandesa se desplomó. Debido a ello, los inmensos compromisos que había contraído este país en años anteriores, se hicieron más onerosos porque ahora necesitaba más coronas para comprar lo mismo. En pocos días, el valor de la Bolsa cayó un 90%.
Ese mismo mes de octubre, los gritos de socorro de Islandia se dejaron escuchar en el Fondo  Monetario Internacional que aprobó un préstamo de 2.100 millones de dólares. Apiadados de sus amigos islandeses (eran sangre de su sangre), Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia añadieron 2.100 millones de dólares adicionales (Es curioso que hoy haya gente en Finlandia que ponga en duda a los europeos del sur pero hace tres años los finlandeses salieron al rescate de sus compañeros del norte sin quejarse).
En enero de 2009 el jefe de gobierno, Geir Haarde, y todo su gabinete dimitieron. Para esas fechas, el Banco Central ya había subido los tipos de interés del 12 al 18% para que la moneda no se siguiera hundiendo.
Desde entonces, los islandeses se encuentran con una marea de deudas que no saben cuándo pagarán, y con una economía que, a escala internacional, ha perdido su credibilidad. ¿Es que las cosas podían salir peor?
Según la ley de Murphy, sí.
Hace pocas semanas, un suceso asustó a las agencias de rating, que inmediatamente pusieron la deuda soberana de Islandia en observación negativa. Todavía peor.
¿Qué había pasado para que las agencias de calificación ya no se fiaran un pelo de Islandia?
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(Próxima y última parte: Ice Age, regreso a la edad de hielo)
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Mi Twitter @ojomagico

La destrucción del sueño islandés (I parte): un país de película

21 abril 2011 - 7:00 - Autor:

El cineasta Lars von Trier dirigió en 2006 una película titulada “El jefe de todo esto” que contaba la vida del joven magnate imaginario que un día afronta serios problemas económicos. Muchos islandeses, tras ver esta película, creyeron que Lars von Trier se refería a Jon Asgeir Johanneson, un joven compatriota suyo que en poco tiempo se convirtió en una de las fortunas más reverberantes de Islandia.
Johanneson (foto de la derecha) era el presidente de Baugur, uno de los grandes emporios empresariales de Islandia.  Baugur había comenzado con una cadena de supermercados en los años setenta. A mediados de 2005  ya se había convertido en la mayor empresa privada de Islandia, con tiendas de ropa, joyerías, supermercados… Además había comprado varias propiedades en Reino Unido. Tenía 65.000 empleados, 3.800 tiendas y unas ventas de 10.000 millones de libras esterlinas.
Johanneson era el rey Midas de Islandia. Según The Times, tenía una fortuna de 600 millones de libras, lo cual le daba más que suficiente para comprarse, entre otros caprichos, un yate de 50 metros de eslora, un piso en nueva York, un Rolls Royce Phantom. Consumía 10 latas de Coca Cola al día.
La fuerza de este empresario radicaba en el dinero que le facilitaban los bancos de su país. En realidad, Johanneson hacía a lo grande los que 300.000 islandeses hacían en pequeño. Comprar, endeudarse, crecer, seguir comprando. Casas, coches electrodomésticos. La historia de Johanneson ocupaba los primeros minutos de “Inside Job”, un documental sobre la crisis financiera que obtuvo un Oscar de Hollywood. En realidad,  todos los islandeses eran unos Johanneson en pequeñito.
¿Cuándo había empezado esta riqueza islandesa?
Vayamos hacia atrás en la máquina del tiempo, en especial, hasta los años setenta.
Islandia era un país pesquero y minero no muy rico, la verdad. Exportaba pescado, aluminio y ferrosilicona. La dependencia de su economía de estos productos era tan grande que cualquier variación mundial del pescado o del aluminio golpeaba duramente los precios del país. Por eso, el mayor caballo de batalla de Islandia era la inflación.
Durante décadas, la inflación no se ha podido controlar a pesar de los intentos del Banco Central de aquel país. Por ejemplo, a mediados de los setenta superó el 150%. A principios de los ochenta no bajaba del 100% anual. En los noventa tuvo picos del 1% al 7%.  Mucho mejor, pero siempre con el temor de sufrir fuertes oscilaciones (ver gráfico).
El gobierno pensó que una forma de depender menos de esas oscilaciones era subir los tipos de interés.
Así, este pequeño país llegó a tener tipos de interés del 15%. Insólito, según explicaba en un artículo Jon Danielsson, experto de la London School of Economics.
Y entonces sucedieron varias cosas: por un lado, los islandeses pedían créditos en moneda extranjera para evitar sus costosos créditos locales. Por otro, los inversores internacionales (bueno, sí, especuladores) se sintieron tentados a poner su dinero en Islandia porque les daban hasta un 10% de interés.
Y como siempre, el reflejo de todo ello era que la moneda local, la corona, se iba revalorizando. ¿Qué significa eso? Que importar productos era más barato.
Para colmo de coincidencias, el planeta vivía desde mediados de los años setenta en la imparable corriente de la liberalización financiera. EEUU y Gran Bretaña, se habían sumado a esta corriente nacida en la mente de los economistas de Chicago (Milton Friedman fue el padrino) de modo que el capitalismo popular se convirtió en su lema, y el gobierno islandés decretó la liberalización de los servicios financieros.
Los bancos islandeses no se quedaron atrás: poco a poco, los grandes bancos públicos fueron privatizados. Los nuevos accionistas eran grandes emprendedores y para atraer capitales y prestar dinero, podían ofrecer jugosos tipos de interés. De este modo, fondos de inversión y banqueros de otros países, pusieron sus ojos en Islandia y a esa pequeña isla dirigieron sus ahorros.
Con una cantidad exorbitante de dinero, los bancos islandeses prestaron dinero a emprendedores como Johanneson, pero también a miles de ciudadanos que creyeron estar viviendo su anhelada edad de oro. No más pescados y aluminio. Era la hora de comprar electrodomésticos, coches, y casas.
Los concesionarios de coches de lujo reconocían que vendían más vehículos en Reikiavik que en todo Suecia (Suecia tiene ocho millones de habitantes).
A finales de 2007, los tres grandes bancos islandeses tenían unos activos (propiedades, préstamos, acciones) valorados en 150.000 millones de euros, según The Economist. Eso era más de ocho veces el Producto Interior Bruto del país. En resumidas cuentas, el país nadaba en dinero.
Esa cantidad de dinero presente en la economía islandesa había tenido un impacto brutal en el crecimiento. Entre 1990 y 1999, el país había crecido una media anual del 2,2%. Nada destacado, desde luego.
Pero en el siglo XXI, salvo un bache en 2002, la economía de este país crecía por encima del 4%, llegando a casi el 8% en 2004.
Los pescadores se convertían en banqueros. Uno de ellos, Kristjan Davidson, confesaba a The Wall Street Journal que los islandeses “amaban el riesgo”. Se refería a la cantidad de paisanos que pedían créditos para meterse en cualquier asunto, fuera empresarial o inmobiliario. Davidson era hijo y nieto de pescadores. Gracias a la liberalización económica, ahora era banquero en un país que ocupaba el puesto 17 en desarrollo humano, y estaba entre los cinco con mayor renta per capita del planeta. Era un paraíso económico. Un ejemplo social. Una gozada de isla.
En octubre de 2008, Davidson acudió a una reunión urgente de su banco, el Glitnir Bank, uno de los tres grandes. Le dijeron: “Anda y búscate otro empleo”. El banco estaba en crisis. El país estaba en crisis. Davidson estaba en paro.
¿Qué había pasado para que este paraíso se hubiera convertido en un infierno?
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(siguiente capítulo: “Págame o lo pasarás mal”)
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Mi twitter @ojomagico

Carlos Salas

El físico Stephen Hawking dice que todo se puede explicar con palabras y con dibujos. La economía también. Por eso me he empeñado en explicar la economía para todo el mundo con descripciones visuales: perfiles que parecen fotos, reportajes que parecen películas… Llevo más de 25 años en la prensa económica y creo que cada vez hay más interés en la economía. He pasado por Actualidad Económica, El Mundo, Capital, El Economista y Metro, y en todos esos medios he tratado de acercarme al lector de una forma amena, convirtiendo lo incomprensible en digerible, a veces con humor.

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