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Elon Musk (II): el visionario que nos quiere llevar a Marte

17 septiembre 2016 - 20:23 - Autor:

(Primera parte, Elon Musk: de sufrir acoso escolar a revolucionar los medios de pago)

A la edad de 30 años, Musk ya era millonario. Había vendido PayPal a eBay por 1.400 millones de dólares y ahora sí podría convertir sus sueños en realidad.

Poco antes de realizar esa gigantesca venta, Musk se había citado con los representantes de la Sociedad Marciana. Como su nombre indica, se trataba de un grupo de visionarios que confiaban en habitar algún día el planeta rojo. En el grupo estaba James Cameron, el director de cine. La Sociedad había oganizado una cena de inauguración con un precio por comensal de 500 dólares. Musk les dio 5.000 dólares.

Eso fue suficiente para citarle en otro encuentro donde Musk les dio 100.000 más. Su idea no era soñar, sino construir cohetes poderosos y llegar a Marte. Le dijeron que eso costaría cientos de millones. ¿Y?

Musk viajó a Rusia para saber si podrían venderle cohetes. Llegó a ofrecer 8 millones de dólares por dos misiles balísticos. Los rusos no se fiaron de él. Pensaban que no tenía dinero y que les mentía. Le pedían 8 millones por un misil balístico intercontinental. Entonces Musk replicó: “¿Saben una cosa? Creo que voy a construir esos cohetes”.

A partir de ese mismo momento se puso a devorar libros y documentos sobre la industria aeroespacial. En 2002 fundó Space Exploration Technologies (SpaceX) y empezó a contratar a los mejores ingenieros. Adquirió un almacén en El Segundo, cerca de Los Angeles,  y se pusieron a trabajar en su primer cohete. Se llamaría Falcon 1, en honor al Halcón Milenario de La guerra de las Galaxias.

Podría llevar una carga de 1.400 libras al espacio por 6 millones de dólares en un momento en que ese viaje costaba 30 millones para llevar una caga tres veces menor. Y encima, recuperarían el cohete, algo nunca vista hasta entonces. Pondría su nave en el espacio 15 meses después de fundar la compañía. Eso prometió.

Cuando estaba en ese proyecto, su hijo de diez semanas falleció de muerte natural. Los Musk trataron de superar la pérdida natal yendo a una clínica de fertilidad donde en los siguientes cinco años tuvieron gemelos y luego trillizos. Para Elon, era fue la manera de olvidar aquella terrible muerte. “Cuando tienes otros hijos y obligaciones, sumergirte en el dolor no vale la pena”.

Musk se volcó también en su proyecto fichando a los mejores estudiantes de ingeniería. A algunos los llamaba directamente a sus casas o residencias de estudiantes. Los estudiantes pensaban que era una broma. Lo mismo hacía con los ingenieros aeronáuticos de Boeing, Lockheed Martin y otras compañías. Si querían riesgo y sueños, allí estaba SpaceX.

Comenzaron a hacer pruebas en el desierto de Mojave, en la base Edwards y otros sitios, pero cuando decidieron lanzar su cohete, se encontraron con que nadie les cedía un buen sitio. Al final, lo encontraron en el Pacífico, en una base abandonada del Ejército de EEUU en los tiempos de la Guerra de Corea, donde había lanzaderas. Era una isla húmeda llamada Kwaj. Un antro.

Musk trasladó allí a su equipo en aviones y los alojó en naves mal acondicionadas. Trabajaban 20 horas al día. Los ingenieros definieron la experiencia como mágica y terrible. Nunca tantos locos con talento se habían reunido en un sitio tan demencial.

El 26 de noviembre de 2005, con varios meses de retraso sobre el plan inicial, el Falcon 1 estaba listo para despegar, alcanzar una velocidad de 10.000 kilómetros por hora en su primera etapa, y luego, 25.000 kilómetros por hora en la segunda, hasta llegar al espacio exterior.

Pocos minutos antes de apretar el botón rojo, la nave comenzó a supurar oxígeno líquido. Perdía combustible. Primer lanzamiento, abortado.

El segundo intento se previó para diciembre. Luego para marzo de 2006, el día 24. La nave salió perfectamente de la lanzadera pero a los pocos segundos algo iba mal. El cohete empezó a dar pequeños tumbos hasta que se pulverizó en el aire. Los restos cayeron sobre la base de lanzamiento. Musk escribió una carta a sus ingenieros diciendo que la mayor parte de las naves de otras compañías también explotaban. Y terminó  escribiendo: “Lo vamos a hacer”.

Un año después, el cohete se elevó aún más y llegó a entusiasmar a los ingenieros. Pero de nuevo explotó. El éxito tardaría en llegar.

Los empleados empezaron a desanimarse. No solo por los fracasos, sino porque Musk les obligaba a trabajar muchas horas. “Queremos ver a nuestras familias”, decían. Y Musk respondía: “Si fracasamos, tendréis mucho tiempo para ver a vuestras familias”.

La obsesión de Musk era tan demencial que una vez despidió a un empleado que fue a ver el nacimiento de su primer hijo. O conmigo, o a la calle, parecía decir Musk.

La prensa comenzó a reírse de sus ambiciones espaciales.

Mientras tanto, Musk había puesto en marcha otro proyecto igual de ambicioso: construir el mejor coche eléctrico del mundo. Para ello necesitaba mejorar el rendimiento de las baterías.

Ya en 2003 dos ingenieros fundaron una empresa  de coches eléctricos llamada Tesla, en honor a uno de los padres de la energía eléctrica. Estos dos ingenieros necesitaban dinero para su proyecto y decidieron contactar con Musk. De aquel encientro solo recuerdan una cosa: preguntas, preguntas y más preguntas.  Al final, Musk se convirtió en accionista. Luego en dueño.

El gran desafío de los ingenieros era pegar literalmente un montón de baterías, evitar que se recalentaran y sobre todo, evitar que explotaran o se incendiaran como pasa hoy con algunas baterías de móviles. Si eso sucedía en un coche, podrían perder las ventas para siempre. Musk apartó a un grupo de ingenieros y les puso a solas en el proyecto de desarrollar las mejores baterías del mundo, mientras se solucionaban otros problemas como la chapa o el diseño.

A mediados de 2007 ya tenían los primeros coches listos para ser vendidos por 90.000 dólares. Solo los ricos y las celebridades podrían adquirirlo. Pero detrás de ello llegaría una oleada de ecologistas con dinero y millennials que se pegarían por conducir un Tesla.

Musk habia logrado construir algo más que un coche eléctrico. Por ejemplo, el coche se encendía cuando el conductor se sentaba. Tenía una pantalla táctil del tamaño de un iPad que funcionaba como cuadro de mandos. Por cierto, no había nacido el iPad. Si el coche tenía un problema electrónico, los ingenieros lo arreglaban entrando por la noche en las entrañas del coche por internet desde las oficinas de Tesla.

La autonomía de ls Tesla ha ido aumentando desde entonces hasta llegar a reccorer más de 700 kilómetros sin cargar la baeria. Cargar un Tesla tarda 20 minutos para hacer 300 kilómetros. Otro coche eléctrico tarda más de 8 horas.

Los Tesla, además, tienen un sistema de radares y GPS que les permiten conducirse solos. El libro biografico de Musk, publicado en 2015, no recoge los recientes accidentes mortales de los Tesla cuando eran gobernados por el piloto automático, pero tampoco el caso del hombre que sufrió un infarto y se salvó porque el coche le condujo automáticamente a un hospital.

Hoy los Tesla recorren las carreteras de EEUU y se cargan gratis en los múltiples puntos que Musk ha repartido por el país. Los periodistas ya no se ríen. Le califican como el Steve Jobs de la industria eléctrica y solar.

Desde sus instalaciones produce unos acumuladores de energía que están poniendo entre la espada y la pared a las grandes empresas eléctricas del mundo. Cuestan tres mil dólares y ofrecen cada vez más automomía a los hogares.

Pero hay algo en lo que Musk ha batido un record mundial. Se trata de la Gigafactory, la superfactorís de baterías para sus coches. Ningún edificio civil o militar ocupará tanto espacio en la superficie de la Tierra como la Gigafactoría de Musk. Producirá más baterías que todas las fabricas de baterías del mundo.

En cuanto a los cohetes Falcon, Musk ya ha logrado ponerlos en órbita y traer las naves a la Tierra de vuelta, a unos precios competitivos. En un mercado dominado por Arianne Space y por empresas rusas, Musk se ha metido como el competidor más joven, revolucionario y sin complejos.

Para los norteamericanos Elon Musk no solo es un visionario. Es el empresario que está logrando devolver la grandeza perdida a su industria. La mayor parte de los componentes de sus coches y sus cohetes se hacen en EEUU. Es más, la mayor parte se hacen en las empresas de Musk.

El libro Elon Musk escrito por Ashley Vance termina anunciando que pronto un cohete de Musk haría un vuelo supraorbital y volvería a la Tierra. En efecto: eso sucedió en abril de este año. Fue la culminación de más de 15 años de trabajo.

El gran sueño de Musk es llegar a Marte con un supercohete. Primero sembrará el espacio de estaciones de aprovisionamiento, pues el viaje podría durar meses. Y luego, tratará de poner una nave tripulada en Marte, tras pasar por esos centros de descanso y aprovisionamiento. Eso será en la próxima década. Musk quiere ir personalmente pues desea morir allí, en Marte.

Eso solo lo pueden pensar los genios… o los locos.

(Primera parte, Elon Musk: de sufrir acoso escolar a revolucionar los medios de pago)

Carlos Salas

El físico Stephen Hawking dice que todo se puede explicar con palabras y con dibujos. La economía también. Por eso me he empeñado en explicar la economía para todo el mundo con descripciones visuales: perfiles que parecen fotos, reportajes que parecen películas… Llevo más de 25 años en la prensa económica y creo que cada vez hay más interés en la economía. He pasado por Actualidad Económica, El Mundo, Capital, El Economista y Metro, y en todos esos medios he tratado de acercarme al lector de una forma amena, convirtiendo lo incomprensible en digerible, a veces con humor.

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