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Supongamos que EEUU deja de pagar facturas

29 julio 2011 - 12:00 - Autor:

Una locutora de televisión anunciaba hace poco lo siguiente: “Si Obama no logra aumentar el techo de la deuda antes del 2 de agosto, Estados Unidos podría caer en la bancarrota y los mercados se hundirían”. Parecía el fin del mundo. Algo parecido a esa secuencia de la película de “El Día Después”, cuando se desatan grandes catástrofes contra el planeta.

El guión de lo que se está negociando ahora en Estados Unidos quita el hipo pues se trata de enormes magnitudes: el estado tiene un nivel de endeudamiento de 14,29 billones de dólares. De billones con ‘b’. En inglés se diría $14,29 trillions. Y quiere aumentar esa deuda porque Obama dice que no le llega para fin de mes.

¿Deudas? Sí, las mismas que tiene cualquier país. Los estados soberanos necesitan dinero. Por eso emiten bonos del Tesoro y los venden por el planeta.  Y con ese dinero, pagan sus compromisos: el sistema de salud, a los parados, gastos militares… Pero, claro, lo malo de las deudas es que hay que devolverlas. Pagarlas, vamos.

Hasta ahora, para EEUU eso ha sido un juego de niños porque cuando necesitaba dinero, le daba a la maquinita: es decir, emitía bonos y el mundo entero se lo quitaba de las manos. Sobre todo los chinos. ¡Hay tanta confianza en ese país!

Lo urgente de la situación en EEUU es que este 2 de agosto vence el plazo por el cual los republicanos y los demócratas deben ponerse de acuerdo para subir o no el techo de gasto. Es decir, para ampliar la capacidad de endeudamiento de EEUU.

Los analistas afirman que se llegará a un acuerdo, pero si no se llega, ¿qué pasará?

Pongámonos en el peor de los casos: supongamos que el estado no puede endeudarse más. Entonces Obama tendrá que decidir a quién deja de pagar primero. Veamos:

¿A los funcionarios?

¿A los chinos que han comprado más de un billón de dólares en bonos americanos?

¿A los hospitales públicos?

¿A los militares que necesitan comprar armas para ganar sus guerras?

Eso es ni más ni menos una suspensión de pagos. No una quiebra como han pregonado algunos medios. Una quiebra es cuando ya nos hemos arruinado y no hay forma de pagar nada. Una suspensión es como si una familia atravesara una mala época y dijera: bueno, pues mañana que nos fíen el pan, y dile al carnicero que nos dé filetes, y que ya le pagaremos más adelante. Aplazar las deudas no es dejarlas de pagar para siempre.

Claro que tratándose de EEUU es una deuda gravísima porque si el país más poderoso del mundo decide retrasar los pagos a aquellos que hayan comprado sus bonos (en agosto debe devolver bonos por valor de 507.000 millones de dólares), ¿quién va a querer comprar letras del Tesoro americano?

Como existe ese riesgo, las agencias de calificación financiera tendrían que haber dado la cara hace tiempo y haber dicho que los bonos de EEUU, corrían cierto riesgo y haberlos degradarlos. Pero no lo han hecho. ¿Será porque esas agencias son norteamericanas?

Lo más gracioso es que los analistas de Wall Street dicen que de tener un AAA pueden pasar a AA. Vaya preocupación. En Europa, a los griegos y a los portugueses les han rebajado a bono basura.

Es decir, bajar la calificación a AA no es para que el planeta comience a deshacerse en pedacitos. Simplemente, los que tengan bonos americanos tienen un aviso de que quizá no cobren a tiempo. Pero el país siempre obtendrá dinero para sus gastos soberanos… Sería un golpe a su prestigio pues sus bonos llevaban la mejor calificación desde que se inventaron.

Eso sí, en caso de que deje de pagar algunas de sus deudas, nos dará muchas portadas a los medios de comunicación llenas de palabras como ‘quiebra’, ‘bancarrota’, ‘armagedon’ y ‘fin del mundo’.

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Carlos Salas

El físico Stephen Hawking dice que todo se puede explicar con palabras y con dibujos. La economía también. Por eso me he empeñado en explicar la economía para todo el mundo con descripciones visuales: perfiles que parecen fotos, reportajes que parecen películas… Llevo más de 25 años en la prensa económica y creo que cada vez hay más interés en la economía. He pasado por Actualidad Económica, El Mundo, Capital, El Economista y Metro, y en todos esos medios he tratado de acercarme al lector de una forma amena, convirtiendo lo incomprensible en digerible, a veces con humor.

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