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23 de febrero de 1981: déjame que te cuente una historia

23 febrero 2016 - 19:57 - Autor:

El 23 de febrero de 1981 a las seis de la tarde, un chico irrumpió en clase y gritó: “¡La Guardia Civil ha entrado a tiros en el Congreso! ¡Es un golpe de Estado!”.

El profesor se derrumbó en la silla: “¡Otra vez no, por favor!”. Su clase era Política. Estábamos en la Facultad de Periodismo de la Complutense.

Algunas chicas empezaron a llorar. Otros chicos salieron corriendo. Conseguimos una radio que confirmó el anuncio. En Valencia, los carros de combate habían tomado las calles. No era un simulacro. Parecía que iba a estallar una nueva Guerra Civil. Como en 1936.

Fui a casa de unos amigos a seguir el golpe. Uno de ellos propuso asaltar un cuartel, robar armas y salir a pegar tiros. Volvíamos a 1936. Luego nos contó lo que pasaría en las próximas horas, en los próximos días, en los próximos meses. Era algo apocalíptico y desgarrador. Como una película de zombies. Creo que había bebido un poco.

Por la noche, regresé al piso de alquiler donde vivía con un amigo argentino y pusimos la tele. Salió el rey. Dio su discurso y nos echamos a dormir. Había exigido a los militares mantener el orden constitucional.

Al día siguiente varios amigos de la universidad nos encontramos cerca de la Plaza de Neptuno para ver ‘el golpe en vivo y en directo’. Era el final. Unos guardia civiles escaparon por una ventana. Otros se quedaron en el interior y se rindieron. La policía antidisturbios cargó contra los que estábamos en los alrededores y nos dispersó dando algunos palos.

Cuando se reanudaron las clases, el mismo profesor que había llorado por la amenaza de una guerra civil, nos preguntó nuestra opinión. Todos rechazamos el golpe, aunque recuerdo que me levanté y dije: “Pero entiendo por qué lo han hecho”.

La clase se revolvió contra mí y el profesor quedó paralizado. ¿Que lo entiendes? ¿Qué entiendes?

Les dije que el año anterior, en 1980, ETA había asesinado casi 100 personas. Y que ese año iba a hacer lo mismo. La mayor parte eran militares, policías y guardia civiles. “¿Qué van a hacer? ¿Quedarse callados y esperar a que los maten? No apoyo el golpe pero lo entiendo”.

En aquellos años parecía que este país se estaba cayendo a pedazos. La extrema izquierda ponía bombas por todos sitios. Grapo, ETA y otros grupos de izquierda también secuestraban y mataban sin contemplaciones. La extrema derecha ponía bombas.

Incluso los kurdos venían a poner bombas en España. Una de ellas estalló en la Gran Vía. Yo iba caminando por el otro lado de la calle y la deflagración me lanzó contra la pared. Un periodista de TVE fue a una cabina para informar por teléfono; allí había otra bomba que le dejó inválido para siempre.

Las universidades estaban cerradas por huelgas muchos meses. En mi universidad se declaró un brote de tuberculosis y a una compañera la tuvieron que hospitalizar. Los hospitales públicos estaban llenos de listas de espera de meses y años.

La juventud no conseguía trabajo. La tasa de paro era del 15%. El seguro de desempleo era miserable. La economía entró en recesión aquel año: decreció un 0,2%. Llevábamos seis años de crisis, desde 1976, y todo tenía la pinta de empeorar. Empeoró.

Las empresas despedían por miles cada día. Había huelgas en todos los sectores. La inflación era del 14,4%. Pedir un crédito suponía pagar casi un 20% de interés. La peseta se devaluaba y la competencia asiática arruinaba nuestras industrias textiles y de barcos. Los empresarios huían y  algunos se llevaban su dinero a Suiza.

El precio del barril de petróleo había subido hasta los 30 dólares. Valía tanto como ahora solo que, entonces, el poder adquisitivo era mucho más bajo. Fue un choque mundial y a España le llegaron las ondas. La industria del automóvil quedó paralizada. Aquel año se inventó el PC, el ordenador personal. En la Facultad no había ni máquinas de escribir.

Madrid era una ciudad sucia y abandonada. Las calles de cualquier ciudad española estaban descuartizadas. Y las carreteras nacionales eran eso: carreteras. Apenas había autopistas.

Los trenes tardaban muchas horas en llegar de Madrid a la costa. Una vez, como estudiante, tomé el expreso de noche para Valencia. Salió a las 10 de la noche y llegó a las 7 de la mañana. Los asientos eran de madera y estaban enfrentados. La calefacción nos asaba. Las parejas, para ahorrar, cargaban a sus niños en brazos toda la noche. Los bebés lloraban por el calor a pesar de que era invierno. Parecía una escena de Doctor Zhivago.

Las casas se seguían construyendo sin calefacción. Por supuesto, nadie tenía aire acondicionado. Menos aún piscinas. Creo que ningún amigo de clase tenía coche. Íbamos en transporte público.

La España de aquellos años no tenía nada que ver con la de ahora. Si hubiera podido ver el futuro en una bola de cristal, no me lo habría creído.

Por eso, cuando veo a los universitarios de ahora burlarse de aquella época, me siento un anciano que quiere contar la Guerra Civil a unos jóvenes que solo han jugado a batallas en videojuegos en la habitación de su casa con calefacción y aire acondicionado, rodeados de trozos de pizza y hamburguesas.

Entonces comíamos bocadillos de calamares.

No sé si lo entenderán.

Carlos Salas

El físico Stephen Hawking dice que todo se puede explicar con palabras y con dibujos. La economía también. Por eso me he empeñado en explicar la economía para todo el mundo con descripciones visuales: perfiles que parecen fotos, reportajes que parecen películas… Llevo más de 25 años en la prensa económica y creo que cada vez hay más interés en la economía. He pasado por Actualidad Económica, El Mundo, Capital, El Economista y Metro, y en todos esos medios he tratado de acercarme al lector de una forma amena, convirtiendo lo incomprensible en digerible, a veces con humor.

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