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“¡Corre que se acaba!”: la triste historia de cómo un país se empobreció

15 enero 2014 - 21:00 - Autor:

Un día de noviembre de 2007, acompañé a mi cuñada a un supermercado de Caracas. Ella quería comprar leche en polvo, azúcar y otras cosas de primera necesidad.

De repente, vino corriendo hacia mí y gritó:

-Carlos, en el pasillo de lácteos están repartiendo un kilo de leche en polvo por persona. ¡Corre que se acaba!

Ella ya había agarrado su kilo de leche en polvo de modo que fui corriendo al pasillo para traer otro bote a casa. Llegué justo cuando se estaba acabando. De repente, se asomó otra señora y gritó:

-¡Azúcar! El otro pasillo. ¡Corran que se acaba!

Y todos fuimos corriendo a nuestra porción de azúcar, un kilo por persona.

Me entró un ataque de risa y dije: “Caray, esto se parece cada día más a Cuba”.

“No señor”, me dijo una señora mayor. “Ya es Cuba”.

Muchos emigrantes españoles descubrieron en los años cincuenta en Venezuela lo que era un supermercado.

Ahora, iban en coche por Caracas y al pasar junto a un kiosco improvisado de venta de huevos, pegaban un frenazo y salían a comprar todos los huevos que pudieran.

Eso me pasó a mí hace más de seis años. Pero no había colas. Había ausencias intermitentes de productos básicos.

Ahora es mucho peor.

Caracas se ha vuelto la ciudad de las colas. No solo las célebres colas de coches en las autopistas, sino ahora en los supermercados. “Ahora, los venezolanos deben hacer inmensas colas, no para comprar televisores ni neveras, sino para comprar productos de primera necesidad como leche, harina de maíz y papel tualé, y los comerciantes deben hacer ventas racionadas de estos productos que desde hace más de dos años, escasean en todo el país”, afirmaba una crónica de noviembre de 2013 de la web LeaNoticias. (la foto que ilustra este post procede de una serie que publicó esa web).

Un corresponsal español en la vieja URSS me contaba la costumbre de los rusos de salir cada día con una bolsa de la compra en la mano por si había suerte de encontrar un mercado con algo digno de comprar. Pues bien, ahora eso se va a convertir en la costumbre de los venezolanos.

Carne, leche, huevos, harina de maíz (tan importante para la alimentación del venezolano), y ahora harina de trigo para hacer pan. Todo eso falta ahora en los supermercados. Son productos intermitentes. Entra un cargamento y vuela. Como el papel higiénico.

Para colmo, con una inflación anual del 50% los pobres ven cada vez más menguado sus ingresos. Entonces, ¿cómo es posible que gane Maduro?

El corresponsal de Bloomberg Raúl Gallegos lo analizaba así. “Lo venezolanos están dispuestos a aliarse con el gobierno a cambio de caridad, incluso, a pesar de que el gobierno haga mal uso del petróleo”.

Es lo que se llama populismo. Por ejemplo, cuando Maduro provocó el asalto de un comercio de electrodomésticos llamado Daka, estaba haciendo populismo. La gente humilde salía con aparatos que nunca hubieran podido comprarse con sus escasos salarios porque Maduro les dijo: “Vacíen las estanterías”.

Los opositores al gobierno así como la prensa no chavista se quejan de los abusos del poder, de la persecución a la prensa, de la falta de democracia, del espionaje a los ciudadanos, de la existencia de prisioneros políticos. “El problema es que a los venezolanos pobres les tiene sin cuidado cosas abstractas como la democracia o la libertad de expresión”, afirmaba Raul Gallegos, el corresponsal de Bloomberg.

Esas son preocupaciones para un electorado educado.

Pero el populismo tiene su precio. Regalar viviendas, crear una clientela de simpatizantes a fuerza de enchufarlos en la administración, crear organismos inútiles, decretar precios fijos, nacionalizar cafetales e industrias y hacer creer que esas empresas son del pueblo cuesta dinero.

¿Cuánto dinero puede seguir gastando el estado chavista?

Mientras el populismo pueda mantener esa clientela, el chavismo seguirá venciendo. Pero las crónicas sobre la escasez, como ahora la del pan, hacen pensar que los pobres también se cansarán de seguir siendo pobres.

Una crónica sobre un mercado popular narrada por el escritor caraqueño Willy McKey revela la realidad amenazante del país.

En ese mercado llamado Catia, los productos suben de precio, se acaparan, muchos alimentos son de mala calidad, hay un ridículo racionamiento del pollo y los vendedores se ríen de la política de control de precios.

Por favor, no se pierdan este relato. Es candela. (Pueden pinchar aquí).

Es el relato de la realidad. Y puede ser el obituario de Maduro.

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Carlos Salas

El físico Stephen Hawking dice que todo se puede explicar con palabras y con dibujos. La economía también. Por eso me he empeñado en explicar la economía para todo el mundo con descripciones visuales: perfiles que parecen fotos, reportajes que parecen películas… Llevo más de 25 años en la prensa económica y creo que cada vez hay más interés en la economía. He pasado por Actualidad Económica, El Mundo, Capital, El Economista y Metro, y en todos esos medios he tratado de acercarme al lector de una forma amena, convirtiendo lo incomprensible en digerible, a veces con humor.

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